Internacional, José Jiménez
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Un espejismo en un mar de girasoles

La guerra se ceba con la población civil. Foto: Sergey Ponomarev (The New York Times)

Por José Jiménez. Enviado especial a Kiev. Lunes, 14 de septiembre de 2015

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 Internacional

No tan lejos de nuestras hasta ahora “tranquilas” fronteras europeas se desata una gran tormenta que pocos entienden: Ucrania. Y precisamente cuando los tristes sucesos sobre el éxodo de personas hacia Europa ha desviado la atención de los medios, es previsible que nos llegue escasa información sobre aquellas tierras orientales.

Generalmente las noticias que recibimos de este conflicto suelen ser confusas y están centradas, en buena medida, en datos “macro”, que son los que solo parecen interesar a los grandes medios de comunicación (datos macroeconómicos, datos políticos…). Hagamos la prueba y preguntemos a un ciudadano español qué demonios cree que está ocurriendo en Ucrania. ¿Opina que se trata de una guerra civil? Está usted muy equivocado. ¿Es una rebelión de extremistas? Lamentamos decirle que tampoco. ¿Los rusos han comenzado la invasión que terminará en la Tercera Guerra Mundial? Lejos de la realidad se encuentra usted con esta afirmación. Por tanto, ¿qué está ocurriendo realmente en esta exrepública soviética, por qué se están enfrentando el Ejército ucraniano y los separatistas milicianos prorrusos? Intentemos aclarar las dudas y comprender lo que sucede allí.

Ucrania es un perfecto desconocido en Occidente. Desconocido y hermoso. Viajar por sus carreteras entre cientos y cientos de hectáreas de girasoles que se pierden a la vista es una experiencia única. Es como navegar por un mar amarillo. A pesar del fuerte nacionalismo que se respira estos días en sus grandes ciudades, la realidad es que Ucrania, como nación, es relativamente joven. Su posición estratégica como ruta entre Oriente y Occidente la han convertido en uno de esos territorios-frontera por el que han transitado a lo largo de la historia decenas de civilizaciones, en su mayoría nada pacíficas. Esta situación geográfica ha servido para moldear el carácter espartano de los ucranianos, siempre acostumbrados a sufrir a manos de otros más poderosos. Si bien no sería correcto hablar de neoservidumbre, lo cierto es que el conformismo y pesimismo con el que los ciudadanos tratan las cuestiones políticas deja entrever que se trata de un país fuertemente marcado por un estoicismo fuera de lo común. ¿Qué otra cosa se puede esperar de un pueblo que ha sufrido invasiones durante toda su historia por parte de mongoles, turcos, polacos, rumanos, alemanes…? La cuestión central es que, amén de la tradición de ser explotados por terceros, y para que no se pierdan las buenas costumbres, hoy día los ucranianos son saqueados por los propios ucranianos con el beneplácito de los grandes poderes internacionales inmersos en una gran partida de ajedrez. Esa es la gran verdad del conflicto. Ucrania es un espejismo. Con sus 45.362.900 habitantes (según datos oficiales de 2014) el nivel de vida es extremadamente bajo. La diferencia entre ricos y pobres es abismal y la clase media prácticamente no acaba de despertar en un país donde el salario mínimo (al cambio) no supera los 100 euros. Quizá por eso resulta extraño ver infinidad de coches Ladas, de fabricación soviética y de mediados de los setenta, flanqueados por algún que otro Porsche o Hummer; una imagen sumamente aberrante para los ojos de un occidental medio. La crisis derivada de la guerra ha hecho caer la divisa a unos niveles alarmantes y los efectos se dejan sentir en los precios de los productos importados. Actualmente el valor de un euro suele vascular entre las 23,50 y 25 grivnas respectivamente, lo que hace a los ricos mucho más ricos (pues mueven sus negocios en dólares) y a los pobres mucho más pobres.

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Soldados del Batallón Dnipro 1 en un BTR con blindaje anticohetes. Foto: José Jiménez.

