Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 42, Opinión
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Una luz que no se apaga

Por Lidia Sanchis / Viñeta: L’Avi

LIDIA SANCHIS buena

Lidia Sanchis

Hubo un tiempo en el que se escribían cartas, textos inocentes que comenzaban con un, por ejemplo, “querido Pablo”, “querida Teresa”,  “chere Paul”, “chère Thérèse”, y terminaban con una petición: perdona las faltas. O incluso “perdona la ortografía” si se quería demostrar algún tipo de superioridad léxica o intelectual. Perdona las faltas. O la ortografía. Como si emisor y receptor, remitente y destinatario, amante y amado, usaran un código especial y secreto en el que la intensidad de su amor les nublara la vista, les anulara el entendimiento y tornara su mano torpe para escribir con corrección. “Perdona las faltas” no sólo era una súplica sino también la constatación de que se escribía a tumba abierta, con la seguridad  de que sólo nos podemos mostrar débiles con aquellos que nos aman. O con aquellos que escriben cartas en las que nos dicen que nos aman.

Hubo un tiempo en que ella escribía cartas y, mientras lo hacía,  le acompañaba la música de aquel programa que Jorge Albi emitía desde Radio Color, de Valencia, La conjura de las danzas, extraña mezcolanza que se justificaba porque estaba en esa edad a medio camino entre la modernidad y la cursilería de quien aún escribe cartas de amor que esperan respuesta.  Mientras, las voces de Julian Cope, de Tracey Thorn o de Paul Weller le desvelaban el secreto de la vida.

Hubo unos años en los que ella también recibía cartas. En una de aquellas él le transmitía su angustia ante la certeza de que aquella cinta donde le había grabado un puñado de canciones hermosas (“esa donde estaba esa canción tan bonita de The Woodentops, seguro que sabes cuál te digo”) iba a sobrevivir a su amor, ya agrietado por los cuatro costados; aquel casete TDK –cachitos de hierro y cromo– que albergaba tantas pasiones condensadas en tres minutos permanecería inalterado mientras ellos se alejaban el uno del otro sin remedio. La lectura de aquel escrito fue también para ella como una epifanía, una verdad revelada: la de que los objetos perduran más que los seres vivos y que sus sentimientos.

Ella, aquella muchacha que escribía cartas, sabe desde entonces que cuando el tiempo la alcance y la derribe y la devuelva a la tierra de donde salió hace tanto –o tan poco, o quizá demasiado, si se es de esas a los que no les cupo más remedio que vivir este cansancio de vida, esta desgana de vida– y su rostro no sea más que una calavera repelada y su boca ya sólo alimente a los gusanos y sus ojos no sean más que un agujero atravesado de  raíces, cuando todo eso ocurra –lo que sabe y lo que imagina– aún quedarán sus recuerdos sin vida en un puñado de canciones enhiestas como mástiles, símbolos erguidos de lo que un día fue.

No hay ninguna grandeza en matar por una canción; quizá sí la haya en morir por una canción. Porque al menos, hubo algún destello, un resplandor que alumbró su existencia siquiera unos pocos momentos; al menos, hubo una canción refulgente, una última noche en el corazón de la ciudad luminosa, que hizo su vida menos oscura de lo que se podía prever.

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L'Avi

L’Avi

6 Kommentare

  1. Lidia dicen

    Gracias, Toni. Es un honor que mis letras gusten a un maestro como tú. Un abrazo.

  2. aurora dicen

    Me a encantado lidia
    Camo siempre eres genial escribiendo llegas al corazon

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