Artsenal, Humor Gráfico, Javier Montón, Número 37, Opinión

Letra, sangre y certificados

Por Javier Montón / Ilustración: Artsenal

Javier Montón

Javier Montón

–¿Señor Cervantes, don Miguel de?
–Sí, soy yo.
–Pase, por favor. Vemos que escribe usted de fábula. Hemos estado hojeando algo sobre Quijote, un tal Sancho y unos molinos, y es cosa seria, sí señor. Y esa letra tan bonita con un solo brazo… Tiene mérito lo suyo y no se lo quitamos. Ahora bien, hay un inconveniente. Entre la documentación que usted ha aportado no figura el certificado de capacitación de lengua valenciana y ya sabe que ahora es un requisito imprescindible para optar a cualquier plaza de profesor en esta Comunitat.
–No seré yo quien discuta la normativa, válgame Dios. Pero si yo soy madrileño de toda la vida y escribo en castellano, ¿para qué debería yo saber valenciano?
–Disculpe usted. Se nos había traspapelado la documentación y le dábamos como natural de Benidorm. ¿Entonces no quiere ejercer en la Comunitat Valenciana?
–No, no.
–Entonces lo que sí le falta es el B2 de inglés.
–¿El B2?
–Sí, el de la EOI. O, lo que es lo mismo, el First Certificate de Cambridge. Para ser profesor en Secundaria es condición “sine qua non”, dicho así, con un tono elevado para que lo entienda.
–Intenté aprenderlo pero me dijeron que un tal Shakespeare ya brilla en esa lengua y he decidido que es inútil empezar el camino. Prefiero ser cabeza de ratón que cola de león.
–Entonces puede usted organizar talleres literarios, enseñar a construir cuentos y novelas, claro está, pero lo hará “gratis et amore” por decirlo de un modo que usted lo comprenda. Así que le recomendamos que siga usted escribiendo pero mucho me temo que eso no le evitará acabar sus días en la indigencia. Porque maestro podrá serlo de literatura castellana, pero en sentido figurado. Nada más. Además de escribir, hay que leer el BOE de vez en cuando, caballero.

Aun a riesgo de decepcionar a los lectores menos conspicuos, he de decirlo desde ya: el diálogo anterior es ficticio. No ocurrió. Cervantes se comió los mocos, eso sí, y además perdió un brazo y no pudo asistir a su reconocimiento unánime como genio de las letras. Pero nadie le pidió jamás ningún certificado de capacitación, en primer lugar porque nunca optó a una plaza de profesor y, principalmente, porque la burocracia no había alcanzado los actuales niveles de sofisticación. Aún le faltaban siglos de rodaje para llegar al grado de intrincada malevolencia de hoy en día.

Han pasado quinientos años y el absurdo es ahora real, lacerante. La casuística es inabarcable pero unas pocas pinceladas bastan para hacerse una idea de la magnitud del tocomocho. Así pues, hay van, de la a) a la c) como si estuviéramos en clase:

a) La Administración autonómica valenciana, vía Conselleria de Educació, reconoce el dominio de la lengua vernácula con tres certificados: Elemental, Mitjà y Superior. Pero la burocracia es desconfiada, también la nuestra, la más cercana, y así, si alguien pretende optar a dar clases en la Comunitat deberá revalidar su dominio del valenciano mediante el denominado Certificat de Capacitació per a l’Ensenyament en Llengua Valenciana, que viene consistiendo en un cursillo de seis meses de duración, viernes tarde y sábado mañana, previo abono de 480 euros, en cualquier universidad pública. Pero si usted dispone de un mayor capital puede esquivar la zancadilla desembolsando en un centro privado entre 800 y 900 euros, ambos con el “y pico” por detrás, y hará el curso en el menos molesto formato semipresencial. Deme el dinero y corra, señor opositor.

b) En un país en el que el más tonto hace relojes y domina los verbos irregulares del inglés, con los concejales, ministros y presidentes del Gobierno en la cúspide de la pirámide del saber, cómo no exigirles a los profesores soltura, oído y buena pronunciación para acceder a una plaza en un instituto. El pensamiento del diseñador del sistema es simple: si un profesor de matemáticas sabe inglés, sumo los dos conocimientos y, equilicuá, lo puedo poner a dar matemáticas en menos que canta un gallo. No es tan sencillo, alertan lingüistas, pedagogos y filólogos. Pero el gran cerebro gris no se da por aludido. No sabe no contesta. Sobre todo no sabe.

c) Si usted, o sus hijos, o algún amigo quiere aprender un idioma o progresar en su conocimiento, atención que la Escuela Oficial de Idiomas (EOI) les tiene reservada una sorpresa (oh surprise!). El primer año se matricula en el primer curso de, pongamos por caso, inglés. Es decir, el A-1. Va a clases, estudia y aprueba. El siguiente año hace lo propio con el A-2. “Bien, qué alegría, ya tengo el A2 de inglés”, exclamará con lógico alborozo. ¡Pues no! De eso nada, qué se habrá pensado. La letra con sangre entra y para tener el A-2 los mismos profesores que le dieron clases, que le examinaron y luego aprobaron son los que le volverán a examinar de la certificación de cada nivel que usted vaya superando.

Y así vamos. Y así seguiremos.

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