Los niveles de corrupción son extremos y eso es algo sistémico en todos los niveles de la sociedad. Esta realidad aberrante es asumida como algo completamente normal por la mayoría de los ciudadanos del país. Resulta bastante común comprobar cómo en conversaciones entre amigos o conocidos, los ucranianos maldicen las malas prácticas de sus representantes, algo muy similar a lo que estamos acostumbrados a escuchar en cualquier bar de España; pero a la hora de la verdad nadie se atreve a mover un solo dedo para cambiar la situación. Los sobornos están a la orden del día y prueba de ello es la gran cantidad de publicidad institucional que cuelga en las ciudades con el fin de concienciar a la población para combatir la corrupción. Pero ni siquiera la imagen del famoso pintor Taras Shevchenko, visionario de la Ucrania moderna, impresa en un billete de 100 grivnas, ha servido para lavar la cara de un gobierno salpicado por la corrupción. Si a esto se le suma la escasísima tradición democrática del Estado ucraniano, la gran falta de empatía de la mayoría de los políticos por su pueblo (véase los mensajes electorales de las elecciones en Dnipropetrovsk) y la indiferencia de una gran parte de la población ante los asuntos de Estado, tendremos el cóctel perfecto que nos permite entender qué sucede en Ucrania. Cabría preguntar a Petró Poroshenko (el gran amigo de Occidente) quién vive mejor en el país tras sus reformas: si el pueblo ucraniano o su imperio corporativo personal. Y todo esto sucede ante la hipócrita mirada de los gobiernos extranjeros y poderes internacionales, que justifican guerras en pos de la democracia y que miran para otro lado cuando los intereses estratégicos pesan más que las razones éticas y morales. “Necesitamos que la democracia sea enseñada a título particular en cada una de las localidades de Ucrania”, comenta Pavlo Khazan (representante del grupo político Los Verdes y cabeza visible de una de las grandes organizaciones de voluntarios en el frente). “Evidentemente el gobierno de Poroshenko es de todo menos democrático”, asegura con resignación.

¿Guerra u operación terrorista?

Como guinda del pastel, el país se encuentra sumido en medio de una guerra cruenta entre el Ejército ucraniano y los milicianos prorrusos, una refriega que está sangrando a miles de familias mientras llena los bolsillos de unos cuantos en Kiev, Donetsk o Moscú. Basta analizar la investigación publicada por el periódico moscovita Nóvaya Gazeta sobre los negocios de los líderes de las autoproclamadas repúblicas del Donbass, unos gerifaltes que se están enriqueciendo a costa de la sangre y el sufrimiento humano.

Oficialmente, el gobierno ucraniano no está en guerra civil. Eso, por sí mismo, ya es algo que se podría catalogar de kafkiano. Según el ejército regular ucraniano, se está combatiendo contra peligrosos “terroristas” que amenazan con desestabilizar el país. ¿Pero desde cuándo los terroristas cuentan con equipamiento bélico incluso más avanzado que el propio ejército ucraniano? Tanques T-70 modificados, modernos carros de combate T-90, baterías móviles de cohetes, BTR, todo ello sin duda suministrado por el gobierno de Moscú. En medio de esta especie de gran lío político se encuentra el gobierno débil de Kiev, que ve cómo el conflicto se enquista, saliendo muy caro a sus tropas y ciudadanos. “Nuestro gobierno no quiere reconocer que esto no es una operación terrorista más, sino una guerra abierta”, aclara Ilya, un joven suboficial del batallón Dnipro 1, cuya identidad mantenemos en secreto ante posibles represalias. “Muchos de nosotros hemos tenido incluso que pagar nuestro equipo, es una irresponsabilidad del gobierno”, comenta indignado. ¿Quién se acuerda ya de la tragedia del avión de Malaysia Airlines derribado en el Donbass, a 40 kilómetros de la frontera con Rusia? Funcionarios de inteligencia estadounidenses concluyeron que un misil tierra-aire había sido el causante del accidente, pero no se ha confirmado con claridad quiénes fueron en realidad los autores. Desde Kiev, culparon a un misil lanzado por milicianos prorrusos, mientras que estos acusaron al ejército ucraniano de haber utilizado un arma similar. Independientemente de quien sea el culpable de dicha masacre, el ataque se podría haber evitado si Kiev hubiese reconocido estar en guerra y hubiera cerrado su espacio aéreo. Hoy la situación es insostenible. No son pocos los soldados ucranianos que tienen que pagarse el equipo militar de su propio bolsillo, ante la crisis galopante del Estado y la falta de fondos, de forma que da la impresión de que el gobierno no está demasiado interesado en ganar la guerra, si nos atenemos a lo que la gente dice en las calles, a las declaraciones de los propios soldados y a los testimonios de la política ucrania. Basta con ver la acreditación como periodista de guerra que nos expidió el gobierno ucraniano al entrar en el país. En ella figura claramente Ato Press Card, es decir “Anti Terrorist Operation, carné de prensa”.

