Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 38, Opinión
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Cómo ser madres

Por Lidia Sanchis / Viñeta: L’Avi

LIDIA SANCHIS buena

Lidia Sanchis

Comienza el juicio por el asesinato de la niña Asunta Basterra y desde mi ventana contemplo cómo cae la noche y un cielo plomizo amenaza con descargar toda su ira y empezar a llorar como dijo, equivocada y poéticamente, el gran Emili Gisbert en una conexión en directo para la Ràdio Nou cándida y apasionante de sus inicios. El cielo está a punto de echarse a llorar en esta parte del país donde hasta hace poco se vivía en un amanecer perpetuo, en una gran bacanal de risas, cocaína y tías en pelotas como si no hubiera un mañana. Y no lo había. De un momento a otro la bóveda celeste, que dicen los cursis, se pondrá a moquear y a derramar lágrimas y lluvias y con razón y sin remedio. Veo a esa niña, de tan sólo 12 años, muerta en una cuneta de Santiago de Compostela, minha terra galega, donde el cielo es siempre gris. Son sus padres, Rosario Porto y Alfonso Basterra, quienes están acusados de planear durante meses la muerte de su hija. Durante meses. ¿No se les hiela la sangre al pensar siquiera en que esa hipótesis pudiera confirmarse? ¿Pueden imaginar sin estremecerse el aspecto de esa niña, que llegaba a sus clases de música adormilada, drogada? ¿Acaso no les provoca arcadas el relato de ese padre experto en suministrar a su hija la dosis justa de Orfidal; o la imagen de intensa frialdad de esa madre que se prepara para asfixiar a una niña indefensa? Que Alfonso Basterra no hubiera engendrado a su hija ni Rosario Porto no la hubiera parido no tiene importancia para valorar lo sucedido. Un perro o un gato también pueden despertar ese instinto maternal del que carecen tantos, sean padres o no. Y es que, como sabrán, Asunta, de origen chino, fue adoptada por el matrimonio Basterra-Porto; él, periodista; ella, abogada: dos personas normales, y, sin embargo, capaces, presuntamente, de un crimen tan abominable. Dos personas normales. Tan normales como usted y como yo.

Empieza a llover como probablemente llovió aquel día en la brumosa finca familiar de Teo en cuya húmeda tierra se encontró el cuerpo de Asunta. Atado. Drogado. Asfixiado. Y se asoma el recuerdo también de otras lluvias, de otras muertes. Una mujer viajaba con sus tres hijos en un coche que fue arrastrado por la fuerza de la riada. Ocurrió en un barranco de Càlig, en Castellón, en el otoño de 2008. La chica (27 años, tan joven que podría haber sido la hermana mayor de sus hijos) logró retener a los dos mayores pero al pequeño, de sólo siete meses, se lo arrebató violentamente el agua. En aquella emisora, en la que tantas veces lloramos pero en la que cuando llovía era un día de fiesta, alguien escribió la noticia que después las ondas hertzianas, que dicen los cursis, transportarían al corazón desolado de cada madre. Porque ella tuvo que elegir, ¿comprenden? Imaginen a esa muchacha en mitad del barranco, en medio del abismo; resistiendo, horrorizada, la embestida del agua; soportando el ataque de la naturaleza furiosa; intentando mantener a sus tres hijos a su lado y, finalmente, sucumbiendo, claudicando, rindiéndose. Dejándolo marchar. Sacrificándolo.

La lluvia golpea los cristales de mi ventana como la muerte golpeó las lunas de aquel coche al que anegó la corriente. Pienso en esas dos madres y en sus manos; manos que arrebatan vidas y de entre las cuales les son arrebatadas. Pienso en esos dos niños y en sus labios amoratados, sus cabellos azules, sus cuerpos verdes de limo. Si son capaces de elegir, si pueden de verdad colocarse en uno de los dos lados del dolor, en el amargamente adecuado, la pena les atravesará el corazón y les quebrará el alma como si un rayo les hubiera taladrado las entrañas. Comenzará a llorar y el gran Emili Gisbert dirá que una mujer ha empezado a llover. Y seguramente seremos usted y yo quienes hayamos roto a llover, a llorar. Usted y yo. Tan normales que podríamos dar miedo.

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