Francisco Cisterna, Humor Gráfico, Igepzio, Número 38, Opinión
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Una pesadilla nacionalista

Por Paco Cisterna / Viñeta: Igepzio

Francisco Cisterna

Paco Cisterna

Enfundado en la toga y con la barretina calada hasta las cejas, el juez de guardia dormía a pierna suelta. Había ocupado largos días en escudriñar resquicios constitucionales, hojear códices olvidados y revisar tratados perennes de Filosofía del Derecho que le permitieran filtrar legalmente su anhelo independentista. Soñaba, bendita ilusión, que una fontana fluía dentro de su corazón… Sin embargo, y por esas cosas de la ensoñación, una duda de mal agüero anidó en su buena cabeza taponando el manso fluir de los planteamientos separatistas. Una duda, una maldita duda razonable, que vino a perturbar su sueño: ¿Se atrevería el Gobierno a convocar una consulta para expulsar a Cataluña de España? ¿Puede una nación prescindir unilateralmente y por voluntad propia de una parte de su territorio? ¡Horror, un plebiscito independentista pero a la inversa! Hasta el momento, no tenía noticias de semejante precedente, que, a primera vista, pudiera parecer descabellado; pero, en lógica aristotélica, el mismo derecho asistía a los separatistas que a los separadores. ¿Qué sucedería, entonces, si a los españoles les diese por ejercer su “derecho” al nacionalismo?

¡No podía ser! –se repetía una y otra vez– ¡Esto es ridículo! ¡No era políticamente correcto! Los estados no pueden segregar parte de su territorio y desamparar a su población. Tienen el deber, la obligación, de proteger a todos sus ciudadanos y de velar por su bienestar. Entonces, ¿por qué querían ellos segregarse de un país que les respetaba, e incluso les admiraba? Proclamar la independencia –pensaba el fino juez– implicaba un rechazo indirecto, un desaire subliminal, al resto de territorios (¡Ahí te quedas! ¡Allá tú con tus problemas, que yo tengo los míos!), a no ser que quisieran invitar al resto de pueblos a seguir su mismo camino. Así, todos los españoles (o lo que fueran o fuesen) podrían alcanzar la tierra prometida de prosperidad y bienestar social, de la que ellos, los nacionalistas, iban a disfrutar por obra y gracia de la independencia. Si bien, al pensar en el PIB de Extremadura o de Murcia, por ejemplo, no veía claro que estos pueblos o naciones pudieran llegar a disfrutar de similar edén económico si optasen por la independencia. Pero al fin y al cabo, qué pretendían ellos sino marcharse y dejar al resto de españoles plantados, en medio del campo, como si fuesen un pino.

Definitivamente, un plebiscito a la inversa era una idea peregrina. Carecía de validez legal, y más si a Rajoy se le ocurría vincularlo a unas elecciones generales. El mundo, afortunadamente, era pro nacionalista, estaba a favor de las fronteras y de las banderas, y no consentiría tal disparate. Pero… y si no fuera así, ¿dónde quedaría el orgullo nacionalista?, ¿qué contarían los libros de historia? “Catalunya se constituyó en nación después de ser expulsada de España” ¡Por la Mare de Déu, todas las celebraciones arruinadas! Un pueblo privado de su autodeterminación, tan de moda. Un nacionalismo sin lucha, sin fuste, sin adversario, sin padres fundadores de la patria, sin mártires ni magnos acontecimientos que ensalzar en siglos venideros. Un equipo, en definitiva, eliminado de la competición antes de que comenzara el partido. En este punto, un sudor frío le perló la frente, y, al despertarse de la pesadilla, recordó aterrorizado aquel histórico diálogo del argumentario popular: “¿Dónde vas, Alfonso XIII?”. “No me voy es que me echan”. Y en el eco del “me echan” se dibujó el desconsuelo y la tristeza del niño al que le regalan el juguete equivocado el día de su cumpleaños.

Turbado por el ensueño, el juez extendió el brazo para mirar la hora en el reloj de pulsera, y se notó los ojos extrañamente húmedos y el cuerpo, tenso. Las cuatro de la madrugada: dos horas de pesadilla. Dos horas de maldita y ridícula pesadilla que le había mostrado un nacionalismo deslucido. Una Díada pasada por agua. ¡Qué susto, collons! Aunque bien mirado –argumentó para espantar la quimera–, el nacionalismo es el nacionalismo, como un plato es un plato y un vaso es un vaso. ¿Dónde había oído esto antes?

Sin saber por qué, quizá por al efecto de la pesadilla, la lógica del proceso empezó a resultarle kafkiana y, antes de que fuera a mayores, decidió telefonear urgentemente al rey Arturo y a sus caballeros de la Taula Rodona para que proclamaran unilateralmente, y sin dilaciones, la independencia de Camelot. No fuera a ser que Mariano tuviera la ridícula idea de convocar un plebiscito y llenar las calles de España con banderas y pancartas bajo el lema Spain is not Catalonia.

Fin de la pesadilla, que no de los nacionalismos.

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Igepzio

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2 Kommentare

  1. Máximo dicen

    Me dormí en “¿Puede un territorio…? Cuando desperté acabé de leerlo e intenté encontrarle el sentido o la gracia y no pude. Lo siento…

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