Cine, Francisco Ortiz, Laura Pacheco
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Sets de cine en la Costa Este de USA

Fotograma de ‘Plan oculto’ (Inside Man) de Spike Lee, donde afloran las heridas del 11-S.

Por Laura Pacheco y Francisco Ortiz. Viernes, 2 de octubre de 2015

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Corría el mes de mayo y me llegó la confirmación de la noticia: nos íbamos de viaje. Estados Unidos, la tierra de las oportunidades, esperaba por segunda vez mi llegada. Con aparente alegría y reservándome algún que otro desdén para mi alcoba, puse en marcha todos los preparativos.

Estados Unidos es un destino turístico interesante por multitud de motivos pero si hay algo que es indudable es que Norteamérica es un país de cine en el más amplio sentido de la palabra. Desde Nueva York hasta San Francisco, pasando por Texas, Nuevo México o Minnesota, la tierra que vio nacer a Humphrey Bogart ha sido la cuna del cine desde que viera en el séptimo arte una máquina de hacer dinero.

Un mes después, me vi sola en el aeropuerto de Sevilla, tomando rumbo a Madrid para hacer escala hasta mi primer destino: Charlotte, North Carolina. Con un jet lag importante conseguí acomodarme en la casa familiar y es que, por supuesto, la clave de mis desdenes hacia este país es el exceso de vida tanto social como familiar que me supone. Por suerte, siempre hay refugios, recovecos donde esconderte al aire libre y, en este viaje, yo me reconcilié con el cine.

Charlotte

Una panorámica de Charlotte, North Carolina. Foto: Laura Pacheco.

Es increíble la de lugares norteamericanos que tenemos en nuestra cabeza sin haberlos visitado. El puente de San Francisco, el Hollywood Sign del parque Griffith o el Central Park se nos vienen a la memoria recurrentemente gracias al cine. Sin embargo son menos conocidos los rodajes de la costa Este –a excepción de Nueva York–, “la otra”, la que no es Hollywood, ¿qué hay allí? Entre otras cosas: sencillez.

Cuando todavía no me había hecho a la diferencia horaria, empecé el primero de los desplazamientos. Coche, muchísimo coche, kilómetros y kilómetros de bosques, lagos, puertos y toda clase de paisajes completamente naturales me esperaban en cada uno de los viajes que fui emprendiendo. Para la primera parada ni siquiera salimos de North Carolina. Unos 150 kilómetros al este de Charlotte, se encuentra Lake Lure un lugar que, si tuviera que definirlo, diría que hay que ir a verlo. Lamentablemente, las palabras a veces no pueden expresarlo todo y, esta ocasión, es una de ellas. Lo que sí que cubren las palabras es, paradójicamente, algo tan intangible como la magia del cine. Uno de los rodajes más importantes que la historia del cine ha llevado a cabo en esta costa este es el de Dirty Dancing. Lake Lure se asienta en la base de una montaña como Chimney Rock a la que es posible acceder a sus 96 primeros metros e incluso cuenta con un ascensor para ello (cosas de americanos). Es tal la importancia que se concede a este rodaje, que todo el pueblo está impregnado de la esencia de la película. En Chimney Rock es posible respirar el aire más puro de todo el país e imaginar a Patrick Swayze elevando a Jennifer Grey desde el agua. Es difícil estar allí y no pensar en aquellos bailes imposibles, esos que despertaban la envidia y desataban las pasiones de todas las teenagers de finales de los 80 y principios de los 90, al igual que es imposible pasar por la puerta del hotel Lake Lure Inn & Spa (que han sabido mantener intacto) sin acordarse de Johnny y Baby, que se entregaron al baile olvidando todo aquello que les impedía estar juntos.

Al pasear por esos paisajes convertidos casi en museos, tu cerebro cobra vida propia y tararea The time of my life, es entonces cuando te das cuenta de lo grande que es el cine.

Con el pesar de no haber podido subir a la montaña por problemas técnicos con el ascensor, nos detuvimos en el pueblo colindante a Lake Lure, el Chimney Rock State Park, que fue sede del rodaje de El último mohicano (1992) y, tras recorrer su dos o tres calles y observar que es un pueblecito minero que vive prácticamente del autoabstecimiento, cogimos carretera pero no manta y pusimos rumbo a casa. Nos esperaba un largo viaje pero, por suerte nunca se viaja solo, no hay nada más que coger un reproductor de música y dejar que, entre versos y kilómetros, el camino de vuelta a casa se disuelva. Por fin llegamos y yo contaba los días hasta el próximo viaje, nuestra próxima parada, el próximo escenario de la película que acababa de empezar a vivir.

ChimneyRock-NorthCarolina

El Old Rock Cafe, de Chimney Rock (North Carolina). Foto: Laura Pacheco.

