Francisco Ortiz, Viajes
1 comentario

Historias de Bucarest

El Palacio del Parlamento, un gigantesco edificio levantado por Ceaucescu.

Por Francisco Ortiz / Foto: IsaZ

Deportes

    Viajes

Acabo de regresar de una de las ciudades danubianas más feas, Bucarest, con una sensación de volver de casa. Quiero decir, esta vez no he vuelto a casa sino que vengo de ella. Allá he dejado gentes de una alegría y una sencillez desarmantes, y son ellas mi verdadero álbum de fotos, más que sus monumentos y obligados lugares turísticos. Pero empecemos por el principio.

Cuando uno aterriza en el aeropuerto Henri Coanda, a 17 kilómetros de la capital, ya recibe la primera impresión familiar, es el idioma latino, el rumano. A continuación uno se adentra en las avenidas de Bucarest sin la desorientación y el estrés del turista que no conoce su destino. Estar en la calle con las maletas y los niños o la pareja y buscarse el camino al hotel no es un motivo de agobio, pues gente corriente va y ayuda a uno en su gestión viajera, con unas palabras en español. ¿Dónde estoy entonces? He vuelto a casa, sin duda. Bucarest tiene las trazas de un Madrid, de una Valencia, pero de dimensiones sencillas, modestas.

No le importará al lector, digo yo, que pase de las solemnes descripciones de guía de viajes y salte a historias más prosaicas o, por decirlo así, más caseras. Y es que cada vez que visito Bucarest (y van tres) llevo conmigo las impresiones subjetivas y particulares que la ciudad ha dejado en mi memoria. Es una suerte de amiga a la que uno vuelve a visitar, de la que se medio enamoró en su día pero nunca se lo dijo. Bucarest es feucha pero tiene un encanto de cabaretera y canalla. No tiene glamour pero se lo inventa ella sola. Y qué le voy a hacer si yo… nací en el pequeño París del Este.

La capital de Valaquia no tiene la suerte de ver el Danubio en sus calles, no tiene un centro definido, y su urbanismo está desfigurado por la reurbanización que el dictador comunista Nicolae Ceaucescu llevó a cabo en los 80. El comunismo cambió la cara de la ciudad para siempre, abriendo avenidas y plazas amplias para hacer desfilar los tanques, demoliendo el rico patrimonio de art nouveau de la ciudad vieja. Hoy en día lo más parecido a un centro urbano se ubica en el entorno de varias plazas, unidas por el Bulevar Balcescu y el Bulevar Bratianu. La ciudad tiene su dinamismo y su bullicio balcánico en plazas como Universitâtii, Romana, y Piata Unirii (mi favorita). El feucho río Dâmbovita no lo cambio por el Danubio azul.

En este paseo personal por la ciudad y por mis recuerdos de ella lo más apropiado sería estirar las piernas desde Unirii y subir por el bulevar adornado de fuentes que conduce al Palacio del Parlamento. Construido en 1984, este gigantesco edificio levantado por Ceaucescu para el pueblo pero sin el pueblo tiene las trazas de un Pentágono soviético. Aunque se puede visitar, su vista me resulta vulgar, y como además piden el pasaporte en la entrada, doy la espalda a la obra faraónica y subo a un autobús en dirección Gara de Nord, la estación de tren.

En 1988 viajé por primera vez a Rumanía, un país de los Balcanes colocado como un saco terrero en el imperio soviético y olvidado por el turismo. Viniendo de la Yugoslavia socialista el contraste con la paupérrima Rumanía fue brutal. Bucarest tenía sus bellos edificios de estilo francés en ruinas, y la gente pasaba un frío de décadas incluso en verano. Se hacía cola para todo, y eso sí, el metro era un modelo del moscovita, el lujo para el pueblo por gracia del papacito Nicolae. En aquellos días conocí a Pablo y a Olga y me contaron mil y una de la pobre sociedad bucarestina. Aquí debo dar las gracias a un amigo de estos estudiantes latinoamericanos, un médico búlgaro, que me alojó en su apartamento cuando más enfermo estaba. En su opinión, “el comunismo es el camino más largo hacia el capitalismo”.

Cuando estalló la Revolución de Diciembre, el 15 de diciembre de 1989, mi corazón se encogió por la suerte de mis amigos. Desde el hotel Intercontinental la prensa de todo el mundo siguió las violentas jornadas que terminaron con el fusilamiento de Ceaucescu y su infame consorte Elena. La masacre ordenada por el dictador y la reacción popular dejó graves heridas también en los edificios, que todavía tienen marcas de disparos. Al pie del Intercontinental murió mucha gente, y cruces de piedra brotaron en las aceras en memoria de los héroes de aquellas jornadas. Me detengo por azar ante un sencillo altar en pleno centro y leo: “Cristian Paturca, cantautor, muerto a los 46 años”. Paturca es el autor de una canción revolucionaria en esos días, “Imnul Golanilor”, que gritaba a los cuatro vientos “antes muerto que comunista”. La gente coreaba su himno por las calles, hartos de la nomenclatura. Otras cruces tienen su recuerdo con otros nombres: “Florina Octavia Bude”, “Daniela Pruntes, artista plástica, muerta a los 28 años (23-XII-1989)”.

En Rumanía la muerte es natural, es parte de la vida de la gente. Si por un casual uno se cruza con un cortejo fúnebre podrá observar que el ataúd desfila sin la tapa, así el rostro del finado “ve” el cielo y la calle en su último paseo. Esto en Occidente sería tabú, claro está. En las iglesias siempre se disponen unos a modo de quioscos donde los fieles se acercan a encender velas en memoria de sus seres queridos. El olor a cera y la luz de las llamas no ocultan el letrero en el exterior del quiosco, que reza: “MORTI”.

