Humor Gráfico, Jose Antequera, L'Avi, Número 37, Opinión
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Iceta el marchoso

Por José Antequera 

José Antequera

José Antequera

Qué calladito se lo tenía el señor Iceta. Resulta que el secretario de los socialistas catalans, ese señor bajito, fofisano, calvino y más bien feucho, llevaba dentro a un discotequero total, a un sex bomb insaciable, a un Travolta de muchos voltios. Ya sorprendió a Pedro Sánchez durante un mitin de campaña arrancándose por Freddie Mercury, pero es que lo de anoche en El Intermedio de Wyoming, su bailoteo juvenil con Thais Villas, fue demasié para el body. Qué estilazo, qué juego de caderas, qué swing, qué todo. Cuando la campaña catalana avanzaba entre deflagraciones y llamadas a los tanques y a las banderas, cuando cada mitin era una palada más de odio y tierra sobre el cadáver de España, entre crispaciones, tambores de guerra, insultos, patrioterismo barato (español y catalán) y mucho mal rollo, Iceta va y nos sorprende a todos saltando a la pista de baile de la política para echarse unos bailes con la descarada y frescachona Thais, la chica gafapasta de vis cómica ácida e inteligente que es como Groucho Marx, solo que sin bigote y en mujer. Cataluña arde de mitines tomados por comanches y tipos duros que hablan la lengua bélica, porque los tipos duros no bailan, como decía Mailer. Iceta no, él es un político de talante tranquilo y afable, racional y buen orador, educado y listo, de esos que ya no abundan en nuestros días porque ahora lo que se lleva es el político palabrón que menta mucho a la madre o el hooligan que se envuelve en la bandera patria para engatusar al pueblo o el tonto que se atraganta con el vaso de agua a la primera pregunta de un periodista medianamente preparado, como le ha pasado a Rajoy en su entrevista con Carlos Alsina. Queda claro que Rajoy, además de ser un triste que no pasaría de un mal chotis en la Castellana, solo lee el Marca, mientras que Iceta es de la escuela lógica de Azaña, mucho más cultivado y encima domina el rock. Iceta es como ese chico tímido apoyado en la barra de la disco que apenas llama la atención del personal (Pedro Sánchez es más alto, más guapo y tiene más paquete que él) pero que sin embargo lleva una fiera dentro de sí, un león salvaje que se desmelena cuando suena Queen, y ya nadie puede pararlo. Es entonces cuando salta a la pista de baile para darlo todo, para comérselo todo, incluso arrimando cebolleta, sabiendo que nada en esta vida, ni siquiera el trono de la Yeneralitá, merece más la pena que ese bailoteo desbocado bajo los focos, sintiendo la música fluyendo por las venas, como un negrata de la Motown, o ese agarrao último y desesperado a la moza cuando se apagan los focos de la discoteca y la cruda realidad se impone a la mentira de la noche. A mí Iceta ya me tiene ganado, ya soy fan para toda la vida, tengo que confesarlo, porque en esta campaña catalana sucia y guerracivilista que a todos nos tiene en un vilo, acollonados ante tanto profeta del apocalipsis, tanto triste y resentido y tanto salvapatrias, él ha sido capaz de saltar a la pista con un puntito de alegría y buen humor, aliviando tensiones territoriales y políticas, desdramatizando, moviendo el esqueleto con total libertad y desinhibición, entregándose al baile como si no hubiera un mañana. Iceta nos ha dado una gran lección: que las cosas buenas de la vida están por encima de la política y que cuando suena una gran canción ya nada importa, ni el estatut, ni la Constitución, ni el procés, ni la independencia, ni la tercera vía, ni nada. Usted sí que sabe, señor Iceta. Baile, baile, no me pare ahora. Don’t stop me now.

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