Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 39, Opinión
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Nosotros, que caminamos en sueños

Por Lidia Sanchis. Ilustración: L’Avi

LIDIA SANCHIS buena

Lidia Sanchis

En mi adolescencia, cuando el dolor de la pérdida y el gusano de la culpa ya me acompañaban, una serie de televisión, Retorno a Brideshead, basada en una novela de Evelyn Waugh, me sacudió la conciencia y despertó en mí la certeza de que iba a echar de menos cosas que nunca iba a vivir.

Aquellos personajes lánguidos y elegantes, sensualmente ligeros y sexualmente atormentados; aquel Sebastian Flyte, armado con su osito de peluche, Aloysius, como quien empuña una pistola, aquel Charles Ryder, deseoso de que la “gracia divina” o, quizá, cualquier tipo de gracia, cualquier forma de emoción, cayera sobre él, y lady Julia Flyte, abducida por el milagro de la reconversión al catolicismo de su padre en el lecho de muerte; todo ello me enamoró hasta el punto de desear quedarme a vivir en la campiña inglesa y comer fresas con nata para siempre. Porque lo que se contaba en aquella serie me parecía el colmo de la sofisticación: un destino al que había que aspirar, a pesar del triste final de la historia. O precisamente por eso ya que más o menos a partir de esa época la felicidad empezó a parecerme un estado sospechoso y que las personas felices no eran trigo limpio.

Me imbuí del allure de Retorno a Brideshead y todo se conjuró para que quisiera vivir en un campo de fresas salvajes y beber champán todos los días a las cinco de la tarde. Pero fui la primera de mi familia materna y también de la paterna en cursar Educación Secundaria y en ir a la universidad, una circunstancia del todo incompatible con habitar en un castillo de Madresfield, en el condado de Worcestershire. Batiste Bolea, mi abuelo paterno, no era ningún aristócrata sino un hombre derrotado al que una vez le escuché relatar que había luchado con los soldados del Campesino en la Guerra Civil y que en los últimos días de la contienda se había pasado al bando de los nacionales, como tantos otros. Pero nunca hablaba mucho de aquello. Sólo al final de sus días, cuando ya no reconocía ni a su mujer ni a sus hijos, volvió a ser aquel soldado aterrorizado, encogido en una esquina de la habitación, temiendo que una bala lo alcanzara a él también. Como a tantos otros.

Mi abuelo materno, Vicente, el Chato Serilo, tampoco fue ningún conde sino un honrado analfabeto que durante la guerra estuvo preso en la cárcel de Castellón y por tres veces le anunciaron que lo iban a fusilar. La intermediación de un sacerdote, o de un preboste del pueblo, tanto da, al que mi abuela acudió, llorando y suplicando, libraron a mi abuelo de una muerte segura y así pudo nacer mi madre y su hija mayor pudo tener el honor de ser la primera de dos familias en tener una licenciatura.

Entonces, en El Intermedio del Gran Wyoming vuelve la pizpireta Thais Villas y nos ofrece uno de sus reportajes de barrio rico, barrio pobre. Esta vez, a propósito de un informe de la Fundación Educo en el que se asegura que el 80% de los abuelos ayuda económicamente a su familia. Los testimonios que escucho dan ganas de llorar: por un lado, abuelos que con sus exiguas pensiones consiguen pagar hipotecas a sus hijos para que el banco no les quite la casa y surten de comida a sus nietos; por otro, señoras recién salidas de la peluquería que dicen cosas como “el que quiere, sale de la crisis”, como si fuera una adicción en la que uno cae porque se lo merece. De una parte, ancianas que se quitan de comer para que cenen sus nietos; de otra, ancianos que aseguran que nunca han tenido que ayudar a sus hijos porque estos “son muy trabajadores”, “tienen sus buenas carreras”; señores respetables que denuncian que “hay padres que no se preocupan de que sus hijos estudien, de que sus hijos sean nada”.

No consigo desprenderme de esas voces amartilladas en mi cerebro ni de la sensación de impotencia que el visionado de ese programa me ha producido. La nieta del Chato Serilo jamás comerá delicadas fresas dispuestas sobre un mantel de tweed, ni vivirá en un castillo en medio de la campiña inglesa. Ese sueño es del todo inalcanzable porque está habitado por los ricos de ese gueto a la inversa en el que se han refugiado. Son padres que tienen hijos que estudian en Oxford o en Boston; son nietos que pasan el Fin de Año en Gstaad invitados a alguna de las fiestas que organizan los Botín-Morenés; progenie que jamás ha tenido que apuntarse al paro ni sabe qué es sobrevivir con quinientos euros al mes, en el mejor de los casos; jóvenes universitarios que consiguen su primer empleo gracias al único requisito de tener el apellido adecuado.

¿Cómo vamos a entendernos los unos con los otros? ¿Cómo vamos a remar en la misma dirección? Mientras una parte del país tiene buenos trabajos, gracias a Dios y a su linaje, la otra sueña con comer fresas con nata en un delicado paraíso del que jamás tendrá las llaves. Y es que a los pobres hasta los sueños nos han sido arrebatados.

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L'Avi

L’Avi

2 Kommentare

  1. Lombilla dicen

    Es lo que tiene el pedigrí, Lidia, hay camadas que vienen con un Jaguar debajo del brazo… Magnífico artículo.

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