Artsenal, Francisco Cisterna, Humor Gráfico, Número 39, Opinión
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¿Qué fue de la Marca España?

Por Francisco Cisterna / Ilustración: Artsenal

Francisco Cisterna

Francisco Cisterna

Los cacharros conducidos por Fernando Alonso, la raqueta agotada de Rafa Nadal o el fracaso susurrado de la Selección en Brasil han privado a la Marca España de adalides. Es más, desde entonces, apenas hemos visto el pelo a ese lema neutro cuyo principal valor es facturar deportistas con proyección internacional. Sé que alguien me recordará el contrato del AVE a La Meca, conseguido gracias a la intercesión, en dura pugna con Francia, de la Corona y de Corina. ¡Qué tiempos aquellos! Pero no es menos cierto que los Mohamed del petróleo andan soliviantados por el retraso de las obras, que hoy, casi seguro, no encargarían a la Marca España. Más vale pájaro en mano que eléctrica liberalizada. Tampoco es seguro que la citada marca sea recordada allende nuestras fronteras, que, presumo, era su primer objetivo. Al contrario, creo, más bien, que ningún galés, berlinés o genovés encuestado sepa definir o recuerde, siquiera, dicha marca. Y, por referencias de la prensa internacional, mucho me temo que no sea sinónimo de endeudamiento y buena cocina, especulación y bonitas playas, corrupción y jamón ibérico, separatismo y chupitos low cost, turismo y balconing o parques naturales y reserva protegida de fondos buitre. Iker Casillas no puede pararlo todo.

La época de la burbuja dorada (que bautizo como Marca Escarlata, en contraposición a la Marca España) ha sido –y no sabemos si continuará siendo– una franquicia para defraudar, trincar o especular en cómodos plazos y con facilidades. Así pasará a la historia, “manque” nos pese, exceptuando algún triunfo deportivo de cierto calado taumatúrgico-separatista: hazaña patria que congregaba al personal frente al plasma adquirido en esos almacenes donde se supone que no somos tontos. Pero los hay, los ha habido y los habrá más listos y más tontos. Tan listos como para ocupar los puestos estratégicos que les permitan volver a las andadas y tan “tontos” como para seguirlo consintiendo por acción u omisión.

La Marca Escarlata, que ocultaba las fabulosas maniobras y los tejemanejes, en la sombra, de los dinamiteros de turno, ha desaparecido sepultada bajo toneladas de corrupción. Aquella España triunfante que se volcaba por el televisor en los circuitos de Fórmula 1, en las pistas de Roland Garros o en el césped de Sudáfrica está hoy repartida entre las colas del paro y de Cáritas. Otros corrieron peor suerte y quedaron atrapados para siempre entre las vías del AVE, en el metro de Valencia o en las listas de espera de la Sanidad. Muchos aguardarán a tener nietos casados para poder cobrar la pensión y otros vagarán por el purgatorio del desempleo hasta que les llegue su hora o ese contrato por horas que les reúna con Virginia Wolf en la esquina de cualquier siglo pasado o futuro. Recuerdo, alborozado, casi tembloroso, mi primer contrato por horas en el siglo XXI. Hoy, en el Medievo, sujeto a la caridad feudal, añoro aquellas horas de trabajo relativo (una o dos, a lo sumo) que facilitaban mi formación en la sociedad del ocio desvanecido. Me aprieta la escafandra, Virginia, y siento que estas minas de Plutón contaminan mi alma digital. Prefiero el coltán a cielo abierto y el sabor del palo macerado en mi piel de niño minero, porque yo, Virginia, yo… ¡¡¡Yo soy mineeero!!!

La madre de todas las burbujas no sólo ha dejado un esqueleto de ladrillos al sol sino que además ha revelado de qué pasta estaban hechos los constructores del país de las Maravillas, que hartos de tanto desgaste y vilipendio han mudado de imputados a investigados. Involucrados, muchos; salpicados, bastantes; atenidos a las presuntas consecuencias, pocos; acomodaticios, todos; complacientes, los menos y anuentes de botón votivo, los más, o como quieran calificarlos los legisladores, que extenso es el castellano, que yo, con dificultad, manejo.

¡Pero basta ya de escuchar a este agorero milenarista, que no mileurista!, ¡qué envidia! ¡Aviven el seso y despierten!, porque les voy a regalar la receta del éxito para que la apliquen en esta nueva España de emigrantes-emprendedores: monten una academia de bailes de salón –o de polideportivo– para políticos de todo signo y condición, o, en su defecto, una asesoría fiscal y jurídica para defraudadores selectos. Eso sí, no se olviden de estampar la imagen de la Marca España en la esquina superior derecha de la propaganda. Negocio asegurado. ¡Viva el baile de San Vito!

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Artsenal

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2 Kommentare

  1. maria luisa dicen

    Lo peor de la Marca España, es que nos deja de lado al 99% de los españoles.
    Un grupo de privilegiados que por lo que se ve, son los únicos que cuentan para el gobierno.

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