Artsenal, Humor Gráfico, Número 36, Opinión, Xavier Latorre
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La invasión de los muertos de hambre

Por Xavier Latorre / Ilustración: Artsenal

Xavier Latorre

Xavier Latorre

Los frentes bélicos se han trasladado de lugar, han migrado a otras latitudes. La línea de fuego se extiende ahora a lo largo de fronteras calientes, sensibles, porosas y más o menos accesibles. Las nuevas batallas se van a librar con altos muros y vallas disuasorias y con leyes xenófobas. Los nuevos escenarios de esa guerra económica van a ser artificiales divisiones de mapas que separan a México de los Estados Unidos; Hungría de los Balcanes (Serbia y Macedonia) y los islotes que separan Grecia de Turquía. O mares, como el nuestro, que se engullen seres humanos ahogando sus lastimeros suspiros a pocas millas de la costa salvadora.

Hay que defenderse de un enemigo silencioso, pobre, resignado y que lleva años conviviendo con atrocidades en su tierra de origen. Un enemigo camuflado de refugiado o de migrante económico y que pretende ocupar nuestro territorio. Se trata de una invasión en toda regla de personas que huyen de las guerras clásicas, para enrolarse en unas nuevas e invisibles. Se lanzan a pecho descubierto, desesperados, a luchar contra las huestes del republicano multimillonario Donald Trumb, del parlanchín catalán Xavier García Albiol, del húngaro Orbán, el británico Cameron y de otros líderes chusqueros esparcidos por la próspera UE hábiles también en el arte de manipular a las masas para infundirles un miedo pavoroso a esos refugiados expulsados de cada rincón del planeta donde se les ocurre acampar.

Las guerras tradicionales, enquistadas al antojo de las naciones más poderosas, son sólo un pretexto. Esos conflictos de toda la vida, donde siempre hay petróleo o materias primas que rascar, desahucian a miles de familias que sobrevivían con muy poco apegados a sus milenarias tradiciones. La sociedad del espectáculo nos ofrece un Alepo bombardeado, una Palmira dinamitada y regiones enteras devastadas, pero no hay ninguna conferencia de paz programada, no hay cascos azules, no hay observadores internacionales. Es el negocio de la destrucción. Ahora se alzan alambradas para franquear el paso a esos infortunados vecinos. En Palestina, en Hungría, en México, en Rusia, en Melilla, en el Kurdistán y en otros lugares se levantan severos puestos de control.

Mientras el mundo se va a pique, yo solo pienso en limpiar la basura acumulada en mi PC para poder seguir navegando a mis anchas por este próspero mar de oportunidades llamado Europa. El viejo mundo se desmorona y yo atacado de los nervios porque no encuentro un viaje barato a Londres con mi valioso pasaporte color Burdeos en la boca. Los telediarios rebosan noticias de migrantes muertos en acto de servicio (huyendo del horror), con imágenes desoladoras de campamentos provisionales de refugiados en estaciones de tren o en pasos fronterizos, mientras los dirigentes europeos preparan una cumbre de ministros de Interior, no de Sanidad, de Trabajo o Solidaridad, para dentro de un tiempo prudencial, cuando encuentren un hueco en sus agendas repletas de actos oficiales. Los ministros-policías impulsarán medidas para decirles a esos errantes sin papeles que no habrá compasión alguna con ellos.

La oscilación del precio de una materia prima puede matar de hambre a centenares de indefensos seres humanos. La cotización de una divisa puede dejar tiradas en la calle a millares de familias. Yo, a mi bola, sigo regateando con el operador de la compañía de luz, de los seguros o de la telefonía móvil. ¿Cómo vamos a compartir algo con los desplazados si eso nos van desestabilizar el IPC o a descuadrar las reservas de la seguridad social? Por eso, el Gobierno español escurre el bulto cínicamente y rechaza a manos llenas las desesperadas solicitudes de asilo político.

Esta crisis de los refugiados la estoy pasando enganchado al televisor y leyendo el manifiesto de Ada Colau. En las pausas publicitarias me venden un champú anticaída, un yogur laxante y un coche de gama alta que aparca solo. Sin embargo, soy incapaz de decirle a Rajoy que sí estoy dispuesto a adoptar a un refugiado; bastante hago que reciclo el papel y el aceite usado. Las grandes constructoras construirán los barracones de los nuevos campos de concentración que alojarán a esos intrusos recién llegados. La vida sigue, ahora mismo una avería de gas me subleva. El incidente me ha dejado sin agua caliente. Sin confort estoy perdido. Mi apacible mundo se tambalea.

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