Humor Gráfico, José L. Castro Lombilla, Lombilla, Número 42, Opinión
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Carta a Gurb

Por J. L. Castro Lombilla

J. L. Castro Lombilla

J. L. Castro Lombilla

Estimado Gurb:

En un paquete de toallitas para bebés de las que vengo usando desde que me extirparon un prolapso hemorroidal de cuarto grado (unas toallitas estupendas, frescas y perfumadas, testadas bajo control dermatológico y pediátrico, con ph neutro, hipoalergénicas y sin alcohol), venía de regalo un viaje al paraíso de los terroristas suicidas. ¡Imáginate qué ilusión! Y lo mejor es que mi llegada como flamante premiado coincidió con la apoteósica entrada de dos heroicos muyahidines. Te cuento:

Ellos llegaron lógicamente desmembrados, y, como en un remedo idiota de Mr. Potato, comenzaron a colocarse sus cositas que habían venido revueltas por otro lado. Al principio todo fue normal: uno se ponía un brazo, el otro se colocaba una pierna, ora poníanse una mano, ora una pezuña… En fin, lo lógico en estos casos, Gurb.

Y estaban los dos valientes muchachos ahí, a lo suyo, recomponiéndose para mostrarse monos ante las huríes que esperaban encontrar, cuando, de pronto, al pedirle uno al otro que por favor le ayudara a ponerse la nalga derecha porque él no llegaba, ocurrió algo. Tras ajustar aquella porción carnosa y redondeada entre el final de la columna vertebral y el comienzo del muslo, mientras el muyahidín solícito mantenía aún las manos en la nalga del muyahidín solicitante, ambos se estremecieron, miráronse y, como si fueran personajes de Shakespeare, quedaron prendados el uno del otro. Y yo no sé qué pasó, Gurb, pero al cruzar sus miradas, sea porque las drogas que tomaron antes de cometer sus atentados estaban caducadas, sea porque el contacto nalgar les trastornó los instintos, el caso es que comenzaron a decirse unas cosas que a mí me parecieron muy poco apropiadas para unos recios guerreros del islam, las cosas como son.

—Si yo me convirtiera en nube… —dijo, juguetón, el de la nalga recién puesta.

—Yo me convertiría en ojo… —aseguró, cómplice, el otro.

—Si yo me convirtiera en caca… —continuó, escatológico y bromista, el primero.

—Yo me convertiría en mosca… —respondió, desinhibido, el otro.

—Si yo me convirtiera en cabellera… —siguió diciendo el primer muyahidín.

—Yo me convertiría en beso… —dijo, alegre, su compañero…

Mas, de repente, el muyahidín que había comenzado el juego se quedó pensativo y, algo turbado, dijo:

—Oye, todo esto me suena a poesía, hermano… ¿Y estas palabras tan bonitas de dónde nos salen…? A ver si nos hemos convertido en unos poetas mariquitas como ese infiel de Federico García Lorca…

—Tú no te preocupes, carita de nardo —dijo, abrazándolo tranquilizador, su compañero—. ¡Cómo vamos a ser nosotros mariquitas si no hemos leído un libro en nuestra vida! Estas palabras tan bonitas…, pues no sé, chico, a mí es que me fluyen de una manera natural, como si me salieran de dentro. Esto debe de ser un efecto secundario de nuestra inmolación. Y, además, ¿es que sólo van a poder decir palabras bonitas los infieles…? Mira, yo te digo una cosa, hermano mío, carita de madreselva, ¡más quisiera el Lorca ese escribir cosas tan hermosas como las que nos estamos diciendo nosotros ahora mismo…!

—Tienes razón —dijo el otro abrazándose también y apoyando además la cabeza, amoroso, en el pecho de su hermano—, a mí también me fluyen las palabras de amor de manera natural. Es como si me las dictara una fuerza superior. Sin duda es Alá que ha puesto su mano de padre amoroso sobre nuestras cabezas y nuestros corazones para unirnos en este amor santo y viril… Nuestro amor es un amor limpio, épico, un amor que no es más que una extensión del amor que sentimos por el islam y que nos ha hecho levantarnos en armas para salvarlo del infiel…

Total, Gurb, que como estaban tan entretenidos haciéndose mimitos y diciéndose bobadas, no se dieron cuenta de que a uno de ellos le había quedado un poco de explosivo en el cinturón y, claro, con tanto abrazo acabaron explotando que es que daba gusto verlos. Entonces, alertadas por la explosión llegaron varias huríes corriendo. Yo, por decir algo, dije:

—¡Nunca tengamos ese fin!

Sin echarme cuenta, la hurí de más edad comenzó a gritar:

—La muerte hay que mirarla cara a cara… ¡Silencio! ¡A callar he dicho! Nos hundiremos todas en un mar de luto. ¿Me habéis oído? ¡Silencio, silencio he dicho! ¡Silencio!

Yo entonces me callé, claro está, y sin despedirme ni nada me fui al teatro a ver alguna obra de Lorca para desintoxicarme de tanto fundamentalismo y de tanta tontería.

Tuyo afectísimo:

José Luis Castro Lombilla

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2 Kommentare

  1. Carmen Fernández dicen

    Hilarantemente valiente. Grande señor Lombilla.

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