El Koko Parrilla, Francisco Cisterna, Humor Gráfico, Número 37, Opinión

¡Visca España! ¡Arriba Cataluña!

Por Francisco Cisterna / Viñeta: El Koko Parrilla

Francisco Cisterna

Francisco Cisterna

Su editor le había encargado escribir sobre la independencia catalana si quería conservar el puesto de trabajo. A él, un humilde redactor de deportes, que lo más parecido al nacionalismo que había experimentado no pasaba de la rivalidad Barça-Madrid. “Arturito –le había dicho su jefe– los nacionalismos venden mucho. No importa el tono ni el posicionamiento del artículo. Tú, escribe sobre eso”. Pero la verdad: Arturito no tenía una postura clara ni tajante respecto a la independencia o tenía tantas que pecaba de relativista… Solo sabía que era español y había nacido en Cataluña o que era catalán y había nacido en España (según se mirase). Sabía también que nacer en un determinado lugar era fruto del azar, como la vida misma; igual que haber nacido en una casa o barrio específico, de los muchos que adornan el Mundo, es un accidente aleatorio.

El Mundo… ¡Ay, el Mundo! –pensó para sus adentros– con sus razas, sus culturas, sus fronteras, su camisita y su canesú. Visto así, también podría haber sido chino, somalí, patagón u hotentote, o lo que es peor: haber nacido el día que su madre no estaba en casa –como decía Gila–. Entonces, seguramente, hubiera sido un apátrida desnaturalizado. Pero, por suerte o por desgracia, había nacido en España ¿o en Cataluña? (que ya, con seguridad, no sabía dónde), y tenía una cultura y una lengua propias, aunque fuera por azar, que lo diferenciaban de otros seres del planeta nacidos a miles de kilómetros de Cataluña o de España. Por ejemplo: los vecinos senegaleses del piso de arriba, que llevaban a sus hijos a una academia nocturna de catalán exprés, o los chinos del “todo a cien”, ataviados con camisetas del Barça, que vendían caganers en Navidad, o, sin ir más lejos, los pakistaníes del kebab de la esquina, que leían a Ramón Llull en catalán literario mientras esquilaban butifarras para embutirlas en pan pita. Entonces pensó que todos bebían agua, agua bendita, halal o kosher, y que cada uno lo hacía en una lengua diferente, aunque todos tuvieran la misma sed. Lo cual aportó mayor confusión a su reflexión sobre los nacionalismos, y le impulsó a pedir un arroz tres delicias, acompañado de un buen vino del Priorato, para dar cuenta de ambos mientras terminaba el dichoso artículo del que pendía su futuro.

Y en estas estaba nuestro hombre cuando Rajoy entró por la puerta de la redacción cantando en perfecto catalán el otrora himno nacional de don José María de Pemán; a Mariano le perseguía de cerca su homónimo catalán, Artur Mas, que entonaba sevillanas y bailaba joticas murcianas, con gracejo y donosura, para captar el voto charnego. No tardó en sumarse a la fiesta Oriol Junqueras acompañado por el Tambor del Bruch, que hacía resonar con furor la badana del independentismo catalán, igual que lo había hecho siglos atrás para espantar a las tropas napoleónicas. La redacción se convirtió en un maremágnum multicolor y nacionalista de corazones henchidos y orgullosos de ser diferentes de sus vecinos. Diferentes pero superiores, que es la sinrazón de ser de los nacionalismos. Superiores, aunque sea en lo que sea: en natación, en cien metros lisos, en salto con pértiga, en balonmano o en banderas con las que arroparse y conseguir medallas olímpicas o militares. Diferentes como todo lo que nos iguala y superiores como todo lo que nos destruye. En definitiva, diferentes y superiores como creen ser todos los nacionalismos.

La comitiva electoral abandonó la redacción con la misma premura que había entrado (sin conceder entrevistas y después de dar la vuelta al ruedo), dejando tras de sí una estela de confeti, esteladas y banderas nacionales (de España), que ondearon, durante segundos, al viento gélido de los aires acondicionados. El local quedó en calma, y Arturito vino en convenir que aquellos señores que se envolvían en patrióticas banderas no eran sino románticos sentimentales y napoleónicos, que racionalizaban sus pasiones con símbolos y sus intereses con tantos por ciento. Símbolos afectivos e impetuosos que manipulaban con facilidad las voluntades y encubrían, de paso, el fracaso de su gestión. Unos románticos que apelaban a la fe de los nacionalismos (que no pueden explicarse con la razón), porque estaban convencidos de que parados y desahuciados serían menos desgraciados bajo o contra una nueva bandera que los uniera y los transportara allende de las fronteras… Arturito sintió que el vino del Priorato empezaba a nublarle los sentidos, a la par que desvariaba, y que la confusión que se adueñaba de su mente, catalana o española, no le haría vender más ejemplares. Por eso, y como la cosa estaba muy mala, o peor que mala, tanto en Cataluña como en España, decidió poner punto y final a su artículo, al que tituló: “¡Visca España! ¡Arriba Cataluña!” para poder llegar al mayor número de lectores y salvar así el plato suyo, de cada día, de butifarra amb mongetes.

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PEDRO EL KOKO PARRILLA

El Koko Parrilla