El Koko Parrilla, Humor Gráfico, Juanma Velasco, Número 36, Opinión
Deje un comentario

La molestia de las muchedumbres sin tierra

Por Juanma Velasco / Ilustración: El Koko Parrilla

Juanma Velasco

Juanma Velasco

No tengo solución, sólo lágrimas adversas que me afloran hacia adentro. Frente a las imágenes y las palabras que depara la actual avenida de gentes huidas de sus países de origen, mayoritariamente países en conflicto, y que recalan en Europa sólo porque es el foco civilizado, supuestamente, más próximo, no me queda otra alternativa que la inanición triste de certificar el lado miserable de la naturaleza humana.

¿Qué hacer? ¿Qué proponer? ¿Dónde albergar? ¿Construir guetos para acoger a aquellos que no disponen apenas nada más que a sí mismos? ¿Integrarlos junto con el resto de los habitantes, de unos habitantes que, en demasiados casos, no disfrutan tampoco de mucho más allá que lo imprescindible para soportar cada final de mes? Cualquiera de los dos planteamientos se antoja conflictivo de antemano, tan sólo abordándolo desde el aspecto del debate.

13 elkoko-fronteraSin embargo, lo más desolador es desentenderse, como ciudadano pero más como país, como sociedad, como Humanidad misma. No me caben dudas de que el primero de los problemas del planeta es la superpoblación y esto lo saben demasiado bien los gobernantes de la práctica totalidad de las naciones que componen la ONU. A España le hubiera servido para salir de la crisis con la expulsión de los cinco o seis millones de extranjeros que acudieron cuando el esplendor y la hierba se pusieron de acuerdo allá por el comienzo del siglo actual. Si entonces resultaron indispensables para apuntalar el bienestar de los nativos, con la llegada del llanto económico, ocuparon, más bien parasitaron, a juicio de muchos, espacios de trabajo y de subsidios en detrimento de los que debieran gozar los propios españoles.

En más de una sobremesa de ministros, después del coñac y del gintonic, se habrá propuesto esa medida entre risotadas de arrogancia gubernativa. Pero las leyes no escritas de la civilización impiden, afortunadamente, aplicar decretos como antaño de expulsión de colectivos que puedan ser molestos para la pureza de la etnia del país de origen. Aunque el colectivo más molesto, por encima de orígenes y razas, es el de los pobres, el de los que no poseen nada más que la dignidad personal y el instinto de supervivencia. Quizá la creación de una nuevo país al que podríamos llamar Poorland en algún territorio de la vasta y despoblada Siberia donado por Rusia, fuera una de esas soluciones que Rajoy, bueno, su intérprete, le haya propuesto a Merkel en su último encuentro. Con su habitual léxico de finales del XIX en el que la palabra “cosas”, predomina sobre todas las restantes, incluidas las conjunciones.

–Nosotros, España, ponemos el calor cuando el invierno se vista de largo por allí. Y de regalo os enviamos para gestionarlo a Rita, que se adaptará rápido al vodka y conoce los entresijos del calor como ninguna. La comida, la vivienda y los enseres ya los vais poniendo entre el resto de miembros. La fe es asunto de nadie, que no hay oración que cure ni cura que redima.

Y en ese momento, cuando el gallego le proponía a la hamburguesa, con el gracejo de los grajos, la construcción de caloructos, la intérprete del español cayó fulminada por un aneurisma en la razón.

Dejando de lado mi fijación hacia Rajoy y retomando la cordura narrativa y el estremecimiento que causa la situación, señalar que la actual avalancha de cuerpos animados pero sin vida, procede de Siria y zonas adyacentes, enguerradas desde hace demasiados inviernos. Sobrecoge una imagen que circula por las redes sociales presentando una ciudad destruida (quizás Alepo) por los misiles, ennegrecida por el odio, atormentada por la Historia, y un pie de foto que dice “cómo no van a huir de allí”, o similar.

La permisividad de un Occidente, tan presto a intervenir en otras áreas con un mayor rédito económico, con la masacre Siria, ha hecho que el conflicto se enquiste hasta lo irresoluble con el resultado lógico de la aniquilación, física o anímica, de buena parte de la población civil. Europa se encuentra ahora con el resultado de su pasividad, de no encabezar, por razones de proximidad geográfica, un coalición armada capaz de detener los instintos patricidas de Bashar al-Asad. Ahora, como decía la canción, ahora es tarde, señora, ahora nadie puede apartarlo del mal porque apenas queda país ni otros supervivientes que los que combaten.

La acogida de los desplazados debe ser temporal. Habrá que darles de comer, de beber y de vestir hasta que el país, pacificado, por agotamiento de la partes o por intervención, se pacifique primero y se reconstruya después para que pueda servir de nuevo de patria a los que se han visto forzados a abandonarla. Mientras eso ocurre hay que gestionar la metralla de los refugiados, una horda molesta para cualquiera de los miembros de la UE, a la que nadie acoge sino es con una mueca de fastidio en sus normativas, forzosas, al efecto.

Repartirse a los pobres, a los migrantes, casi por obligación, porque hay cámaras y organizaciones con el fusil del escándalo cargado, no deja de ser un ejercicio de mezquindad que retrata a los gobernantes de esta Europa que apesta a mercantilismo. Pero por encima de ellos, de su utilitarismo democrático, de la herrumbre de desconfianza que desprenden, algunos hombres y mujeres buenos, creciente su número en proporción a la magnitud del éxodo, dispersos por Europa, pero mancomunados en una liga de ciudades solidarias,están ofreciendo sus casas y su sonrisa para acoger a individuos, incluso a familias, que han tenido que huir, diez mil años más tarde de la aparición de los primeros asentamientos humanos, de la constante histórica que nos define como especie: la guerra.

La guerra como constante, como divisa, como cromosoma, como poema supremo de la condición humana, la guerra como vínculo de la Historia, como conservante, como destino. La guerra y la represión del vencido, todos esos seres que se hacinan en barcos y en el resto de los espacios de acogida esperando que sus congéneres les asan esa mano que alargan en su búsqueda, por igual, de pan que de esperanza. Ocurra lo que ocurra, sin entrar en esa guerra, Europa ya ha sido derrotada. Y nosotros con ella.

*****

Si te ha gustado puedes visitar nuestra página oficial de Facebook.

PEDRO EL KOKO PARRILLA

El Koko Parrilla

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *