Historia, Sandra Llopis
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¿Exiliados pero libres?

Una columna de mujeres y niños parte hacia el exilio tras la Guerra Civil.

Por Sandra Llopis. Viernes, 18 de septiembre de 2015

En la bandera de la libertad
bordé el amor más grande de mi vida.

Federico García Lorca

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Las recientes imágenes del drama de Siria han golpeado la mentalidad y la conciencia del mundo entero. Imágenes de niños muertos en playas calladas, de familias que se aferran desesperadas a las vías del tren, de la tensión de miles de personas que intentan subir a ese mismo tren que tal vez ni siquiera arranque, de una periodista pateando a refugiados. La imagen de ese adolescente adulto, sensato y sincero: “No queremos ir a Europa, sólo paren la guerra en Siria…”

Todas esas imágenes nos sorprenden, nos indignan, nos queman por dentro. Por suerte, también nos llegan imágenes de personas que cogen su coche y van a recoger a cuantos pueden, de personas que reparten comida y agua, de voluntarios tejiendo mantas. Y las gracias infinitas reflejadas en las miradas de los que ese día tendrán algo con que llenar sus vacíos estómagos o con qué protegerse del frío.

Sin embargo, y por desgracia y estupidez del hombre, esas imágenes son viejas. Tan viejas como el propio mundo, que vino de serie con las guerras y el exilio. A los españoles nos vienen a la mente imágenes no tan lejanas de esos compatriotas que huyeron de su tierra durante o tras la Guerra Civil (1936-1939) y que marchaban con lágrimas en los ojos y el miedo en el cuerpo. Aquellos españoles reflejados en coplas de la época (porque la copla no fue siempre franquista, ni mucho menos) como El emigrante, En tierra extraña o Suspiros de España, aunque esta última no en todas sus versiones.

Y de esos héroes anónimos poco conocemos, como suele ocurrir en estos casos. Se sabe que los que tuvieron buena suerte y huyeron a México, Argentina o Estados Unidos, se libraron del posterior nazismo (aunque, por ejemplo, la dictadura argentina no fue menos dura). Pero muchos de los que huyeron de España hacia Francia, Alemania u otros países europeos en busca de una vida mejor, se toparon de frente con el nazismo y los campos de concentración o exterminio, tan solo un año o dos después de su marcha. Lo suyo fue pan para hoy y nazis para mañana.

Cuando éramos niños nos explicaron ese tópico literario que incide en el poder igualador de la muerte. Y de la guerra, habría que añadir, porque ésta tampoco distingue entre ricos y pobres, listos y tontos, sanos o enfermos… Y es por ello que tenemos numerosos ejemplos de artistas, intelectuales y políticos que sufrieron el horror de la guerra y el del exilio (entonces, el término refugiado era poco o nada frecuente). En este artículo, repasaremos la historia de algunos de estos españoles famosos, exiliados durante o después de conflictos bélicos.

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Refugiados españoles a su llegada a Francia.

Empezaremos con la Guerra de la Independencia (1808-1814). Durante este gran drama entre españoles y franceses, un magnífico pintor plasmará con maestría todo el horror de la contienda en una serie de pinturas conocidas como los Desastres de la guerra. El artista no es otro que Francisco de Goya y Lucientes. El pintor soportó la guerra y plasmó todo lo visto y vivido en sus cuadros (las creaciones del 2 y 3 de mayo, los Caprichos, las pinturas negras). Siguió viviendo en España unos años después de la guerra, pero en 1823, con la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis, cuyo objetivo era la restauración del absolutismo y de Fernando VII en España, huyó a Burdeos y se refugió en casa de su amigo Moratín. Parece ser que volvió a España en 1826, pero fue un viaje fugaz. Regresó a Burdeos, donde murió en 1828.

Una suerte similar sufrió otro intelectual que tuvo que exiliarse por ese mismo conflicto, José María Blanco White, a quien el estallido de la Guerra de la Independencia le sorprendió en Madrid, mientras contaba con una buena posición y el favor de Godoy. En tales circunstancias, el escritor no vio otra alternativa que trasladarse a Sevilla, donde colaboró en la redacción del Semanario Patriótico. Sus críticas en dicho medio le valieron la antipatía de la Junta Suprema de España, por lo que en 1810 partirá a Inglaterra. Vivió en Londres, Dublín y Liverpool, y allí murió. Jamás volvió a su patria y la mayor parte de su producción está escrita en inglés, motivo por el cual posiblemente es uno de los grandes olvidados de la cultura española.

