Artsenal, Humor Gráfico, Número 40, Opinión, Xavier Latorre
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¡Siente a un corrupto a su mesa! (otro tipo de asilo político)

Por Xavier Latorre / Ilustración: Artsenal

Xavier Latorre

Xavier Latorre

La cola de personas para arrimar el hombro con la cuota de refugiados sirios, que nuestro gobierno había aceptado a regañadientes, daba la vuelta a la manzana. Por lo visto aquel día se le había disparado a la gente algún gen altruista. Eso me desalentó. Me correspondió un número altísimo, como si fuera la cola de la pescadería un sábado a mediodía. Para un día que me levanto solidario, ya ves. El mundo, me dije al afeitarme, no se cambia solamente votando un poco antes de Navidad, como quien le compra un regalo a la suegra con la vana esperanza de firmar una tregua estéril. Justo al lado de aquellas mesas, que atendían ordenadamente a los ciudadanos que ofrecían su ayuda a los futuros asilados de aquellas enquistadas y remotas guerras, había una ventanilla vacía a la que nadie se asomaba. En ella, el funcionario asignado ponía cara de tedio. Era, según pude leer en el mostrador, el centro de adopción temporal de delincuentes políticos. Si te inscribías, y aprobabas el examen de idoneidad, podías acoger en tu domicilio a un político corrupto de permiso penitenciario o llevarte a casa de huésped a un imputado por alguna trama de cohecho o por financiación irregular. La lista de prohombres para brindarles amparo provisional era muy larga. ¿Por qué no echar un cable a aquellos seres egoístas y tramposos? Me apunté de voluntario. Me hicieron rellenar un montón de impresos y contestar muchos formularios con todo tipo de preguntas, algunas de ellas muy personales, hasta conseguir que el juez me expidiera el dichoso certificado que me acreditaba como rehabilitador de chorizos, albergándolos internos en mi casa.

Con mi carnet de manipulador de políticos ladrones en regla en el bolsillo, me leí el voluminoso manual de instrucciones que me habían endosado. Se trataba de unas recomendaciones para ayudar a reinsertarlos y, a poder ser, conseguir un mínimo arrepentimiento por sus múltiples fechorías, que nos habían dejado las cuentas públicas hechas unos zorros. El día prefijado fui a recoger al pillastre asignado en mi vehículo con las lunas tintadas para esquivar las cámaras y a los fotógrafos de prensa indiscretos. Nos saludamos fríamente. Me miró con altivez, por encima del hombro; lo había estado haciendo de pequeño con todo el mundo. Nos fuimos directamente a un comedor de Cáritas. Él mostró cierta reticencia de inicio. Pidió hablar con el maitre para pedirle la carta de vinos. El responsable de aquel comedor de subsistencia social le espetó que allí sólo se bebía agua del grifo. Comió algo, poco, y con cara de asco. El resto de comensales le miraban raro: el chándal que llevaba mi expolítico particular no estaba roto ni zurcido. Era de marca, de primera mano, sin desgastar, y estaba impecable. No habló con nadie, tampoco escuchó nada de lo que decían sus compañeros indigentes de mesa. Yo lo achaqué al shock de vivir encerrado entre rejas. Pasaba de todo. Me pidió el móvil y se puso a hablar, imaginé, con alguno de sus secuaces. No pararon de contarse chismes y de reírse a carcajada limpia.

