Ángel Vilarello, Número 39, Opinión
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El lado oscuro

Por Ángel Vilarello / Ilustración: Jorge Alaminos

ANGEL_GURB

Ángel Vilarello

Casi no nos hemos recuperado aún, y ya están aquí de nuevo. Las principales competiciones deportivas asaltan los informativos, por supuesto con el gran jefe, el fútbol, a la cabeza, dispuestos a aburrirnos por saturación infusa, llenando minutos y líneas de contenido insustancial, algo así como un fast food informativo, convirtiéndonos en bulímicos espectadores, tragando y vomitando, sin alimento, sin poso, sin sentido y sin que la ciencia haya descubierto aún alguna utilidad aparente. Sirva este artículo como ejemplo.

Les propongo no sucumban ante tan poco atrayente espectáculo y me sigan en un experimento que llevo haciendo ya muchos años. Por estas fechas, cada año se repite el mismo guión, objetivos ambiciosos, esperanza, ilusión, nada nuevo ni que deba extrañarnos. Pero no se dejen engañar por toda esa sarta de tópicos edulcorados con sonrisas blanqueadas y pieles tostadas en lujosas costas paradisíacas. Vayamos un poco más allá e intentemos jugar a psicólogos de salón y quedémonos con ese carácter afable, cordial, puramente deportivo, que hace honor a aquellos atléticos griegos de los orígenes olímpicos, con el respeto por bandera y el elogio hacia el rival, y no digamos ya a quien les pagan, estaría bueno.

Hagan memoria con ello, guárdenlo en algún lugar seguro de su mente, allá donde los restos del alcohol del tinto de verano no pueda llegar. No pasará mucho tiempo sin que alguno cambie el discurso como quien cambia de zapatos made in Italy. Ya hace mucho tiempo, uno de esos tipos listos que sale en internet con una foto suya en blanco y negro al lado de una frase lapidaria, nos recordaba que el dinero no cambia a la gente, simplemente nos muestra como son. Algo parecido van a percibir en cuanto se fijen un poco. Es sólo cuestión de tiempo y de esperar pacientemente.

Llegarán los días, porque siempre llegan, en que donde dije digo, digo Diego y si te he visto no me acuerdo, porque cuando las circunstancias aprietan, cuando el sol se pone, la pelotita no entra o no hay foto para el político o directivo de turno, nos quitamos la careta y sale a relucir nuestro verdadero yo, y el ego toma el control repartiendo a diestro y siniestro, porque ya sabemos que la derrota es huérfana y el mea culpa no se estila por este país nuestro de cada día, ni la memoria claro, a pesar de la cruel hemeroteca. Parece que por cultura, estamos instaurados en una especie de amnesia permanente y lo que hoy nos escandaliza, resulta que pasados unos días ya no tiene importancia, ya no duele, y nadie lo recuerda. Es curioso ver lo rápido que cicatriza la información en nuestras cabezas saturadas por la era de la (des)información que nos ha tocado vivir. Tal vez sea por aquello de la mente del mono loco de la que habla la sabia cultura oriental y que nos hace ir de un pensamiento a otro sin ni tan siquiera darnos cuenta.

En tan sólo unos meses, no habrá que esperar mucho, ya verán, comenzarán a brillar los colmillos en las entrevistas, el tono se volverá agrio, crispado y el periodista será blanco fácil del fuego cruzado. Incluso a algún reportero inocente, le darán el cambiazo y sin apenas darse cuenta tendrá el arma del crimen en la mano y ¡zas!, ya tenemos chivo expiatorio, no sea que se nos enfade la estrellita de turno, su presidente o la jefatura de la federación deportiva que toque. Y ahí, en ese preciso momento se darán ustedes cuenta que aquello que leyeron hace un tiempo en la gloriosa revista Gurb mientras yo me regocijo y froto las manos, cual madre resabiada, esperando para espetarles el famoso “¡ya te lo dije!”.

Al menos siempre nos quedará Rafa Nadal, rara avis de este mundillo deportivo canibal.

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