Mientras tanto, en el otro lado, en el bando prorruso ¿qué es lo que pasa? ¿cómo se vive el conflicto? Como algo bastante parecido a una invasión encubierta de Rusia, con tintes de guerra civil y muy bien maquillada, con una propaganda que seguro les recuerda a algo: “A las armas camaradas, que vienen los fascistas”, dicen las pintadas en las calles. Porque sí, hay rusos en el Donbass y no son precisamente “voluntarios”.

Como ya ocurrió en Georgia, Rusia no quiere que países de su órbita entren en la OTAN. No está dispuesto a ver bases militares de países hostiles a las puertas de la madre patria rusa. Tras la caída de la Unión Soviética el entonces presidente de Estados Unidos George Bush (padre) prometió a Gorbachov que de facilitar la reunificación alemana no permitiría la expansión de la OTAN en la zona mediante la inclusión en la organización militar de los antiguos países integrantes de la URSS. Tal como vemos, esta promesa se ha ido diluyendo progresivamente. De modo que en el conflicto de Ucrania, ¿qué fue antes, el huevo o la gallina?

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Arriba, un tanque T-64 ucraniano en posición. Imagen: José Jiménez. Abajo, Un hombre observa el paisaje desolado. Foto: EPA.

La guerra de Ucrania es un hecho histórico mucho más complejo de lo que la facilona propaganda de ambas partes en lucha quieren hacernos creer. Aquí no hay buenos o malos, solo hay ricos y pobres; si no, que se lo pregunten a las jóvenes muchachas que son objeto de deseo de numerosos extranjeros cargados de dólares que aprovechan la “crisis del país” para hacer turismo sexual; son explotadas en las calles de Kiev y Odessa, donde la afluencia de turistas es mayor (el turismo sexual es una realidad demasiado cruel). Muchas chicas se lanzan a la búsqueda de turistas con dólares o euros con la esperanza de que el extranjero no solo abuse de ella sino que sienta cierta compasión y la saque de aquel mundo de pesadilla. Normalmente los turistas suelen dejarse caer por allí con falsas promesas de boda o viajes, mentiras para usarlas a placer y luego dejarlas abandonadas. Se calcula que el mercado de la prostitución en Ucrania es uno de los negocios clandestinos más importantes de todo el país. Aquel ciudadano que cobra 300 euros al mes puede considerarse un ser afortunado. Según denuncia Unicef, hasta 15.000 menores ucranianos se prostituyen en la actualidad y, desde la organización, se denuncia que el sida se está disparando en el país europeo. Las oenegés que trabajan en el terreno aseguran que las jóvenes se meten en este sórdido mundo debido a la precaria situación que viven y ante la dificultad de encontrar otro tipo de ingreso. Caen en el infierno de la explotación sexual para poder ayudar a sus familias. Una joven prostituta de 17 años, de familia desestructurada y sin recursos, cuenta que una amiga “estuvo trabajando en esto desde los siete años”, y fue quien la incitó a hacerlo. Relata que “al principio no quería”, pero después, asegura, “no tuve otra opción”. Ahora dice tener “suficiente dinero” para ayudar a su madre, aunque reconoce sentirse avergonzada de su situación, tanto que ni su familia ni amigos saben lo que hace.

Las condiciones de vida de los ucranianos se endurecen cada día que pasa, de manera que la renta de un apartamento medio es de 40 metros cuadrados y su precio puede rondar entre los 100 y los 400 euros mensuales. La vida es dura en un país que apenas sale ya en las televisiones internacionales, más que cuando estalla una bomba o Putin hace una declaración apocalíptica. La vida es dura en aquel país. Que se lo pregunten a esa pobre madre a la que le acaban de comunicar que su hijo está “desaparecido en combate” (¿quizás para que el gobierno no tenga que costear una pensión?). Las guerras, como dijo en cierta ocasión un superviviente de nuestra fatídica guerra civil, “sólo trae miserias para todos”. Materiales y morales. Los ucranianos saben mucho de eso.

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JOSE JIMENEZ

  José Jiménez (JJim3n3z)

 

1 Kommentare

  1. Cipriano Torres Rodríguez dicen

    Vibrante trabajo, compañero. Periodismo necesario. Con altura, talento, y conocimiento. Enorme placer leerte y de tu mano acercarme a un mundo, a un país, como dices, del que apenas sabemos nada.

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