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Ethan Hunt, que 20 años no son nada

Por Miquel Mora. Domingo, 13 de septiembre de 2015

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Pasan los años, y ahí está Tom Cruise, con los 50 cumplidos y en plena forma. El mejor ejemplo de ello, la saga Mission: Impossible, una constante en su filmografía a lo largo de las dos últimas décadas, que repasamos con motivo de su quinta entrega, posiblemente el gran blockbuster de acción de este último verano.

Mission 1 (1996): De Palma sienta cátedra

Tom Cruise se estrenó con esta película como productor, así que fue a por todas y no descuidó ningún aspecto. Para empezar se apuntó a la moda de llevar al cine antiguas series, cuando esta aún no había empezado. De hecho, uno de los escasos precedentes había estado también a cargo de Brian de Palma, Los intocables, y el director se quedó esta vez muy cerca de repetir peliculón.

Luego le encargó el guión a Steve Zaillian, autor de unos cuantos libretos para Spielberg, como, pongamos por caso, La lista de Schlinder, y a David Koepp, especialista en este tipo de espectáculos a lo grande, como, pongamos por caso, Parque Jurásico o el último Indiana Jones.

¿Qué nos falta? Pues escenarios internacionales a lo James Bond (Viena, Langley, Londres…) y estrellas internacionales: los norteamericanos Jon Voight (como Phelps, protagonista de la serie original), Emilio Estévez y Ving Rhames, los franceses Jean Reno y Emmanuelle Beart, y las británicas Vanessa Redgrave y Kristin Scott Thomas. Ah, y ya puestos, que Larry Mullen Jr. y Adam Clayton (U2) versionen el mítico tema musical de la serie.

Cruise puso las pelas y De Palma manejó con maestría los elementos, componiendo un mecanismo de relojería que sigue funcionando a la perfección dos décadas después… aunque uno no pueda evitar sonreír al ver que entonces usaban disquetes y ordenadores con pantalla de tubo. La película se articula en torno a varias misiones que se suceden, empezando con un equipo y cambiándolo luego casi por completo tras un arranque que nadie puede esperarse. De Palma, muy imitador-homenajeador de Hitchcock en sus primeros filmes, se monta aquí su particular Con la muerte en los talones, en el que Ethan Hunt, el personaje de Cruise, ve cómo su equipo de agentes secretos cae en una emboscada y todas las sospechas recaen sobre él, así que tiene que buscar un nuevo equipo entre agentes caídos en desgracia, con los que habrá un continuo juego de sospechas mientras trata de redimirse. De paso, inauguraba la fórmula “Hunt y su equipo contra todos”, presente en la mayoría de entregas aunque siempre quiera venderse como novedad, con la Fuerza M:I desmantelada por unos u otros motivos.

De Palma combina la pirotecnia tan del gusto de su estrella con momentos más sutiles, especialmente LA ESCENA del film, el robo en Langley con Cruise suspendido del techo, todo un clásico de la saga: una escena muda de diez minutos en la que De Palma muestra su virtuosismo, y que ha sido versionada en cada entrega pero nunca superada. La trama, compleja en su momento, tal vez hoy resulta demasiado simple, a tenor de lo que se han ido complicando este tipo de entretenimientos –la sombra de 24 es alargada–, aunque sigue resultando interesante, con ese juego de espías en el que nunca sabemos quién es el malo y el bueno, y una brillante resolución, cuando descubrimos que el malvado es un agente que, tras el final de la Guerra Fría, ve cómo ha perdido poder y tras años luchando por su país le han echado a un lado, por lo que decide cobrarse bien sus servicios. Todo ello aliñado con la tensión sexual entre el protagonista y la única superviviente del equipo, que resulta ser la ahora viuda del mentor de Hunt.

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Y sí, tal vez el final con el tren, el helicóptero y el túnel resulta demasiado aparatoso, pero también es cierto que estamos ante la última gran obra de De Palma, que luego emprendió otra misión, concretamente a Marte (con otra gran escena muda) para luego casi desaparecer del mapa (fílmicamente hablando).

La escena: Langley aparte, la primera aparición de Vanessa Redgrave y su juego de seducción con Cruise. Inmensa actriz.

