Artsenal, Humor Gráfico, Número 37, Opinión, Xavier Latorre
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Juntos por Madrid

Por Xavier Latorre / Ilustración: Artsenal

Xavier Latorre

Xavier Latorre

Tengo la negra. Todos los dilemas que se me plantean con la hipotética independencia de Cataluña quedarían disipados de inmediato si fuera la Madrid de Cifuentes, Botella o Aguirre la que quisiera largarse con viento fresco. La verdad sea dicha, si la capital de España quisiera emanciparse de nosotros mismos no lo lamentaría para nada. Con poner la capital en Toledo, como cuando Alfonso X el Sabio; o en Valencia, como en la II República; o en Cádiz; o en el califato de Córdoba, con Anguita I al mando, todo solucionado. O en Barcelona, ¿por qué no?

Los madrileños concentran un número de ministros inútiles por metro cuadrado demasiado elevado, como el de Industria o la de Trabajo. Bailan una cosa parecida al tango argentino, pero ataviados con mantones tejidos en Filipinas. Comen garbanzos como los turcos y tienen un equipo, el Real, que para ver jugar un español tienen que lesionarse tres o cuatro titulares. Han tenido que improvisar un himno y ponerle letra, y también diseñar una bandera con más estrellas que la estelada catalana. Alrededor de la capital de esa comunidad le han añadido, para aparentar un poco de patria chica, un puñado de pueblos grandes, cercados por ristras de adosados, que rigen unos señores sometidos a unas redes mafiosas. En esa capital, los habitantes se relajan con cafés con leche bien cargaditos y los Reyes, los de antes y los de ahora, andan enredando por allí todo el día: colegios, estrenos de películas y recogida de unos papeles llamados credenciales que portan los embajadores. A la familia real la llevan incorporada de fábrica, de la factoría franquista.

Cataluña es distinto. No tienen Tribunal Constitucional, ni Senado, ni Palacio de la Moncloa, ni una legión de ordenanzas cumplimentando a subsecretarios y haciendo fotocopias en los ratos perdidos. En el principado ése trabajan duro para financiar los suntuarios gastos de la capital de la corte. Son líderes en sectores estratégicos, son hormiguitas, aunque les tilden de tacaños. Tienen un urbanismo racional y han evitado en lo posible los pelotazos. Aunque también abundan los corruptos, hay gente muy preparada que te sorprende que pueda ser tan amable y atenta detrás de una ventanilla o un mostrador. Son ahorradores: a la escudella le ponen las sobras de toda la semana; al pan con tomate no le ponen casi jamón y las setas les encantan porque surgen por generación espontánea en el monte. Son gente que disfrutan del contacto físico, saben hacer piña: bailar sardanas con las manos entrelazadas, subir en manada a Montserrat o montarse unos encima de otros hasta alcanzar la altura de la casa más alta de la Plaça Major. Tienen una lengua propia que manejan diestramente algunos escritores que algún día lograrán el Nobel, si el que manda del Instituto Cervantes no pone el grito en el cielo, y con la que fabrican además películas y montan obras de teatro.

En Cataluña todo se torció cuando un becario de estadista denominado Artur Mas, que había aprendido a embaucar de la mano de un notable estafador, se le ocurre iniciar un camino sin retorno hacia la independencia. El heredero de Pujol, su hijo político, pensó que podía alargar su agonía política (era carne de cañón por culpa de los recortes) levantando la bandera soberanista. Soñó que podría pasar a la posteridad al escribir una gesta gloriosa: la última intentona separatista de su pueblo. El PP, buscando réditos electorales, se pasaba los días menospreciándolos. Ya me dirán, ¿qué autoridad moral tiene un partido político que puede quedar el último en unas elecciones, llamadas por algunos, plebiscitarias para decidir el futuro de los catalanes? El PP puede cosechar unos resultados pésimos. Al menos, Ciudadanos promete echarle una mano con una candidata jerezana que dice sentirse salmantina.

En el bando del sí también abundan las contradicciones. Raül Romeva nacido en Madrid lidera la lista independentista. Ese antiguo eurodiputado excomunista, se integra con todos los poderes fácticos y económicos que hace nada le excomulgaban. El cabeza de cartel de la CUP se llama Antonio y no Antoni. El inquilino perpetuo del Ritz y exsocio de Mas, Durán i Lleida, va por libre por si sale mal la aventura convergente y de Esquerra y aún puede reciclarse de ministro de Exteriores con Rajoy o Sánchez. La independencia es una buena jugada y puede ser atractiva para muchos pero lo malo es que para lograrla debes infectar de odio a tu pueblo y esa es una descabellada receta. Algo parecido a lo que hace el PP desde hace más de una década. Ese partido, que se llena la boca con la unidad de España, recogía firmas en Puertollano contra los catalanes cuando mandaba Zapatero.

Lo mejor de todo sería que Madrid se desgajara de España. Y problema territorial solucionado. Los tertulianos que ahora atacan con argumentarios recurrentes a Cataluña dedicarían loas a las pretensiones madrileñas. Se retractarían de inmediato: sacarían a relucir todas las bondades del fenómeno separatista. Ese pequeño país, llamado Madrid, podría quedarse con toda la burocracia nacional, con las instituciones caducadas y con los políticos amortizados. El resto de españoles generosamente les dejaríamos pertenecer a la Unión Europea, les autorizaríamos a hacer referéndums de autodeterminación, les permitiríamos que les mandara un tal Rajoy, dejaríamos a sus equipos jugar en nuestra liga y le cederíamos de forma vitalicia la figura del soberano Felipe VI.

El resto de españoles nos organizaríamos como si fuéramos una república de nuevo cuño mejor organizada que en el 78. Como demócratas respetamos el derecho a decidir de los madrileños y a acatar si quieren irse de España. Podrían utilizar nuestro espacio aéreo y embarcar en nuestros puertos para ir de vacaciones a las Baleares. El día que consigan constituirse en un nuevo estado harán una manifestación multitudinaria en la Castellana. Y contaremos a los que salgan a la calle y no a los que se quedan en casa como hacen ahora con las Diadas. Realmente son tontos si no exigen ya la independencia: seguro que les bajaría el paro, les subirían las pensiones y comerían perdices en el Retiro. Con eso igual solucionábamos al mismo tiempo el encaje de Cataluña. Además no pensamos boicotearles la compra de nada fabricado allí. Aunque no descarten nada: el 27 por la noche puede nacer una Cataluña sin Mas, una Cataluña a secas.

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