Música, Sandra Llopis
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George Gershwin, la gran revolución de la música moderna

El compositor ultima la partitura para uno de sus musicales de Broadway.

Por Sandra Llopis. Lunes, 26 de octubre de 2015

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Corre el año 1892. Un joven ruso abandona su patria rumbo a Nueva York buscando una vida mejor y a la mujer de su vida, que ha partido poco antes con su familia hacia la conquista del sueño americano. Los chicos se establecen, como muchas otras parejas inmigrantes y judías, en el modesto barrio del Lower East Side. En ese momento no saben que uno de sus hijos será uno de los mayores compositores de Estados Unidos, ni tampoco que ese sueño americano se hará realidad no solo para él, sino también para su hermano. La pareja no es otra que la compuesta por Morris Gershovitz (más tarde, Morris Gershwin) y Rose Bruskin, los padres del genial George Gershwin.

El compositor nace en Nueva York en 1898, rozando los albores del cataclísmico siglo XX, ya como americano de pleno derecho. Durante su infancia, sus padres no tienen demasiadas esperanzas en el futuro del pequeño, siempre más decantado hacia la diversión que hacia los estudios. De hecho, el piano que compra la familia tiene como destinatario a su hermano Ira, aunque finalmente es George quien acaba tocándolo. Y con una maestría única.

Durante un par de años, George recibe clases de piano de manos de profesores mediocres, hasta que en 1912 conoce a Charles Hambitzer, quien muestra a su alumno la belleza y la fuerza de las obras de Chopin, Liszt y Debussy. A partir de ese momento, Gershwin centra todas sus fuerzas en convertirse en concertista de piano. Pero todo se viene abajo cuando su padre decide que ser músico no es lo mejor para él en tiempos difíciles y le obliga a estudiar contabilidad, disciplina por la que no siente interés alguno. Aguanta un par de años entre balances y números farragosos, pero en 1914 convence a su madre para abandonar los estudios y acepta un trabajo como pianista en el Tin Pan Alley, una zona de Nueva York en la que proliferan como setas los editores de música popular. Su cometido es interpretar piezas nuevas para posibles compradores de las partituras. Tiene solo 15 años y la música americana ya corre por sus venas.

Sin embargo, su instinto le dice que la mayoría de las partituras no están bien escritas, que él puede hacerlo mucho mejor y empieza a crear canciones de su puño y letra. Con apenas 20 años ya ha compuesto algunas melodías y sus propios jefes, Remick & Company, le publican un ragtime para piano: Rialto Ripples. Pero George quiere más y en 1917 abandona el trabajo y prosigue con su carrera de pianista en el mundo del teatro. Destaca como compositor en pequeños espectáculos de Broadway, y pronto llama la atención de influyentes productores musicales.

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Gershwin con la actriz Paulette Goddard. El genio de la música americana nunca llegó a casarse.

La popularidad de Gershwin sube un peldaño más cuando Al Jolson graba una de sus canciones, Swanee, un éxito de ventas que recauda unos cuantos millones de dólares. Este lanzamiento permite que, con sólo 22 años, George Gershwin amase fama y fortuna, algo que jamás imaginaban sus padres cuando salieron de Rusia. Este éxito incipiente le sirve para lograr un nuevo encargo: escribir la música para George White’s Scandals, una importante revista de Broadway. En 1923 se arriesga y lleva a Inglaterra su propio espectáculo, The rainbow.

Cuando llega a Gran Bretaña, Gershwin es ya una figura consolidada y se considera un compositor de música seria, pero sigue deseando ir un paso más allá, fundir la música clásica con la música popular estadounidense que desde joven había absorbido como una esponja. Quiere imprimirle a su arte la energía y vitalidad de la música folclórica del siglo XX. Y lo consigue tan solo un año después (1924) cuando su mayor éxito, Rhapsody in Blue, sale a la luz. La obra deja patente su grandeza como compositor en el panorama musical de la época. Y es tan solo el pistoletazo de salida para todo el rosario de éxitos que vendrán después, como Lady, be good! (1924), Concierto para piano en Fa (1925) o Un americano en París (1928, cuya versión cinematográfica se estrenará en 1951). Sus composiciones le llevan a una exitosa y triunfal gira por Europa en el año 1928.

Sin embargo, todo este éxito profesional jamás tendrá correspondencia en lo personal. A pesar de contar con numerosas amistades femeninas y vivir frecuentes aventuras fugaces, Gershwin nunca tendrá un relación estable ni se casará. Su vida se convierte en una gran paradoja: la que supone poner alegría y banda sonora a las fiestas de los locos años veinte mientras su fracaso en lo personal se va fraguando por sus inseguridades y continuas depresiones.

Cuando llega la Gran Depresión, Gershwin es una celebridad con una fortuna considerable en el banco. Pero nada es suficiente para él, quiere seguir triunfando en su profesión, de modo que viaja a Hollywood junto a su hermano Ira para trabajar en la meca del cine. Ambos escriben, de forma conjunta, una serie de bandas sonoras para las películas de la época (entre otras, Delicious, 1931; Girl crazy, 1932, con una versión posterior protagonizada por Judy Garland en 1943; y The Goldwin follies, 1938); su jugoso caché por encargo no baja de los 100.000 dólares.

George vive a lo grande, entre estrellas de cine y partidos de golf, ganando dinero a espuertas y disfrutando de sus escarceos amorosos con las estrellas del momento. Pero esto no le aleja del todo de Broadway, pues sigue escribiendo espectáculos como Of Thee I Sing (1931), primer musical en recibir el Premio Pulitzer para teatro.  El favor del público y de la crítica parecen acompañar siempre al compositor, pero también conoce el fracaso. Varios de sus espectáculos en Broadway terminan en fiascos entre 1931 y 1933 y su reputación se ve seriamente afectada, así como su propio ánimo. Gershwin se refugia en el psicoanálisis para superar la difícil situación emocional por la que atraviesa y es así como vuelve a retomar uno de sus grandes sueños: componer una ópera. George había leído, algunos años antes, un libro titulado Porgy que trataba sobre la vida de los negros en el Sur estadounidense y considera que la historia es el vehículo perfecto para dar al jazz popular una forma clásica. La obra ve la luz en septiembre de 1935; la ópera Porgy and Bess se estrena ese mismo mes en Boston y obtiene una acogida entusiasta por buena parte del público. Sin embargo, su representación en Nueva York no es bien recibida; el público conservador de la ciudad no ve con buenos ojos la presencia de la música negra en una ópera, feudo tradicionalmente reservado a las elites sociales.

www.lalupaweb.com-george-gershwinDisgustado por los estúpidos convencionalismos y prejuicios, Gershwin regresa con su hermano Ira a Hollywood, donde vuelve a conquistar el éxito al escribir la banda sonora para varias películas de Fred Astaire. Todas cosechan un éxito rotundo. Es el momento de algunas cintas memorables como Señorita en desgracia (1937), Shall we dance? (1937) Vuelve a mí (1949) o Una cara con ángel (1957). Aunque algunas composiciones ven la luz tras la muerte de George, la música ya estaba escrita por el maestro tiempo antes de su temprana desaparición. Luego será Ira quien seguirá adelante con muchos de sus proyectos de partituras, añadiendo él mismo las letras o rematando pasajes inconclusos.

Gershwin tiene 38 años cuando empieza a sentir vértigos y mareos. En principio los médicos lo atribuyen al exceso de trabajo y al ritmo frenético de su vida social y le recomiendan reposo. Sin embargo, esta no es la razón de su mal, sino un tumor cerebral, que poco a poco va debilitándole. El 9 de julio entra en coma y, mediante una punción medular, los médicos confirman el origen de una enfermedad casi desconocida hasta ese momento. Dos días después se le practica una operación de urgencia, que no puede evitar el fatal desenlace. El genio muere esa misma noche. El mundo pierde a un compositor único que ha sido capaz de aportar armonía en la unión de lo folclórico y lo culto, de lo popular y lo clásico, un experimento musical que ha conquistado el sueño americano en Broadway y en Hollywood y que ha puesto Europa en pie con sus giras memorables. Sin duda, él consigue lo que aquella pareja humilde de San Petersburgo pretendía lograr al abandonar su Rusia natal: hacer realidad el sueño americano.

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SANDRA LLOPIS

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