Mission 2 (2000): Menos equipo, más Cruise

Todo hay que decirlo, Tom Cruise no se dio mucha prisa en facturar la secuela del bombazo de taquilla –magníficas críticas incluidas–, que fue la primera M:I. Tal vez porque aquí ejerce de productor, y eso requiere mayor esfuerzo que el interpretativo. El caso es que pasaron cinco años hasta la primera secuela.

¿Diferencias entre las dos películas? Bueno, al margen del cambio de look de Cruise, que en el único papel que ha repetido cambió el corte a lo militar del primer film por una tupida melena, y el hecho de que en esta secuela el título pase de Mision: Imposible a las siglas (símbolo de los nuevos tiempos), pues tenemos unas cuantas.

Para empezar, cambiamos a De Palma por John Woo, en lo que es una de las señas de identidad de la saga: confiar cada entrega a un director de prestigio para que aporte su toque personal. Así que lo que en la primera entrega era una compleja trama de espionaje a lo Hitchcock cabía esperar que en manos de Woo fuese un espectáculo pirotécnico de acción. Y así fue… en parte.

El film que nos ocupa fue el cuarto de Woo tras su desembarco en Hollywood. Tras un par de vehículos de lucimiento para Van Damme y Travolta, en Cara a cara, de nuevo con Travolta y un Nicolas Cage desatado como nunca, facturó el que sigue pareciéndome su trabajo más logrado en los USA, en el que combinó un sensacional espectáculo de acción con un potente guión. Esto último es lo que le falló en su encuentro con Cruise, lo que no impidió que lograse su mayor taquillazo en Estados Unidos.

M:I:2 arranca con un doble prólogo. El primero ya apunta que las máscaras de Hunt y compañía van a ser utilizadas aún con mayor eficacia que en la primera entrega, y el segundo es una exhibición física de Cruise (el numerito de la escalada, vamos). A partir de ahí, y al margen de que Anthony Hopkins robe la película en sus tres breves apariciones, y la famosa confusión entre sevillanas-Fallas-Semana Santa andaluza, si De Palma se fijó en Con la muerte en los talones, Woo monta su propio remake de Encadenados, en el que Hunt se enamora de la ladrona Nyah, sin saber que el papel de esta en la misión es volver con su ex para averiguar qué trama.

La diferencia con el film de Hitchcock es que Cary Grant, en una de sus mejores interpretaciones, nunca dejaba claros sus sentimientos hacia el personaje encarnado por Ingrid Bergman. Y si en la famosa cinta no se revelaba qué ocultaba el malo (el famoso mcguffin), aquí se trata de un virus extremadamente mortal.

La primera parte de la película, más de la mitad del metraje, se convierte, pues, en un film de suspense un tanto aburrido y estirado en exceso. De hecho, pese a un argumento mucho más simple que su predecesora, aquí tenemos más metraje, lo que perjudica claramente a la película. Todo resulta bastante previsible e incluso hay momentos para el ridículo, como el numerito de la persecución de coches entre Hunt y Nyah. Y es que a veces se pasan de estilosos.

Pero tras una espléndida doble utilización de las máscaras, el suspense deja paso a la acción en estado puro y a la vocación de esta secuela por el cine de palomitas. Ahí es donde emerge el mejor Woo, y tras el habitual descenso en picado de Hunt, mucho más espectacular que en la primera entrega pero también más aparatoso (el malo ya avisa que a Hunt le encanta “entrar por arriba”), tenemos más de media hora de acción sin descanso, con Cruise repartiendo patadas como nunca y una antológica persecución en moto. Y con Thandie Newton, espléndida como Nyah, desapareciendo por completo para que Cruise acapare plano tras plano.

Aquí encontramos a dos equipos enfrentados, el que lidera Hunt y el de su enemigo, de nuevo un agente de la Fuerza Mission Impossible que se cambia de bando en busca de dinero fácil. Pese a ello, Hunt es más protagonista que nunca, ya que Ving Rhames es más secundario que nunca y el piloto del helicóptero apenas suelta un par de chistes sin gracia. Y es que el reparto estuvo muy por debajo del de la primera entrega, confiando todo el éxito del film a un Cruise que aún estaba en la cresta de la ola, rodeado de semidesconocidos como el villano de esta ocasión o la chica, con la que ahora sí mantiene un romance clásico. Tampoco hubo la gran variedad de escenarios de la primera misión, reducida básicamente a Sevilla y Sidney. Eso sí, si en la anterior ocasión se confió la nueva versión del tema central a la mitad de U2, ahora el tema central se lo encargan a Metallica, que también pasaba por uno de sus momentos de mayor gloria tras haber abrazado el grunge.