Siguiendo las normas que me habían impuesto, por la tarde tocaba paseo y un poco de actividad física para estar en forma. Lo llevé a un descampado de las afueras. Reconoció el lugar de inmediato. Me estuvo contando que aquel inmenso solar lo había adquirido por cuatro perras y recalificado con una sola llamada telefónica al alcalde de turno. Aquel pedazo de tierra iba a albergar, quién lo iba a decir, un centro comercial, unos multicines y un spa. El político corrupto se vino arriba y empezó a contarme aventuras de las suyas, mientras dábamos vueltas por el secarral. Estaba al loro de todo: de urbanismo, de generación eléctrica, de vertederos, de ITV, de depuradoras y de hospitales. Era un sabio, un libro abierto. Algunas cosas no las entendía, pero le dejaba hablar porque quería mostrarme gentil con aquel tipo deshonesto e indecente. Me contó cosas acerca de las orgías en alta mar en un yate de lujo. Yo imaginaba un anuncio de la lotería de Navidad, pero sin tías de revista en bolas por medio, si acaso solo con un calvo esnifando coca en cubierta con el décimo premiado. Ya en casa, nos aseamos un poco. Sin pedir permiso se sirvió un whisky, del más caro; se puso cómodo y conectó el telediario. Conocía a todos los que desfilaban por los juzgados aunque fueran con la cara tapada o con casco de motorista. Con todos debía haber mangoneado lo suyo. Ver a otros en sus mismas circunstancias le puso de buen humor. La crónica de tribunales le levantó la moral.

Recogí unos cartones de la galería, que guardaba de una mudanza reciente, y me lo llevé a un cajero automático a dormir. Nos costó lo suyo –pese a lo que esgrimía un arzobispo de Valencia– encontrar uno libre. Mi acompañante dijo que conocía al presidente de aquella entidad bancaria. Se sacó una tarjeta platino del bolsillo e intentó operar con ella. “¡Malditos! Me la han bloqueado. ¡Serán cabrones!”. Había gente que entraba a por dinero y nos ponía cara de asco. “¡Haz el favor de dormirte ya!”, le rogué, agotado de seguirle todo el día como si fuera su perro lazarillo. Algún cliente de la sucursal depositó unas monedas de limosna junto a nuestros sacos de dormir.

Al día siguiente tenía jornada libre, tal como indicaba el manual sobre asilo a domicilio para grandes defraudadores y evasores. El hombre antes de salir me pidió dinero para el taxi y también un cuantioso anticipo para comprar joyas a sus amantes, para quitarse el mono del juego en la ruleta del casino y para pagar la suite del mejor hotel de la ciudad. Tuve que entregarle aquel dinero a cuenta y el hombre se largó sin firmarme siquiera un justificante de la entrega. También me reclamó el pasaporte para falsificarlo y volar a Suiza a resolver unos asuntillos turbios, pero me negué en redondo. ¡Faltaría más!

El puente se me hizo un poco largo, la verdad. Una vez acabado el permiso lo llevé de nuevo a chirona. Antes de entrar hizo una llamada a un pez gordo y me devolvió lo que le había sobrado de la juerga del sábado. Se lo había pulido casi todo. Nos dimos un abrazo formal y aquel personaje público tan caradura aún tuvo el coraje de pedirme el voto para los suyos. Pensaba que seguiría haciendo de primo cuatro años más. Poco tiempo después me llamaron del juzgado para que redactara un informe de su conducta y evaluara su actitud hacia la sociedad. No tuve más remedio que ponerle por las nubes: había amenazado con partirle las piernas a mi mujer. La experiencia fue, lo reconozco, un poco desastre. El único beneficio que saqué, del que me avergüenzo, fue una grabación suya de cinco minutos que le hice de forma disimulada y sin que se percatase. En ella denunciaba a compañeros suyos del partido y hablaba de cómo se adjudicaban las concesiones y las tarifas de las mordidas de cada chanchullo y confesaba algo sobre unos tantos por ciento muy reveladores. Si algún día me la jugaba o me hacía falta dinero vendería aquella exclusiva al mejor postor. Había aprendido la lección: ya podía ejercer la extorsión.

Me di de baja, por Internet, de aquel peculiar programa de acogida. Rompí el carnet y me apunté, aguantando estoicamente la cola, en la lista de espera para adoptar a una familia entera de refugiados procedentes de Alepo. Algunas semanas más tarde, a la hora de la cena, apareció en el telediario mi expolítico. Salía de prisión sonriente y se subió a un coche de gama alta. Lo habían soltado. Aquella noche, seguro, se pondría ciego de marisco. Un día, que salí de paseo con mi perro, llegué hasta los confines de su descampado. Allí, unas excavadoras estaban removiendo la tierra. Aquel tipo volvía a las andadas. La cabra siempre tira al monte, pensé.

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Artsenal

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