DSC_2782Hanuc

Un antiguo caravasar, el Hanul Manuc.

Si me preguntan por un sitio para comer buena cocina tradicional rumana no tengo más remedio que enfilar por las callejas de la parte vieja, por la calle Lipscani, y entrar en un antiguo caravasar, el Hanul Manuc. El restaurante se levantó en 1808 como posada y es de los lugares más antiguos de todo Bucarest. Debe su nombre a Manuc Bei, un dignatario otomano. En su fresco patio se puede disfrutar de las galerías de dos pisos que lo rodean, con sus balcones de madera. Además muchas noches hay música en vivo. Con ayuda de Ovidiu, un moldavo que trabaja como guía, pude repasar los mejores platos rumanos. Siguiendo sus indicaciones me pedí una mamaliga, o gachas de maíz que acompañan a la carne, y una sopa bien sustanciosa, llamada Ciorba. Como la cerveza es muy popular, y la sirven por litros, tuve que trasegar una Ursus bien fría, mientras mi amigo despachaba una Silva. Ovidiu conoce los monasterios de la Bucovina muy bien, y la conversación, medio en inglés medio en italiano, me hizo soñar con la Moldavia-Bucovina lejana, país de bosques y piedad ortodoxa. A los postres comprobé que los dulces rumanos son de origen turco: baclava, halva, rahat. Y es que esto es Oriente y Occidente, un encuentro entre la adormecida Europa y la savia fresca de los Balcanes.

Salir a pasear la siesta por las callejas de la parte vieja es una obligación, luego de la comida de cadetes que nos hemos regalado. Si en 1988 estas calles eran un dédalo de ruinas (al estilo de La Habana) y las casas tenían las ventanas negras de olvido e incuria, en este 2015 el barrio se ha renovado y tiene unos locales modernos y con marcha. El turismo ha vuelto a la calle Lipscani y los kebab se codean con bares de ambiente gay. Mi paseo busca en cambio un tranquilo rincón donde una vez, en 2004, sentí la paz de un jardín recoleto. Se trata de la iglesia de Stavropoleos. Hace esquina y apenas caben diez personas en su interior, pero es un espacio que destila espiritualidad. Data del 1724 y tiene el interior ornamentado y con iconos dorados (el arcángel San Gabriel flanqueando una imagen de la Señora). En el patio vuelvo a sentarme en el mismo banco de entonces y miro las lápidas y cruces que rodean este jardín. Una monja pasa y me regaña, pues tengo las piernas cruzadas. En la calle los transeúntes se persignan al pasar delante de la diminuta iglesia.

DSC_2152IglesiaOrtodoxa

Una iglesia ortodoxa en Bucarest.

La libertad y las ganas de vivir han hecho que vuelva la belleza a unos edificios que en los años 30 tuvieron su esplendor. En estas callejas donde cohabitan edificios de inspiración neoclásica con buhardillas francesas y casas de estilo italiano, se mueve hoy el Bucarest bullicioso y golfo. En no pocos locales se ofrecen masajes “con final feliz”, y las discos se encargan de animar a los jóvenes universitarios. Al caer la tarde y por azar me encuentro con un espectáculo callejero en la calle Francezâ: fornidos acróbatas rusos suceden a hombrecillos moldavos que ríen un vodevil junto a actrices de cabaret parisién. Como si el antiguo barrio de mercaderes y artesanos volviera al 1800, veo avanzar jinetes montados sobre briosos caballos de raza árabe (son parte del espectáculo) y bailan en la estrecha calle. Así, de gratis, me regalan los bucarestinos su mejor arte, el de la vida alegre y arlequinesca.

Si, como espero, me disculpa el lector por saltarme el capítulo dedicado a los museos, saldré de la ciudad vieja y me daré una vuelta por Calea Victoriei. Es una arteria elegante donde se ubican algunas tiendas y boutiques, y por ella arribo a Piata Universitatii, más animada con bares y restaurantes. Atrás queda el Museo Nacional de Arte, ubicado en el Palacio Real. Contiene unas buenas colecciones de arte rumano, desde iconos a obras del siglo XIX. Les espero afuera curioseando en la librería Humanitas. Esta zona de la universidad me deja el recuerdo de mi visita en 2004, donde alquilé un ático con vistas a las buhardillas vecinas.

DSC_2771ParqueHerastrau

Los bucarestinos tienen el parque Herastrau y el Jardin Cismigiu para retozar a sus anchas.

Pero el encanto de Bucarest también está en sus parques y jardines. A falta de un río con pedigrí los bucarestinos tienen el parque Herastrau y el Jardin Cismigiu para retozar a sus anchas. En el primero se disfruta de los lagos Floreasca y Herastrau, donde se pueden alquilar barcas y tomarse una Ursus en compañía. También es posible alquilar bicis en I Velo, cerca de la entrada. Los parques son ideales para pasear por entre sus frondosos árboles y para charlar con la gente en español, pues muchos rumanos trabajan en España y aman mi país. Un motivo más para sentirme en casa.

Un culturista llamado Ciprian, que conoce bien España, me cuenta que cuando habla de Rumanía le suelen preguntar por el conde Drácula. El no se corta y contesta que lo conoce bien, sólo que en Rumanía su nombre verdadero es Ceaucescu.

15 de septiembre de 2015

*****

Si te ha gustado puedes visitar nuestra página oficial de Facebook.

Francisco Ortiz

Francisco Ortiz

1 Kommentare

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *