Artsenal, Humor Gráfico, Número 38, Opinión, Xavier Latorre
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Aposentados

Por Xavier Latorre / Ilustración: Artsenal

Xavier Latorre

Xavier Latorre

Las elecciones generales, como el turrón, están al caer estas navidades. Después de las plebiscitarias catalanas, van las otras. Después de la recogida de beneficios de Artur Mas con personas interpuestas (menos de los esperados), llega la gran apuesta de Rajoy. Tras la legislatura Gürtel llega la nueva, la Púnica, que ha arrancado con unos meses de antelación sobre el horario previsto. Los jueces no paran de transcribir conversaciones telefónicas obscenas por los servicios indecentes prestados desde alcaldías y consejerías sin escrúpulos.

Lo que da verdadero morbo a esas elecciones es aplicar con nuestro voto un ERE nominal a algún senador. La Cámara Alta, que nos cuesta más de 50 millones, se ha convertido en un aparcamiento de dinosaurios políticos, en un cementerio de elefantes incapaces de leer más allá de la portada del proyecto de ley de Presupuestos. Parece un museo de cera de expresidentes autonómicos: los baleares Antich y Bauzá, la aragonesa Luisa Fernanda Rudi, el catalán José Montilla, el andaluz Griñán –hasta hace unos días– o los valencianos Lerma y Fabra. En esa Cámara, los taxidermistas de la vieja política andan saturados de curro. El valenciano Pedro Agramunt, que obtuvo un escaño como premio de consolación por dejar paso a Zaplana, lleva la friolera de 22 años deambulando por aquellos pasillos. Alguno dirán que son las ventajas de que su apellido empiece por A, otros dirán que es para mantenerle calladito y otros dirán que cuánto más lejos, mejor para todos.

Esa Cámara de segunda lectura es un refugio de personalidades. A muchos se les instala en ese lugar para preservarlos de hipotéticas persecuciones judiciales. Allí se amontonan ex altos cargos o exalcaldesas de postín como Rita Barberá. Y también tránsfugas que recibieron el premio en especies en forma de acta, como el valenciano José María Chiquillo, que estuvo en dos partidos antes de rendirse al PP con tres o cuatro compinches más. También encuentras algún ejemplar de senador friki. Como un escayolista murciano que quiso ampliar el término municipal de su pueblo lindante con la Comunidad Valenciana a base de mover mojones. Una pintoresca forma de invasión en toda regla por el flanco sur. Este mismo senador, que se negó a quitar el nombre de Franco a una calle, juró el cargo “sin imperativo legal de ningún tipo”. Una curiosa fórmula patriota que se sacó de la manga.

Dense una vuelta por la web del Senado en la Rue del Percebe de Madrid y verán que aquello es una galería de venerables señores pasados de moda, un recinto plagado de viejas glorias. A lo mejor empatizan de inmediato con quiénes claman por la reconversión urgente de ese patio de prebendas. ¿No me digan que no le entran ganas ya de jubilar y devolver a la vida civil a Javier Arenas o Carmen Alborch –el Senado está repleto de apellidos que empiezan con A–, por citar a dos exministros a los que la credencial de parlamentarios veteranos parece que no les caduca jamás? El president Mas tiene el perfil idóneo para ser elegido senador si lo desahucia finalmente la CUP del poder. Un empleo cómodo, bien retribuido y sin aparentes riesgos laborales. Lo que ocurre es que por coherencia no se lo pedirá: la historia de Cataluña le tiene reservado, suponemos, otro lugar para la posteridad.

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Artsenal

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