Javier Montón, Número 40, Opinión
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Vicente Sanz, abusador sexual sin atributos

Por Javier Montón. Ilustración: Artsenal

Javier Montón

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El desahogado que estaba en política para forrarse, salvoconducto en forma de frase cazada al vuelo a través del teléfono que, inopinadamente, le sirvió para medrar en política, no nos lo dijo todo. Se calló la otra faceta que daba sentido a su vida miserable: el sexo. Sexo en televisión pero no televisado sino perpetrado en la cómplice privacidad de un despacho de la cuarta planta de Ràdio Televisió Valenciana (RTVV), la planta noble donde vivía la casta, ésta sí, gentuza casi toda ella. También en su apartamento en la playa de Canet. Sexo aberrante porque lo practicaba a la fuerza, obligando a sus trabajadoras, cuya voluntad doblegaba esgrimiendo el omnímodo poder que le otorgaba su condición de directivo plenipotenciario del ente público. Si no pasas por el aro, ya sabes: “Te destrozaré la vida a ti y a tu familia”. Por ejemplo. El aro eran lindezas como “dame una ‘chupaeta’”, “envíame fotos tuyas y de tu ropa interior”, “enséñame las bragas” y “ahora enséñame el culo”. Vicente Sanz, que así se llama la bestia, ha pasado de presunto a delincuente convicto, delincuente por partida triple, un desecho humano con traje y corbata, caspa y halitosis, con un amigote del trabajo que le enviaba correos con material pornográfico y con una sufrida esposa, a la sazón ex diputada del PP, que le ha acompañado en sus comparecencias ante el juzgado agarrada de su brazo con una abnegación digna de mejor causa. Un juez lo ha condenado por tres delitos de abusos sexuales continuados y otros tantos de acoso sexual. Se enfrentaba a una pena de 20 años de prisión pero sus abogados llegaron a un acuerdo con las víctimas y la fiscalía por el que esquivará la cárcel a cambio de declararse culpable y abonar a las tres ex trabajadoras 225.000 euros entre multas e indemnizaciones.

Aquella conversación telefónica expulsó a Sanz de la política por la puerta falsa. Había escalado peldaños hasta convertirse en 1993 en secretario general del PP de la provincia de Valencia. Pero ya se sabe que cuando se cierra una puerta, se abren cien ventanas. Por una de ellas se coló el personaje en la sede de RTVV en Burjassot, empujón de Zaplana mediante. Como jefe de recursos humanos, primero, y sobre todo después, como secretario general, de facto el número dos de aquella casa que se convirtió en la de los horrores, hizo, deshizo, imaginó y ejecutó. Despidió a trabajadores infieles, amedrentó al resto, intentó hincarle el diente a las trabajadoras a las que acechaba después de seleccionarlas en sus batidas por la redacción y, después, a las que pudo (tres demostradas, aunque se sospecha de varias más), las sometió a su catálogo de desviaciones psicópatas. No lo digo yo, lo dice un juez, que en su escrito de procesamiento, que Vicente Sanz asumió de la primera línea a la última al declararse culpable, detalla aspectos tan escabrosos como necesarios para hacerse una idea de su catadura moral. El relato de los hechos basado en las diligencias previas está trufado de barbaridades. Por ejemplo: “Llegó a tocar en sus genitales a esta mujer con intenciones libidinosas y presuntamente también se masturbó en presencia de ella en varias ocasiones”. O esta otra: “En una ocasión mostró su sexo erecto a esta mujer, le llegó a coger de la cabeza atrayéndola hacia él, al tiempo que le decía: “dame una chupaeta”. Una de sus especialidades era todo un clásico del manual rijoso: “Se masturbaba frente a ellas y les obligaba a recoger el semen o les obligaba a practicarle felaciones”, detalla el juez. En definitiva, que “el acoso sexual en el ámbito laboral pronto se transformó en un abuso sexual, que incluye el acceso carnal por vía oral y la introducción de dedos en la vagina, prevaliéndose de una situación de superioridad”. Es sólo una muestra.

Nada de todo esto fue suficiente para que RTVV abriera una investigación interna ni un expediente. Cuando el escándalo saltó a las páginas de los periódicos, el director general, José López Jaraba, oídos y ojos cerrados cuando le informaron de lo que estaba ocurriendo –la misma pasividad culpable que mostró Lola Johnson, entonces directora de RTVV, luego consellera y ahora de profesión mis imputaciones–, destituyó a Sanz. El ahora condenado se jubiló sin tacha alguna en su hoja de servicios, que adornó con 36.512 euros de indemnización de la empresa.

No hay mejor sitio que la cárcel para un individuo de semejante calaña, todavía no se ha inventado. No hay duda: ni ha expresado arrepentimiento por sus fechorías ni las reconoció hasta el último instante, pues a las mismas puertas de la Ciudad de la Justicia, el último día, volvió a invocar su inocencia. Y, desgraciadamente, no pisará ninguna celda. La sensación de impotencia no se puede disimular. Pero, a la par, no somos quiénes para discutir el acuerdo que aceptaron las tres víctimas, que han conseguido el milagro de enderezar sus vidas y es humanamente comprensible su deseo, su necesidad, de dejar atrás aquel infierno que les arrancó tantas cosas. Nadie tiene derecho a discutirlo, faltaría más. A la gente decente le queda, eso sí, la esperanza de que una condena en el ‘caso Gürtel’, en el que Sanz está imputado por amañar un contrato, le abra las puertas de la cárcel. Ese sí sería un acto de justicia. De justicia poética.

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