Jesús Cruz Álvarez, Viajes
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Manglar, océano y paz en la costa oeste de Oaxaca

La Ventanilla, una aldea en la costa de Oaxaca cuya vida gira en torno al manglar. Foto: J. Cruz.

Por Jesús Cruz Álvarez. Miércoles, 28 de octubre de 2015

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Que el turismo de masas ha contribuido a arrasar buena parte de los paraísos naturales a lo largo y ancho del planeta es hoy día un hecho irrebatible. Sin embargo, de la asunción de una suerte de responsabilidad ecológica como motor de un desarrollo sostenible y alternativo pueden surgir iniciativas orientadas al turismo que repercuten positivamente en el medio.

La costa del estado mexicano de Oaxaca, en esencia la abrupta franja de playas y acantilados que separan Puerto Escondido y las bahías de Huatulco, es una de las zonas más importantes del mundo para la anidación de tortugas marinas, en especial de la golfina. Durante décadas, la región dependió casi en exclusiva de la venta de huevos y carne de tortuga, que eran capturadas fácilmente y de forma masiva en sus playas para satisfacer una alta demanda gastronómica. Sin embargo, la imposición gubernamental de una veda total sobre la especie en 1990 como consecuencia de un descenso notorio de su población a causa de la aniquilación desmesurada de ejemplares, propició un cambio radical en el trato dispensado al quelonio: lejos de continuar con el exterminio, las tortugas pasaron a ser una especie protegida sobre la que se basaba un nuevo modelo económico, el del turismo ecológico. De hecho, en 1991 se fundó el Centro Mexicano de la Tortuga en Mazunte, la misma localidad donde antes se ubicaba el matadero del que partían miles de ejemplares hacia los mercados de la región, y que ahora se erigía como centro divulgativo para su protección y observación.

La visita a Mazunte tiene hoy el encanto cadencioso de un lugar ajeno al tiempo y a cualquier tipo de estrés. Con apenas 700 habitantes repartidos en algunas docenas de casas arrebujadas en torno a una hermosa playa de arena fina en forma de media luna, Mazunte es el máximo exponente de un turismo ecológico basado en la conjunción armoniosa entre los valores culturales de la comunidad autóctona y la profusa naturaleza que la circunda. La oferta es sencilla aunque no por ello menos cautivadora; echarse la siesta en una hamaca (junto al resto de la familia del restaurante) tras un copioso almuerzo en la playa, contemplar las siete especies de tortugas marinas que integran el Centro mexicano dedicado a este quelonio, comprar algunos productos de cosmética natural que elaboran artesanalmente en la localidad, o sencillamente dejar pasar el tiempo a medida que la tarde se consume en un crepúsculo líquido vertido lentamente sobre el océano.

A tan solo un kilómetro de Mazunte siguiendo la carretera hacia el este, la bahía en torno a la que se cobija el pequeño pueblo de San Agustinillo ofrece una oportunidad idónea para tomar un baño en aguas más calmas que en las localidades vecinas, donde las olas del Pacífico rompen con estrépito en la orilla. A pesar de tener tan solo unos 250 habitantes, hay numerosas empresas turísticas que ofrecen clases de surf, paseos en barco o pesca deportiva en un ambiente relajado muy en la línea de la vecina Zipolite, cuatro kilómetros más al este. Aquí, como en el pueblo anterior, la afluencia de turismo mochilero se percibe en la profusión de hostales y cabañas a pie de playa que bien podrían hacer replantearnos nuestra existencia y desear quedarnos varados para siempre, dedicados a la vida contemplativa frente al batir hipnótico de las olas.

Para el camino de regreso, lo más fácil es subirse en la parte trasera de una camioneta de uso compartido que, por unos cuantos pesos, nos apeará en el cruce de la carretera de tierra hacia La Ventanilla. Antes de llegar a esta minúscula agrupación de casas de madera camufladas entre el espeso follaje de la selva caducifolia oaxaqueña, tendremos que recorrer a pie algo más de un kilómetro sin más compañía que un inspirador silencio tan solo quebrado por los ruidos de la abundante fauna de los alrededores. Hasta aquí no suelen llegar los coches y la sensación al arribar al final de la senda de tierra, donde la espesura que abriga las casas de tejados de palma deja paso al espacio abierto de un amplia playa flanqueada por palmeras, es la de haber descubierto un lugar ignoto ajeno al rodillo implacable del turismo de masas. De hecho, en este lugar las únicas infraestructuras dedicadas a los foráneos son unas cuantas cabañas de madera integradas en la selva, un pequeño recinto desde el que se organizan las excursiones por la zona y un restaurante que funciona como sala de estar para la familia que lo regenta.

