Becs, Humor Gráfico, Lidón Barberá, Número 42, Opinión
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Mamá, que quiero ser influencer

Por Lidón Barberá / Viñeta: Becs

Lidón Barberá

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Resulta que tengo una vecina de esas que se encanta y que aprendió a poner morritos y a hacerse selfies antes que nadie. Es de las que hace fotos cada día con la ropa que lleva, las sube a su blog de moda y lo comparte en redes sociales. Y ella que no es ninguna maravilla, pues parece algo en esas fotos con posturas inverosímiles, eterna cara de póker y fondos de descampado.

 Ahora resulta que le mandan cosas por correo para que hable de ellas en su blog y que le invitan a cenar empanadillas y croquetas en bares que dicen que quieren estar de moda. Mi vecina está muy contenta con todo esto y dice que su vida ha cambiado enormemente desde que es influencer. Y una, que es muy de pueblo, no acaba de entender eso de que su vecina del cuarto, la que hasta hace cinco días parecía la pregonera del día del orgullo choni, ahora vaya de sofisticada.

 “El truco –me decía un día– es comer muchas p***as”. Y yo, horrorizada tanto por el sexismo absoluto como por el lenguaje, casi me lanzo del ascensor en marcha. Al ver que casi me moría ahogada por el caramelo para la tos, intentó aclarar que ella, en realidad, lo único que hacía era comentar las actualizaciones de otra gente como ella, a otras princesas de otros barrios, de otras ciudades, con otros novios con cámara de fotos, con otras prendas de ropa estandarizadas. Que cuantos más comentarios tienes, más vales, cuanto más vales, más te dan y más te invitan. Cuanto más te invitan, más te ven, más te conocen, más te comentan, más vales, más te dan y más te invitan. Así hasta que explota el universo.

 Y así, a muchos nos plantean en las estrategias de comunicación online la contratación de influencers. Antes eran los prescriptores, pero si te presentas como prescriptor en el ascensor, es posible que alguien termine pensando que vendes medicinas en el mercado negro y eso es que no. Pero habría que aplicar una doble terminología, una palabra para las personas que realmente influyen y se merecen la pasta que cobran por retuitearte un mensaje y otra para el faranduleo del canapé gratis y el ego por las nubes.

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