Quedaban unas semanas para el siguiente viaje programado cuando, de un día para otro, me surge la oportunidad de pasar un fin de semana en Charleston, South Carolina. Cuando quise darme cuenta, me había tragado otras tres horas de coche, esta vez ni siquiera necesité música, dejé fluir mi inglés y nos perdimos en largas conversaciones hasta que llegamos a nuestro destino. La primera parada no fue en Charleston, sino en una ciudad cercana llamada Georgetown en la que puedes disfrutar de playa y soledad incluso en pleno mes de julio. Al llegar, lo primero que notas es un calor húmedo de esos que te empapan la camiseta y la playa, que al principio fue un consuelo, acabó encabezando la lista de las playas de aguas más calientes en las que me había bañado. Tras una tarde de playa y una noche de conversaciones intelectuales y helados, nos fuimos a la cama pensando en la mañana siguiente, el día en el que, por fin, visitábamos Charleston.

Charleston (Charlestown, en antaño) tiene una estética peculiar y muy distinta a la imagen de Estados Unidos que tenemos en la cabeza. Lo primero que llama la atención es el puente de entrada a la ciudad, el Arthur Ravenel Jr, un nexo excesivamente moderno que contrasta con lo que es, fue y representa en realidad Charleston.

Estéticamente, la ciudad tiene influencias española y francesa pero, por la zona céntrica, lo que parece es un pueblecito antiguo del sur de Inglaterra. Lo primero que hicimos al llegar fue pararnos en el mercado de artesanías en el que apenas cabía ya un alfiler. Nos abrimos paso entre el calor y la gente y, tras un corto paseo, decidimos que era hora de comer. Como no podía ser de otra manera (y es que, en este sentido, Estados Unidos es un país admirable), encontramos un Bubba Gump Shrimp Co que, para quien no lo sepa, es un restaurante que recrea con todo lujo de detalles, el concebido por Dan y Forrest en Forrest Gump. La compañía encargada de los restaurantes en la vida real los repartió por todo Estados Unidos, pero en la actualidad también podemos hacer nuestro pequeño tributo al film en Londres, Tokyo y hasta en Marbella. El Bubba Gump, sea el que sea, es una parada obligatoria para todo cinéfilo.

Sin embargo, el restaurante no es lo único que une a Charleston con un clásico pues la ciudad norteamericana fue sede de uno de los grandes hitos de la historia del cine: Lo que el viento se llevó. Sus hectáreas de campo fueron testigo del romance, la decadencia y el egoísmo de los personajes interpretados por Clark Gable y Vivien Leigh. Esta última nos dejó una de las frases más conocidas del cine cuando juró y perjuró, en pleno Charleston, que nunca más volvería a pasar hambre.

Estando ya en el coche de vuelta a casa de este viaje inesperado, caí en la cuenta de que, en apenas unos días llegaba el viaje que más ansiaba: Washington DC. Esperé y esperé hasta que llegó el momento de hacer de nuevo la maleta. Para llegar desde Charlotte a Washington tuvimos que parar en Virginia, donde pasaríamos unos días antes de ir a DC. Las reuniones familiares cada vez eran más amplias: catorce personas repartidas en tres coches emprendimos un viaje que nos iba a llevar unas tres horas, que es aproximadamente el tiempo que separa a Chesapeake (Virginia) del ansiado destino. Fue entonces cuando comprendí que entrar en una gran ciudad estadounidense puede ser tarea más ardua de lo esperado. Cinco horas después de lo previsto llegamos a Washington más exhaustos que ansiosos. No obstante, ese era el viaje que estaba esperando así que era momento de colgarse la mochila, aguantar el calor y andar, y volver a andar, y seguir andando, porque si hay algo que hay que hacer al llegar a Washington es recorrer las amplias calles, pasear por sus increíbles zonas verdes y, por supuesto, admirar la majestuosidad de cada rincón. Washington es una ciudad pomposa, rimbombante, ostentosa. Es la capital de un país que se enorgullece de su nación, el centro ideológico de una cultura que todo lo hace a lo grande y, Washington DC, tiene que exaltar todos los valores que supone ser ciudadano estadounidense.

Lincoln Memorial, Washington DC

Lincoln Memorial, Washington DC. Foto: Laura Pacheco.

Lo primero que llama la atención de sus calles es el exceso de presencia policial en cada esquina. Cuando nos fuimos acostumbrando a la atenta mirada constante de aquellos uniformados, nos dimos cuenta de que dicha presencia era cada vez mas notoria y, de repente, ahí estaba, la White House, la residencia del señor presidente rodeada de zonas verdes amplísimas que acababan en verjas, verjas rodeadas por policías que, a su vez, estaban ocultos detrás de otra hilera de vallas que, además, daban a una plaza con un número tan alto de policías que casi daba pavor. Iban en coche, moto, a caballo e incluso en bicicleta, pero a ninguno le faltaba su chaleco antibalas y su pistola bien visible: hay que proteger al presidente de los Estados Unidos parecían refunfuñar sus atuendos.

