Artsenal, Gil-Manuel Hernández, Humor Gráfico, Número 39, Opinión
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La desconexión de los poderosos

Por Gil Manuel Hernández / Ilustración: Artsenal

Gil-Manuel Hernández

Gil-Manuel Hernández

En los últimos tiempos, especialmente a raíz de los efectos de la crisis económica de 2008, se ha producido un interesante fenómeno: los poderosos del mundo han ido desconectándose no solo de los pobres, sino de la gran masa de la población, para recluirse en una especie de gueto elitista que para nada necesita al resto del mundo. Esta desconexión se basa, esencialmente, en los diversos y cada vez más sofisticados mecanismos de especulación financiera desplegados por las elites, hasta el punto de haber incrementado estas sustancialmente sus ingresos de un modo escandaloso.

Y es que si hubo una época, la del capitalismo clásico, en que había explotadores y explotados y los primeros necesitaban a los segundos para generar beneficios y poner en marcha la reproducción ampliada del capital, con el auge del neoliberalismo y la brutal desregulación del capital financiero asociada a aquél se está generando un nuevo escenario, prácticamente inédito en la historia moderna: los poderosos ya no necesitan explotar a los dominados, es más, el mismo hecho de la explotación se ve ya como algo sucio y poco elegante, una práctica superada por las potencialidades que ofrecen tanto el uso de las nuevas tecnologías como la propia desmaterialización del capital, centrado en replicarse a sí mismo sin el concurso de las viejas masas obreras y campesinas. Y con una clase media crecientemente depauperada que no entiende nada de lo que le está pasando.

En eso justamente consiste la desconexión de los ricos, en no necesitar a los explotados para hacerse cada vez más ricos. De manera que hoy en día al explotado lo peor que le puede pasar es que no lo exploten, es decir, que sea arrojado a ese abismo de indiferencia que implica ser totalmente prescindible para unas superclases plenamente abocadas al lujo y a un incremento del capital fiado al gran casino global de las finanzas, convenientemente manejadas por una clase selecta de técnicos y burócratas que hacen el trabajo sucio por unos salarios estratosféricos. Dicho de otro modo, los poderosos se dedican ya plenamente a divertirse y a jugar, como los niños mimados que son, sin ningún tipo de contacto con la miseria de un mundo al que han dejado abandonado a su suerte.

Tal es el sórdido panorama de una sociedad cada vez más tensada por una desigualdad galopante, pero especialmente fracturada por el desanclaje de los poderosos del mundo real. No debe extrañar, como poderosa metáfora de lo que está aconteciendo, que las elites fantaseen con hacer turismo espacial o pasar temporadas en colonias instaladas en la Luna o Marte. Su mundo ya tiene poco que ver con un planeta cuyo expolio no les interesa lo más mínimo y una población de más de 7.000 millones de personas que juzgan más como una carga que como la plasmación de aquello que los ilustrados llamaron “humanidad”. Pues para los ricos en desconexión hasta la Ilustración es un pesado lastre que hay que soltar cuanto antes, para hacer realidad la utopía materialista de una comunidad feliz y próspera, aunque reducida a un privilegiado grupo que se ve a sí mismo como la consecuencia lógica de la “selección natural”. Es duro de aceptar, pero debemos admitirlo: los demás sobramos y de momento tampoco parece que nos vayamos a hacer respetar.

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