Nos trasladamos ahora al siglo XX, a la ya mencionada Guerra Civil, la más sangrienta de nuestra historia. “La España de las harcas no tuvo nunca poetas. De Franco han sido y siguen siendo los arzobispos pero no los poetas. En este reparto injusto, desigual y forzoso, del lado de las harcas cayeron los obispos y del lado del éxodo, los poetas”. León Felipe, desde su exilio en México, describía de este modo las consecuencias que la Guerra Civil tuvo en la cultura española: el exilio de intelectuales y artistas que, tachados de republicanos (masones, traidores, maricones y otras lindezas), se vieron obligados a abandonar su patria.

La contienda fratricida fue larga y sangrienta. Muchos serán los artistas que se lanzarán al exilio, sobre todo después de ver cómo se asesinaba de forma vil al poeta Federico García Lorca en 1936. Él no tuvo la suerte de conocer el exilio. Evitando, pues, la suerte que le tocó a Lorca, Rafael Alberti salió de España tras la derrota republicana por su militancia en el Partido Comunista. Se traslada con su mujer a París, hasta que a ambos les retiran el permiso de trabajo al ser tachados de comunistas peligrosos. En 1940 se embarcan en Marsella, rumbo a Buenos Aires. Después pasarían por Chile, Uruguay y por la ciudad de Roma. Alberti volvió a España en 1977, ya en plena Transición. Amaba demasiado a su tierra como para resignarse a morir en otro lugar que no fuera España.

Coetáneo y amigo de García Lorca, pues compartieron juventud en la famosa residencia de estudiantes de Madrid, nos encontramos con otro célebre exiliado de esos años: Luis Buñuel, un convencido republicano. El inicio de la Guerra Civil lo sorprende en Madrid y decide permanecer fiel a la Segunda República. Tras el asesinato de Lorca en 1936, Buñuel parte hacia Ginebra para mantener una reunión política y de allí es enviado a París, donde reside hasta 1938, cuando viajó a Hollywood a petición del gobierno republicano para supervisar el rodaje de dos películas sobre la guerra aún en marcha. En 1941 se traslada a Nueva York y trabaja en el MOMA como productor asociado (su misión consiste en la selección de películas de propaganda antinazi). Fue despedido en 1943 al ser tachado de ateo y hombre de izquierdas. En ese momento decide retornar de nuevo a Hollywood, donde ejerce como doblador hasta 1946, y al año siguiente viaja a México para dirigir Gran Casino. Buñuel vive en México hasta aproximadamente 1965, aunque haciendo viajes fugaces a Francia y Estados Unidos. En los 60 volvió a rodar películas en Francia y en 1970 pasa una temporada en España para rodar Viridiana, con Catherine Deneuve. En el 72 visita Los Ángeles y a su hijo Rafael y realiza su último viaje a España en 1980, pero no se queda. Ya no era su patria, aun a pesar de la muerte de Franco y la Transición. Volvió a México, tal vez donde fue feliz, y murió allí en julio de 1983.

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Refugiados españoles con la policía, una escena que recuerda a las de hoy día.

De la misma época y en la misma línea de pensamiento encontramos a la filósofa María Zambrano, quien participó activamente en la defensa de la cultura desde el bando republicano. Sin embargo, con la caída de Barcelona, no vio más salida que el exilio, al que se verá abocada en enero de 1939. Tras una breve estancia en París, María parte hacia México, haciendo escala en Nueva York y La Habana. Pero en tierras mexicanas tampoco se siente cómoda y pasa unos años (1940-1945) viviendo a caballo entre Puerto Rico y Cuba. Cuando concluye la Segunda Guerra Mundial, la malagueña viajará a París para reencontrarse con su hermana. Vuelven de nuevo a La Habana y México, pero finalmente regresan a Europa en 1949 por problemas económicos; permanecerán en París hasta 1953, año en que recalan de nuevo en la Habana, y más tarde en Roma, donde permanecerán hasta 1964. Tras pasar por Francia y Suiza, María Zambrano volverá en 1984 a España, donde finalmente morirá en 1991. Su vida fue un continuo ir y venir, que resultó un viaje de ida y vuelta a su país natal.

