Adrián Palmas, Cipriano Torres, Humor Gráfico, Número 36, Opinión
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Me da asco

Por Cipriano Torres / Ilustración: Adrián Palmas

Cipriano Torres

Cipriano Torres

Me da asco el tío. Pero asco de verdad. Asco de vomitar. Me da asco el tío, su cara encerada, su pelo tintado, sus impolutos dientecillos blanqueados, que no blancos, me da asco esa caída fofa de sus mofletes, me dan un asco asqueroso y conceptual, ditirámbico y sideral, un asco piramidal y faraónico sus corbatas de seda, me dan asco sus canas de vieja caprichosa debajo de su último pantén, me da un asco insoportable esa forma suya tan ridícula de arañarse sus pelos hacia delante en un intento de aliviar la gangrena de su calva, me río ante su imagen de tarambana hortera por mucho traje carísimo que se encasquete, me da asco el patetismo de su imagen fanfarrona. Me dan asco sus ideas. Me da asco, mucho asco, Donald Trump.

Me da asco lo que representa, me da asco lo que es, me da asco lo que sabemos de él, y me aterra, me descompone y me quebranta la razón lo que ignoramos de ese macarra financiero aburrido que caga billetes y, como el que no sabe qué hacer con su vida, decide tirarse al barro de la política porque teniendo todos los dólares imaginables, absurdos de cifras tan mareantes, quiere el poder. Así. En frío. El poder. Conocemos al político que está en ese carro y no le hace ascos al dinero, incluso al que llega a la política para tenerlo, pero desconocemos al rico de solemnidad que anhela el poder no para ser más rico sino para jugar a ser poderoso.

Ante un descerebrado como este mentecato, el mundo tendría que estar tiritando. Cuando este mequetrefe, en guerra con otros republicanos para llegar a la Casa Blanca, dice lo que dice y hace lo que hace lo dice una criatura aburrida que juega con todos, con los políticos al uso, con los medios de comunicación, con los inmigrantes, con las mujeres, y juega porque se divierte, sin complejos, sin calibrar las consecuencias, sin importarle una mierda el dolor, el daño, el sufrimiento ajeno, sin el más mínimo sentido de la empatía, sin sentir frío ni calor, como el que se mira al espejo, se retoca las cejas encrespadas, teñidas con el mismo tono del maizal de su pelo de ascendencia germana, y se pregunta qué nueva mecha echará hoy al fuego de su leyenda, qué nueva provocación dará la vuelta al mundo, qué estudiada crueldad competirá en los informativos para relegar el dolor de los desplazados, de los aterrados por la guerra o el hambre. Este hijo de puta, este dandi de mierda, habla como el que pisa con la punta del pie una colilla y sigue caminando sin mirar atrás.

Me da un asco del tamaño de una plaga bíblica este zopenco como me da asco el titiritero Silvio Berlusconi, otro peliteñido bravucón, afeminado en su relamida apostura, figuritas inhumanas que parecen sacadas a empellones del museo de cera, con sus pieles estiradas, cerúleas, apergaminadas, huecas, de reptil, tipos deshonestos que se saben deshonestos pero cuyo desprecio al semejante, al débil, al otro, es lo que les da su valor y su sentido y su metralla. Donald Trump me da un asco sólo comparable al que me daba Jesús Gil, nuestro particular andobas. Donald Trump acabará ensartado en el escupitajo del desprecio por mucho carbón que le eche al sistema, pero el mismo sistema que ahora lo encumbra y lo reclama como una celebridad en línea con la mujer barbuda, ese sistema, esos votantes, esos mismos republicanos que hoy lo idolatran como el mesías de la ultraderecha, mañana, a la hora de la verdad, cansados del payaso, ahítos de odio, aburridos de la careta del monstruo, enmendarán su momentánea vesania y, recuperada la cordura, pondrán al bufón en sus sitio. ¿O es lo que un etcétera a este lado del Atlántico desea? ¿Quién podía imaginar que Ronald Reagan, un actor de quinta, llegaría a peerse en el sillón del despacho oval? Qué asco.
Qué asco, qué asco más grande.

                                                    En Villanueva Mesía, temiendo que la luna caiga al patio de mi casa, se enrede en los cactus, y se haga daño.

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Adrián Palmas

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