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La selva en Oaxaca cuenta con una gran biodiversidad. Foto: J. Cruz.

Poblada por unas 25 familias, La Ventanilla es un modelo internacional de ecoturismo comunitario. En la última década, la actividad económica ha virado de la caza y venta de carne de tortuga y piel de cocodrilo, a la protección de sendas especies en un entorno natural inigualable. El pueblo se asienta junto al estuario del río Tonameca, donde se forma una laguna cercada de manglares que se funde con el mar en la temporada de lluvias. En realidad, la distancia entre las aguas del Pacífico y la laguna es de tan solo unos metros de arena, suficientes para mantener la rica biodiversidad de la zona, integrada por cocodrilos, iguanas, garzas, pájaros carpinteros o patos buzo, así como una enorme variedad de microorganismos y crustáceos que sirven de alimento al resto de especies, incluidos los delfines y las tortugas que penetran en la laguna en la época de lluvias.

La comunidad de la localidad, organizada en torno a la cooperativa Servicios Eco turísticos La Ventanilla, se encarga de la reproducción y crianza de cocodrilos, que posteriormente son liberados, la reforestación del manglar a partir de un vivero con más de 30.000 plantas (los huracanes Paulina y Rick en 1997 devastaron la zona), y la protección de tortugas marinas, para lo que cuentan con una incubadora de huevos en la misma playa. La originalidad de la labor de esta cooperativa es que todas estas actividades ambientales se ven integradas en la oferta turística de la localidad, de manera que, además de la conservación del medio, se favorece el desarrollo económico del lugar.

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A la caída de la tarde, cientos de tortugas recién nacidas se dirigen hacia el mar. Foto: J. Cruz.

Julián es una de las personas que trabajan en la cooperativa guiando a los viajeros por los intrincados canales de la laguna de Tonameca. De semblante serio y trato distendido, conduce trabajosamente la barca con un largo y grueso palo de madera maciza. Según nos explica, no utilizan motores en la laguna, ya que ello puede alterar la sostenibilidad del manglar y las especies que lo pueblan. Los crujidos de la barca se entremezclan con el leve rasgar del mástil en el agua mansa salpicada de lirios y la hermosa sinfonía de los pajarillos que revolotean por los mangles. Por momentos, el cielo se estrecha y el verde intenso lo inunda todo. Julián pide silencio (más aún); en una orilla cercana un caimán sestea indiferente a la indiscreta visita.

Dentro de la laguna, en una isla formada por el estuario, la cooperativa ha establecido su centro de reproducción de cocodrilos y caimanes donde se pueden contemplar algunos ejemplares en semicautividad. El tamaño de alguno de los reptiles puede llegar a ser imponente, más aún si los cuidadores agitan temerariamente bolsas llenas de comida ante la atenta mirada del cocodrilo, que se desliza por el césped con total libertad y a una velocidad preocupante para el resto de los improbables espectadores. También se pueden comprar coloridos artículos de artesanía entre los que dominan las tortugas talladas en madera oscura.

Antes de finalizar la jornada, La Ventanilla ofrece un atractivo más que disfrutar al aire libre. A la caída de la tarde, cientos de pequeñas tortugas que acaban de salir de sus huevos en la incubadora emplazada en la misma playa, son liberadas en la orilla hacia su incierta odisea en el océano, donde tan solo una pequeña parte de ellas sobrevivirá a los numerosos depredadores que las acechan. Paradójicamente, el que fuera su más mortal enemigo, el ser humano, es hoy un aliado de excepción en su arduo camino iniciático a la madurez. Todos los visitantes de La Ventanilla pueden participar (de forma gratuita) en esta entrañable “liberación” en la que contemplar cómo el enjambre de minúsculas y torpes tortugas se funde con la espuma de las olas hasta ser barridas completamente por la marea.

En el crepúsculo, la playa desierta ofrece una panorámica excepcional de la auténtica “ventanilla”, un exiguo orificio horadado por el viento en la agrupación de altas rocas que separa la playa homónima de Punta Cometa y Mazunte. La luz dorada se filtra por el ojal como en un catalejo natural mediante el que se estrecha el horizonte hasta quedar reducido en un lejano punto azul y magenta. Es entonces cuando la selva de Oaxaca comienza a bullir y el viajero debe decidir si partir o permanecer un poco más, entre cocodrilos y tortugas, ajeno a la vida real, como en un vívido sueño del que no volver a despertar. Tan solo el manglar, el océano y la paz.

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