Lidia Sanchis, Número 40, Opinión
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Tres microrrelatos para leer en el tren

LIDIA SANCHIS buena

Lidia Sanchis

Por Lidia Sanchis

Un hombre sin atributos

A cada vuelta del tambor de la lavadora se le representaban más nítidos los detalles de lo que acababa de suceder: la mirada de sorpresa de ella y sus propias manos temblorosas. El gesto de desprecio de su mujer –“después de todo lo que he hecho por ti”– lo acompañó, flotando, hasta casa de sus padres. Quería borrar esos años cuanto antes. En ello estaba cuando la máquina, súbitamente, se detuvo. Extrañado, desenroscó el filtro de la lavadora. Extrajo un grumo de papel sanguinolento: era la fotografía de ella. Un líquido apestoso le mojó las zapatillas. Era su conciencia que repetía como un eco aquella palabra: “cobarde”.

Sueños de tiza

Pintando aquellos extraños bisontes en la pared rocosa la tarde se hacía más corta. Dibujé una casa con sol, pinté un amigo. Cayó la noche sobre el descampado. Mi madre me llamó para cenar y allí fuera, bajo la luz pálida de las estrellas, en silencio comimos el bocadillo. Al volver a la chabola ninguna de esas cosas se había convertido en realidad.

Paracaidistas

A nadie se le ocurrirá que sólo quiso volar, como antes de caer enferma. Dirán que no era más que una vieja que miraba por la ventana y que sabía que iba a morir. Sus amigas se santiguarán y sus hijos bajarán la mirada, avergonzados. Pero ellos comprenderán que el dolor era tan lacerante que solamente quiso experimentar esa sensación una vez más. Literalmente. Aunque fuera la última.

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