Humor Gráfico, Lombilla, Número 38
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Carta a Gurb

Por J.L. Castro Lombilla

J. L. Castro Lombilla

J. L. Castro Lombilla

Estimado Gurb:

Creo que eso de estar atento a la actualidad para informarte de los hechos consuetudinarios que acontecen en la rúa me está afectando una barbaridad. Ayer mismo, sin ir más lejos, de tanto leer cosas sobre las elecciones catalanas me mareé muchísimo y, de igual forma que el director de esta nuestra revista que lleva tu nombre ve bichos rarísimos subiendo por las paredes cuando le da el delírium trémens, yo vi al conde de Romanones en déshabillé dentro de mi cama cantándome con mirada muy pícara eso de ♫♫tengo un jardín en mi casa que es la mar de rebonito, pero no hay quien me lo riegue y lo tengo muy sequito…♫♫ Figúrate, Gurb, en ese momento, como podrás comprender, tomé la ¡sublime decisión! de mandar a hacer puñetas no sólo a los catalanes, con perdón, sino también a los canallas que mantienen la guerra en Siria, a los escarabajos peloteros de la Volkswagen, a Rato, Bárcenas, Pujol y hasta al mismísimo Papa de Roma que tanto por cierto está dando que hablar por su reciente viaje a Alcalá de Guadaira. En fin, que como me he acordado de que en 2015 se cumplen 110 años del nacimiento de don Miguel Mihura Santos, yo, para evadirme, como los niños esos de las crónicas de Narnia que se escondían en un armario para viajar a un mundo fantástico, me he metido dentro de un sombrero de copa y me he ido a vivir tan ricamente al maravilloso y loco mundo mihuresco. No sin antes dedicarle, claro está, una efusiva peineta a esta actualidad tan asquerosita.

Lo primero que he hecho nada más entrar es comerme un huevo frito, naturalmente. Después me he comprado una bonita carraca, como es preceptivo, y me he puesto a jugar con ella y a pasear por este precioso lugar lleno de flores, de mariposas, de caballos blancos y de vacas rubias. (Por cierto, que cuando yo estaba a punto de llegar este lugar no estaba inventado todavía y hubo que inventarlo precipitadamente para que me evadiera yo y para que se evadiera también otro señor bajito, cuyo nombre no recuerdo en este momento, y que también quería huir de la asquerosita actualidad).

Y no te puedes ni imaginar lo bien que se está aquí, Gurb. El terrible dolor de cabeza que me había dado la asquerosita actualidad, me lo quitó en un momento una amable sardina viuda poniéndome dos ruedas de patata en las sienes. Después, en mi honor, un mozo de cuerda muy simpático dio un concierto tocando La Valquiria con un solo dedo en un lindo piano que llevaba al hombro. Cuando terminó el concierto, yo hice lo normal en estos casos: aplaudí efusivo la elegante ejecución (el fusilamiento de la valquiria fue muy bonito), le di un beso en la frente a varios niños que estaban abandonados en un portal, otro en las corvas a un bravo bandolero andaluz que pasaba por allí a lomos de una bella jaca toledana, dije: ¡ay qué risa, tía Felisa!, me comí un melocotón en almíbar y me fui después al chalet de madame Renard donde me esperaban un señor vestido de violeta y una mujer cualquiera para, a media luz los tres, jugar a la canasta con Ninette y un señor de Murcia, con Carlota, con la bella Dorotea, con Maribel y la extraña familia y, por supuesto, también con mi adorado Juan.

Y así paso ahora el tiempo, ni pobre ni rico sino todo lo contrario, diciendo ¡oh, là, là! y ¡viva lo imposible! cada vez que tengo ocasión, lanzando sombreros de copa al aire con Dionisio Somoza Buscarini, con la joven Paula y con el negro Buby al grito de ¡hooop!, y leyendo los ejemplares de La Codorniz con los que están empapeladas las fachadas de las casas para reírme de los señores serios y barbudos que siempre están dando la lata y buscándole los pies al gato. Viviendo, en definitiva, con ese humor que para don Miguel sólo era un capricho, un lujo, una pluma de perdiz que se pone en el sombrero… Ese humor verdadero que no se propone enseñar o corregir, que lo único que pretende es que, por un instante, nos salgamos de nosotros mismos, nos marchemos de puntillas a unos veinte metros y demos una vuelta a nuestro alrededor contemplándonos por un lado y por otro, por detrás y por delante, como ante los tres espejos de una sastrería y descubramos nuevos rasgos y perfiles que no nos conocíamos. Ese humor que consiste en verle la trampa a todo, darse cuenta de por dónde cojean las cosas y comprender que todo tiene un revés, que todas las cosas pueden ser de otra manera, sin querer por ello que dejen de ser tal como son, porque esto es pecado y pedantería. Porque el humorismo de Mihura, Gurb, era lo más limpio de intenciones, el juego más inofensivo, lo mejor para pasar las tardes. Como un sueño inverosímil que al fin se ve realizado.

Pues eso: ¡Hoop!

Tuyo afectísimo:

José Luis Castro Lombilla

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