Humor Gráfico, Iñaki y Frenchy, Lidia Sanchis, Número 37, Opinión
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Morir en septiembre

Por Lidia Sanchis / Ilustración: Iñaki y Frenchy

LIDIA SANCHIS buena

Lidia Sanchis

Septiembre es un mes cruel porque hay treinta días en los que todo puede empezar pero aún más, acabar. Esta luz dorada que tiene el final del verano me recuerda a otro septiembre: era 2004, era París, era mi aniversario de boda. No sé cómo se puede llorar en París si no es por amor o por su ausencia y, sin embargo, no hice otra cosa durante cuatro días. 334 personas, entre niños y adultos, fueron asesinados en la escuela de Beslán, en Osetia del Norte. 334 muertos y casi 800 heridos. Sobre todo, niños; sobre todo, niños. Además, dos periodistas franceses, Christian Chesnot y Georges Malbrunot, habían sido secuestrado en Irak unas semanas antes por lo que en las calles parisinas el ambiente era menos vivaz que de costumbre y sus colores, mortecinos. No en vano el Ejército Islámico de Irak había amenazado con matar a los dos reporteros si el gobierno no derogaba la ley que prohibía el velo en las escuelas públicas. El plazo para su ejecución expiraba aquellos días y en las televisiones se sucedían los llamamientos pidiendo la liberación de Chesnot y Malbrunot. Pensé en el peso que tenían dos franceses secuestrados frente a más de mil osetios retenidos por un comando checheno; un comando musulmán; un comando asesino de niños.

Yo, que tenía alguna dificultad para situar en el mapa Osetia del Norte, también la tengo para situar Siria. Sin embargo, estos días no hago más que escuchar en las tertulias (de televisión o de bar, qué más da) el quién, el cómo y el desde cuándo de esta crisis “humanitaria” (en realidad, es una crisis humana) que padece esa república de Oriente Próximo. Tanta gente sabe tanto… Especialmente, los dirigentes políticos, que se apresuran a reunirse para encontrar soluciones a este problema porque ese ejército de desharrapados ya está llamando a sus puertas. A mí me va bien que hagan algo, o que hagan como que hacen algo. Ayuda a diluir una culpa que no siento pero que al mismo tiempo no puedo decir que no siento. Creo que con mi voto “pago” a políticos como Mariano Rajoy (igual que los alemanes pagan a Angela Merkel y los franceses, a François Hollande) para que tomen decisiones por mí. Y no hay más que mirarles la cara para comprobar que harán lo adecuado. Y que lo harán en mi nombre y para que yo pueda dormir tranquila.

Pero, en realidad todos ellos me importan una mierda, como ha quedado demostrado en la cantidad de veces que una patera ha naufragado frente a las costas de Málaga, o de Almería, o en el Estrecho, o donde quiera que naufraguen esos otros desharrapados, y no he subido ninguna foto a Instagram, ni tampoco he tuiteado un mensaje de solidaridad y no he puesto como estado de Facebook que me siento muy triste. Apenas unos pocos logran llegar a nuestras puertas y cuando lo consiguen se me olvidan los selfies en los que muestro un cartel con el hashtag #refugeeswelcome y estupideces parecidas. Soy muy pragmática: hago del sitio en el que he nacido una categoría superior. Como también soy muy estúpida, incluso lo elevo a categoría moral.

Si en 2004 lloré por los muertos de Beslán, otro principio de septiembre, la imagen de Aylan, el niño sirio ahogado en la costa de Turquía, dicen que ha sido el aldabonazo para que el mundo despierte y muestre su solidaridad con los que huyen de la guerra. Pues sí: me da pena ese niño pero porque está en una fotografía sumamente conmovedora. Me remueve la conciencia porque ese crío tiene cara y tiene nombre, un honor que no comparten su hermano y su madre, que también murieron en la travesía. Porque no es lo mismo saber que miles de personas anónimas han muerto frente a mi casa, en mi playa, que observar el cadáver frío de Aylan en una fotografía.

Pero olvidaré a Aylan lo mismo que he olvidado a los muertos de la escuela de Beslán. Creía que no podría soportar ese dolor y seguir con mi vida como si nada hubiera pasado. Como si esos muertos no me importaran. Pero hubo un domingo, y otro y otro más. Volvió la dorada luz de septiembre a inundar mi cocina y sólo la depresiva voz de Nick Drake consiguió, ahora sí, que una lágrima cayera en la cucharada de paella que estaba a punto de llevarme a la boca.

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IÑAKI Y FRENCHY

Iñaki y Frenchy

1 Kommentare

  1. aurora dicen

    Esto nos comueve a casi todos y digo casi todos.
    Porque los politicos no tienen niguna prisa en ayudar a los seres humanos
    Para las personas que se encuentra en esa fronteras cada segundo separa el vivir o morir
    Yo siento verguenza como persona de los politicos que no valoran la vida ajena

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