Iñaki Tovar, Número 38, Opinión
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Quintaesencia

Por Iñaki Tovar

IÑAKI TOVAR

Iñaki Tovar

Quintaesencia, elixir del dandy, Edouard Manet (1832-1883) embriagaba con su presencia las estancias que pisaba. Burgués acomodado, elegante, cautivador. Lo tenía todo, la fama reconocida y los conocimientos de la pintura académica que jalonaban su trayectoria, pero… una fisura se fraguaba en su interior, una duda. El arte “tradicional”, el políticamente correcto, “el aceptado” trabajaba sobre modelos de vaciados de yeso inertes en estudios de luces artificiales, desechando entonces los aspectos caprichosos y libres de la luz y los colores. Además, ¿quién vestía en 1860 con toga y juraba como Los Horacios?!, así se cansó, comenzó a incluir en su obra la “verdad” que sus ojos desayunaban y los personajes con los que convivía él y el resto de la sociedad contemporánea finisecular (como por ejemplo las miles de putas parisinas). La caspa y los amargos censuraron sus propuestas, cuestionaron incluso que estuvieran acabadas sus obras, y expulsaron sus cuadros de la exposición de 1863 en el Louvre. Pero un grupo de jóvenes, con inquietudes y ganas de no ahogarse en el pozo de mierda conservadora que les ceñía, apadrinaron orgullosos al viejo Manet (cual Stéphane Hessel, a los 93 nos gritaba, indignaos!!), nacieron entonces los impresionistas. Manet siguió pintando libre y sin ataduras esos cuadros que curiosamente hoy, la misma caspa vetusta maravilla en su deleite. La respuesta a su rechazo llegó años después (1880) y ha pasado a la historia del arte como uno de los iconos más sublimes, sutiles y elegantes. Para aquellos que solo consentían un único modo de ver la realidad, portadores de la verdad absoluta, por gracia divina y por billetera. Manet les pintó una naturaleza “muerta”, de aspecto cilíndrico, con el tamaño ideal para su “inserción”, de consistencia precisa y textura lubricada. Hoy, bendito sea, cuelga en las paredes del Musée D ́Orsay de París.

Ana, Quintaesencia también, quitó las becas para los comedores de Madrid, aunque matizó que los nenes se podían traer sus tupper y usar las (sus) instalaciones, pues bien, tú pon la Botella, que Manet pone El espárrago.

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