Humor Gráfico, José L. Castro Lombilla, Lombilla, Número 40, Opinión
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Carta a Gurb

Por J. L. Castro Lombilla

J. L. Castro Lombilla

J. L. Castro Lombilla

Estimado Gurb:

He estado varias noches soñando cosas terribles, aciagas pesadillas evocadoras de las peores catástrofes. Soñé con ríos de sangre, incendios, terremotos y bestias infernales saliendo de las profundidades de la tierra… Soñé con ángeles trompeteros que anunciaban el apocalipsis… Soñé con plagas de escorpiones y langostas… Una noche, incluso, llegué a soñar que Luis Antonio de Villena, mientras cenábamos juntos en un elegante restaurante de Niza y yo le recitaba hermosos versos de Cavafis a la luz de una vela, no paraba de hurgarse entre los dientes con el dedito meñique de su mano derecha. ¡Imagínate, Gurb! Yo, claro, me desperté horrorizado pensando que aquellos augurios no podían significar nada bueno. Supuse que un peligro inminente se cernía sobre mí y decidí huir. Pero entonces pasó lo que siempre pasa cuando uno huye de un oráculo que le advierte del destino fatal, que maté a mi padre y me casé con mi madre. Y hete aquí que, en mitad de la incestuosa ceremonia, Juan Manuel de Prada, que se había disfrazado de monaguillo turiferario, comenzó a gritar: «Decadenciaaaaa, nihilismoooo…», a la vez que esgrimía su incensario como si fuera un nunchaku japonés. Para escapar del fervor “juanmanuelino”, decidí hacerme concejal de Urbanismo. Mi plan fue perfecto: como el convenio colectivo de los concejales de Urbanismo establece que su principal función es la de prevaricar, yo me esmeré muchísimo y prevariqué lo que no hay en los escritos. Y prevariqué con tanto acierto y lucimiento, que no tuvieron más remedio que meterme en la cárcel. Una vez encerrado, a salvo ya de cualquier agresión piadosa, descubrí que mi compañero de celda era el director de esta nuestra revista que lleva tu nombre que había sido condenado a cincuenta y dos mil años y un día por haberse metido un dedo en la nariz en público, cosa que ahora, con la ley Mordaza, está prohibidísima. Total, que cuando nos estábamos duchando junto a otros reclusos culturistas, muy simpáticos por cierto y que además no paraban de sonreírnos y hacernos guiños sin duda amistosos, nuestro director me dijo que hay que ver cómo está la justicia en nuestro país y que no había derecho a que él estuviera encerrado por meterse un dedo en la nariz mientras algunos delincuentes privilegiados ya estaban de permiso y tan campantes en la calle… O, incluso, que los más “vips” y sinvergüenzas no hubieran llegado siquiera a pisar la trena. Y me habló de la Pantoja, de Fabra, de Pujol; de Rato; de Blesa; de Urdangarín y de su señora la infanta; de Messi y de los dirigentes del Barcelona; de los responsables políticos de los ERE en Andalucía y hasta de Curro, el de la EXPO 92, y etcétera, etcétera, etcétera y otros quince o veinte etcéteras más igualmente asquerositos. Yo, entonces, claro, tomé conciencia de lo penoso de nuestra coyuntura nacional y me deprimí tanto que no tuve más remedio que ponerme a decir, mientras el culturista más ebúrneo me enjabonaba la espalda, ¡ay, mísero de mí, y ay infelice! Apurar cielos, pretendo, ya que me tratáis así, qué delito cometí contra vosotros naciendo… Y así hasta que se nos acabó el jabón. Pero ésa, ésa es otra historia.

Tuyo afectísimo:

José Luis Castro Lombilla

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2 Kommentare

  1. Lombilla dicen

    ¡Mariquita! (Gracias, no obstante). Y abrazos, claro… (tú ya me entiendes).

  2. Paco Cisterna dicen

    Lo de prevaricar como un hombre de bien, pase; pero lo de las duchas… tiene delito que no avisaras a los amigos. Enhorabuena, Jose Luis, me he pagado unas cuantas risas.

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