Tras esperar varios minutos para tener un hueco en la segunda tanda de vallas y pelearnos silenciosamente con todos aquellos que luchaban desesperadamente por colarse en nuestra foto familiar, dimos comienzo a un paseo que nos llevó en dirección al monumento a Washington, el gran obelisco de la ciudad. Desde allí, es posible ver al presidente Lincoln, sentado paciente en su silla a una escala más exagerada que el templo que lo resguarda. A lo largo de este paseo, se te vienen a la cabeza peliculas como El silencio de los corderos, El Exorcista e incluso la ya mencionada Forrest Gump, que aprovecha el estanque donde se refleja Lincoln cada amanecer para rodar una de las escenas más importantes de la película.

Tras un increíble día volvimos a Chesapeake, después a Charlotte y llegaba la parada final: Queens. Lo bueno es que el viaje no acaba ahí, ni ha acabado aún. He prometido volver pero antes lo harán otros y, mientras lo hago y no, seguiré haciendo de cada lugar que pise, un escenario de película, de esa que voy construyendo poco a poco en mi cabeza, de retales de personas, de trocitos de canciones, aderezadas con kilómetros de coche pero, sea como sea, lo importante es que el viaje no acabará porque, vayamos a donde vayamos, nuestros sueños van con nosotros y cada sueño es una nueva oportunidad de emprender un viaje.

Destino Astoria

¡Al fin Nueva York! Las interminables horas de coche desde Washington con la familia tocaban a su fin. Deseando estirar las piernas, ansioso por patear las calles donde han paseado mis héroes de cine de la infancia, tengo que esperar a cruzar los interminables puentes, las interminables avenidas hasta arribar a la calle Steinway, en Queens. ¡Qué hacemos aquí, me pregunto¡

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Nueva York, capital del mundo.

El cine de mi barrio, en Madrid, era el Astoria. Allí vi el gran mundo y amé los espacios abiertos del Oeste y las carreras de Fórmula 1. Desde entonces el elegante nombre de Astoria se ha incorporado a mis señas de identidad. Cuando supe que tenía la ocasión de venir a la Costa Este, me puse por objetivo visitar un barrio neoyorkino con encanto, Astoria, en Queens. Y es que hay otra NY sugerente y llena de vida en sus barrios. Los mismos cantados por Spike Lee, por ejemplo: Harlem, Brooklyn, Astoria.

Situada en la esquina noroeste de Queens, al otro lado del East River, Astoria es vecina de Long Island, Sunnyside y Woodside. Pasa por ser el barrio más multicultural de América, donde destaca la próspera comunidad griega. Otras etnias astorianas son los italoamericanos, los irlandeses, poblaciones asiáticas (marroquíes y egipcios) y americanas (brasileños sobre todo). No pocos jóvenes profesionales y gente del cine se han movido aquí desde Mannhattan.

El origen del barrio va unido al de la Gran Manzana. En 1659 el terrateniente William Hallett se estableció en esta orilla, y pronto los colonos holandeses y alemanes llamaron a la nueva población Hallett’s Cove. Andando el tiempo fue rebautizada como Astoria en honor de John Jacob Astor, el hombre más rico de América. Cuenta la historia que a este “benefactor” se le pidió que invirtiera 2.000 dólares de entonces a la comunidad, a cambio de poner su nombre al barrio. De esa cantidad Astor sólo aportó 500 pavos, y si bien nunca puso los pies en esa orilla del East River, lo cierto es que su nombre permaneció.

La verdadera razón de que mi cine de la infancia se llamase Astoria se debe a que los primeros estudios cinematográficos americanos se ubicaban en este barrio. La relación con el cine viene de la construcción de los Kaufman Astoria Studios. Hoy en día uno de los sitios turísticos favoritos es el Museum of the Moving Image. Está en pleno centro del barrio, en la 35ª avenida con la calle 36ª. Es el primer museo de la Costa Este dedicado solamente al arte y la historia del cine y de la televisión. En los estudios Kaufman ha rodado el genial Woody Allen su Un final made in Hollywood en 2002. La película Mi gran boda griega se rodó en la esquina de la 33ª y Broadway. Además varias escenas de películas como Goodfellas y Una historia del Bronx se han rodado en las calles de Astoria. En otros casos el set de rodaje ha tenido al puente de Hellgate y el Boulevard Dimarts como escenarios. Es el caso de Serpico (1973) con Al Pacino.

Además del cine nuestro barrio Astoria se disfruta en las largas tardes de otoño paseando a lo largo del río, contemplando el panorama de la orilla opuesta. El inconfundible skyline de NY y la plateada aguja del Chrysler Building, con sus 319 metros de altura, es algo único de ver. Pero Astoria no es un barrio estático, es dinámico y está en continua renovación. Cada día hay nuevos locales, y una gran variedad de librerías, tiendas de ropa de segunda mano, restaurantes tipo BBQ y cafés culturales. Y no debemos olvidar lo que nos cuenta el periodista Enric González en Historias de Nueva York: “Nueva York, nacida Nueva Amsterdam, fue y es refugio de librepensadores, charlatanes, inadaptados y gente rara”.

29 de septiembre de 2015

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Francisco Ortiz

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LAURA PACHECO

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