Otra mujer que se vio obligada a sufrir el desgarro de dejar su tierra, aunque posiblemente mucho más combativa, fue Clara Campoamor, política republicana que luchó de forma activa por el sufragio femenino y por los derechos de las mujeres. Con la Segunda República fue elegida como diputada por el Partido Radical y formó parte de la comisión encargada de la redacción de la nueva Constitución Española. Logró que se aceptasen todas sus propuestas en lo referente a la no discriminación por razón de sexo, la igualdad jurídica de los hijos e hijas habidos dentro y fuera del matrimonio y el divorcio. Durante su batalla por lograr el derecho al sufragio universal aún tuvo que luchar más, pues el acalorado debate llegó a las Cortes, pero finalmente también lo consiguió. Sin embargo, esta victoria supuso su caída en desgracia, no logró renovar su escaño en 1933 y tras varios intentos fracasados por entrar en diversas formaciones políticas, se consagró, en 1935, a escribir Mi pecado mortal. El voto femenino y yo.

Con el estallido de la Guerra Civil, se exilió en Francia y publicó La revolución española vista por una republicana, en 1937. Se trasladó después a Buenos Aires, donde vivió durante una década. A finales de los años 40 intentó regresar a España, pero desistió al saberse procesada por masonería. Siguió en Buenos Aires hasta 1955, cuando se trasladó a Lausana (Suiza), donde sobrevivió gracias a su trabajo como abogada y donde murió en el año 1972. Sus restos regresaron posteriormente a España, para ser depositados en un cementerio de San Sebastián. De ella nos quedamos con su afirmación “República, siempre República”.

Y no podía faltar en este elenco de exiliados uno de los mejores artistas de la canción española. Sus camisas de grandes mangas y lunares, sus ideas republicanas y la libertad que desprendía por cada poro de su piel le valieron la antipatía del bando contrario y vencedor. No tuvo otro remedio que partir de España, con el alma rota y el cuerpo lleno de moratones. Como ya habrán adivinado los lectores, estamos hablando del inmenso e incomparable Miguel de Molina.

El cantaor de copla era ya una figura cuando estalló la Guerra Civil, con éxitos como El día que nací yo, La bien pagá, Ojos verdes o Triniá. Durante el conflicto, actúa para tropas republicanas, y tras 1939 le ofrecen conciertos desde la élite franquista, pero él rechaza los contratos (todos ellos a cambio de una remuneración muy por debajo de su caché). Sin embargo, es obligado a aceptar bajo la amenaza de ser acusado de republicano. De nada sirvió que accediera o no, pues ya estaba en el punto de mira de la represión. Y él lo sabía, pero no se acobardó en ningún momento y siguió desprendiendo jirones de libertad desde el escenario. Como era de esperar fueron a por él, por rojo y maricón, tal como le dijeron los tres matones que le propinaron una severa paliza tras una de sus actuaciones. Se le dio la opción de quedarse en España, siempre y cuando no volviera a actuar jamás, pero Molina no podía vivir sin su arte, de modo que en 1942 partió hacia Buenos Aires.

Poco tiempo después llega una orden de la Embajada Española pidiendo la expulsión del cantaor, y se ve obligado a abandonar Argentina. Llega a México en 1943 y permanece allí, trabajando como cantaor y participando en películas, hasta que Eva Perón le reclama y retorna a Argentina, donde sigue actuando hasta su retirada de los escenarios en 1966. Murió en Buenos Aires en 1993, lejos de su España, pero como el espíritu libre que siempre fue. Libertad es la palabra que mejor le define.

El exilio, buscar refugio fuera de la patria, no es solo cosa de personas anónimas y sin recursos. Los artistas e intelectuales también sufren los horrores de la guerra. Y esto nos lleva a preguntarnos cuántos de esos refugiados sirios que vemos ahogándose en una marea humana informe serán también pintores, escritores, filósofos, cantantes o políticos que deben dejar todo atrás y mendigar un poco de humanidad a esos supuestos países civilizados que los ven llegar como seres tan ajenos, tan lejanos, tan diferentes.

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SANDRA LLOPIS

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