Jesús Cruz Álvarez, Viajes
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Ljubljana, un destino para caminantes

Vista de Ljubljana desde el castillo

Por Jesús Cruz Álvarez. Viernes, 4 de septiembre de 2015

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Ignoro si es una leyenda urbana o una verdad como un templo, pero en España siempre se ha dicho que los zapatos colgados de un cable eléctrico significan, en el complejo argot simbólico de los traficantes, que allí existe un punto de venta de droga. Supongo que como todo lenguaje en clave, su vigencia se perdió hace tiempo, sin embargo aún resulta difícil no mirar con cierto aire detectivesco ese extraño fenómeno paisajístico. Quizás por ello y de acuerdo a esta creencia, cuando uno inicia su paseo vespertino por Ljubljana no puede evitar sentirse como un turista desorientado en Ciudad Juárez o Medellín, rodeado de tenderetes imaginarios de estupefacientes debidamente señalizados con zapatos aéreos.

Y es que los eslovenos de la capital parecen haber desarrollado un inusitado gusto por colgar calzado de todo cable tendido que encuentran, dando incluso nombre a uno de los puentes que cruzan el río Ljubljanica, el puente de los Zapatos. Allí los hay de todas formas y colores, aunque preferiblemente con cordones por razones evidentes, componiendo un interesante mosaico de cuero y lona (e imitaciones) que bien podría entrar en los anales del arte contemporáneo urbano. Evidentemente, en Eslovenia esta práctica no tiene el mismo significado que en España (todo un choque cultural para algún despistado), sino que se trata de una suerte de homenaje póstumo a las numerosas tiendas de zapateros que había antiguamente en las inmediaciones de este puente.

Lo curioso es que no solo hay zapatos colgantes en esta zona, sino por toda la ciudad, por lo que se puede intuir que sus habitantes no guardan en el fondo de sus armarios el calzado que ya no utilizan, sino que prefieren ponerlos a la vista de todos. Otra teoría es que, como en el idílico pueblo de la película de Tim Burton, Big Fish, los zapatos van al cielo y los pies, al suelo. Desde luego, las limpias calles de Ljubljana invitan a caminar descalzo (y no es raro ver en verano a personas que así lo hacen) para recorrer la ciudad con la cálidad sensación de estar en casa, embriagados por el encanto de un lugar especial.

Con algo menos de 300.000 habitantes, un diáfano trazado urbano y un ambiente distendido que alcanza su plenitud a la caída de la tarde, cuando locales y foráneos se congregan en la multitud de terrazas dispuestas a lo largo del río, podríamos sentenciar que Ljubljana no se ajusta al prototipo ideal de capital monumental europea. Para empezar, aquí no desembarcan diariamente miles de turistas a la caza de la fotografía definitiva, como ocurre en las vecinas Venecia, Viena o Budapest, y los que lo hacen suelen venir de paso antes de encaminarse hacia el lago Bled, auténtico pulmón turístico del país.

La razón quizás se deba a que el patrimonio cultural de la capital eslovena no es precisamente apabullante, por lo que los imprescindibles marcados con rotulador en el mapa o guía de todo viajero suelen ser abarcados en una plácida jornada en la que difícilmente se hallarán largas colas o masificaciones. Tampoco hay que olvidar que las conexiones terrestes y aéreas de la ciudad no son excepcionales (sus exiguas estaciones de tren y autobús son un claro ejemplo de ello), por no hablar de que el nombre del país sigue recordando a muchos a la extinta república socialista de Yugoslavia y su negro pasado reciente, aunque ya hayan pasado más de dos décadas desde su independencia definitiva de una confederación con la que poco tenían que ver histórica y culturalmente los eslovenos.

puente del dragon

Puente del Dragón.

La cuestión es que Ljubljana es una ciudad en la que resulta extremadamente fácil pronunciar la muletilla de todo viajero enamoradizo, algo así como: “no me importaría vivir aquí una temporada”. Y es que la capital eslovena tiene algo que atrapa a primera vista; puede que sea su desenfadada falta de pretensiones, su aire juvenil y moderno, la amabilidad de sus gentes o la amplitud de un centro urbano concebido para pasear y detenerse en cada puente que lo atraviesa, pero el hecho es que es ese algo incierto el que dota de una identidad cautivadora a la ciudad, el que la hace diferente, el que suscita la necesidad de regresar allí algún día para disfrutar de un cálido atardecer de verano paseando junto al río que le otorga su nombre.

Al fin y al cabo, es en torno al río Ljubljanica donde se acomodan los principales puntos de interés de la ciudad y donde además se puede palpar su animada vida social, que eclosiona con especial entusiasmo en la temporada estival, cuando numerosos grupos musicales y solistas amateurs se reparten espontáneamente en cada esquina. Es indiferente el lugar elegido para iniciar el itinerario, pues paseando sin más referencia geográfica que el río, que abre en canal a la ciudad, y el castillo, que otea majestuoso desde la colina toda la ciudad, se puede recorrer la mayor parte del centro histórico con el revulsivo de descubrir nuevos atractivos a cada paso y sin el temor de dejarse nada atrás.

El castillo puede ser un buen lugar para comenzar un anárquico recorrido por la ciudad, entre otras cosas porque desde las alturas se puede divisar con nitidez el intrincado trazado de la antigua ciudad medieval, los recodos y recovecos del río o el verde intenso de las arboledas que inundan las avenidas y parques que abren el horizonte hacia el oeste. Además, el castillo es también sede del Museo de Historia de Eslovenia, un excelente punto de partida para conocer algo más de un país joven que casi siempre estuvo enclavado en el seno de algún imperio vecino, lo cual ha repercutido en la asunción de una identidad híbrida que se desvela en las costumbres, la gastronomía o la propia lengua de sus habitantes.
Una vez descendido por el teleférico que conecta el castillo con la parte baja (para irredentos caminantes existe un sendero que zigzaguea por la colina), aparece majestuosa la catedral de San Nicolás, de estilo gótico e impresionante interior inundado de frescos y molduras, con sus dos torres gemelas y su cúpula verde flanqueando la plaza donde se asienta el mercado central de la ciudad, en el que agricultores y comerciantes de diversa índole se dan cita cada mañana para ofrecer productos frescos de la zona en un hipnótico trajín de pregoneros y compradores.

catedral de Ljubljana

Interior de la catedral de San Nicolás.

A tan solo unos pasos, el puente del Dragón, conocido así por las estatuas que lo tutelan desde cada extremo, añade un cierto aire legendario a una ciudad cuya fundación se debe nada menos que a un personaje de la mitología griega como Jasón y sus Argonautas. Según la leyenda, narrada por el también historiador griego Heródoto, cuando Jasón y sus secuaces se dirigían hacia el norte, concretamente hacia el país donde se hallaba el vellocino de oro, conocido como la Cólquida (hoy Crimea), se encontraron a un fiero dragón al que dieron muerte en un lugar emplazado en la actual Ljubljana, fundado entonces con el nombre de Emona. Hoy día, el dragón sigue siendo el símbolo por excelencia de la ciudad, y su puente, todo un homenaje póstumo al pasado mitológico de la misma.

De hecho, los puentes cuentan con una fuerte carga simbólica en Ljubljana. Entre el puente del Dragón y el de los Zapatos, se tiende el Triple Puente, que, como su nombre indica, comprende tres pasarelas balaustradas que unen las dos plazas más importantes de la ciudad, de ahí que en 1929 fuese necesario ampliar el puente de piedra original dado el intenso tráfico rodado que soportaba diariamente. Desde 2007, el Triple Puente es tan peatonal como el resto del centro histórico, (todo un éxito para una ciudad en la que los zapatos se cuelgan de los cables…), y sirve de correa de transmisión entre la bulliciosa plaza Preseren, bautizada así en honor del poeta esloveno por antonomasia, y la plaza Mestni, donde se erige el ayuntamiento y parten (o confluyen, según se mire) todas las callejuelas empedradas de la ciudad medieval.

A la caída de la tarde, en verano, el río cobra de nuevo el protagonismo y en torno a él se adhieren un sinfín de terrazas, discotecas y locales de moda en los que tomar un spritz (o una excelente cerveza eslovena) mientras se contempla el ritmo cadencioso de una ciudad que se despereza al tiempo que el calor remite. En entonces cuando Ljubljana se desvela en todo su impreciso esplendor, en su imprevisible atractivo. La noche inunda la ciudad pero la vida sigue bullendo en sus calles con un sosegado runrún, sin estridencias, al melodioso ritmo de un saxo que desgarra el aire, que embarga lentamente el ánimo de una sensación cercana a la felicidad, efímera, pero felicidad al fin y al cabo. Podría pasar aquí una temporada, aunque sea descalzo.

1 de septiembre de 2015

Enlaces:

Vista de Ljubljana desde el castillo por Elvira S. Uzábal-elbeewa
Puente del Dragón por Jean-Pierre Dalbéra
Interior de la catedral de San Nicolás por Pedro Szekely

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