La película, como era de esperar, no gustó a la crítica y ha quedado como el gran borrón de la saga, pero arrasó en la taquilla, superando los números de la primera entrega. Así que Cruise no se lo pensó mucho para abordar un nuevo capítulo… y remediar los errores cometidos.

La frase: Cuando Hopkins revela el papel de Nyah en la misión, Cruise, ya enamorado, objeta que ella “no está entrenada” para una misión que consiste en fingir que ama a su ex y hacer que le confíe sus secretos. Respuesta de Hopkins: “¿No está preparada para seducir y mentir? Es una mujer, no necesita más entrenamiento”. Viva la misoginia.

Mission 3 (2006): J. J. Abrams sabe lo que hace

Y otros cinco años esperó Tom Cruise para convertir la saga M:I en trilogía. Para entonces su estrella empezaba a apagarse pero el actor aún era un reclamo sólido para la taquilla, aunque M:I:3 (2006) no igualó los números de la segunda entrega.

Cruise volvió a cambiar de director, y esta vez se la jugó con un debutante en la gran pantalla. Claro que J. J. Abrams ya era por entonces el nuevo rey Midas de la tv, el Spielberg de la pequeña pantalla, donde había creado series como Alias y sobre todo, Perdidos. Si algo comparte Abrams con Spielberg (véase Super 8) es que no deja nada al azar y cuida hasta el último detalle, algo evidente en cada plano de M:I:3, que, digámoslo ya, tal vez sea el mejor capítulo de la serie cinematográfica, incluso superando el espectáculo de primera facturado por De Palma.

Para empezar, Abrams tomó buena nota de la primera aventura de Ethan Hunt, al que volvió a enviar a ciudades como Shanghai o el Vaticano, y al que de nuevo rodeó de un completo equipo en el que Ving Rhames recuperó protagonismo, convertido en la voz de la conciencia de Hunt. Junto a ellos, la espectacular Maggie Q (pre Nikita) y el británico Jonathan Rhys Meyers (pre Match point y Los Tudor), a quienes se esforzaron por darles papel.

Pero sobre todo se incorporó a un villano de altura, el mejor que ha dado la serie, un personaje implacable encarnado con gran eficacia por Philip Seymour Hoffman, que acababa de ganar el Oscar al mejor actor por Capote.

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Abrams elaboró un guión mucho más intrigante que el de la segunda entrega, pero mantuvo las altas dosis de acción de aquella, reparando además otro error que cometió Woo, dejarlo todo para el final. M:I:3 resulta frenética de principio a fin, sin dar un respiro al espectador. Y todo ello sin que la trama se resienta.

Las nuevas aventuras de Hunt (que recupera el pelo corto) también incorporan por primera vez el humor, tanto en las intervenciones del personaje que encarna el británico Simon Pegg (el informático de turno) y en otros momentos puntuales, como la discusión que mantienen Cruise y Rhys Meyers en Roma. Y si en la segunda entrega Hunt recibía la misión mediante una proyección en unas carísimas gafas de sol de última tecnología, Abrams se permite bromear haciendo que en esta ocasión reciba el mensaje en una cámara de fotos de usar y tirar.

En el fondo, como sus predecesoras, M:I:3 asume las influencias de su época, y donde la primera era una cinta de espionaje a lo James Bond y la segunda una de acción, aquí la mayor influencia son las series y películas que renovaron el género de acción a principios de la última década. Hablamos de la trilogía de Jason Bourne con Matt Damon, y sobre todo de 24. Así que hay glamour, pero también un tono más oscuro y grim and gritty’ como en la primera misión del film, una operación de rescate mucho más propia de Bourne o Jack Bauer que de Bond, en la que por cierto interviene Keri Russell, la televisiva Felicity, que luego se convertiría en la espía de The Americans.

Acostumbrados a ver las oficinas de la UAT en 24 o las de los forenses de CSI, por primera vez Abrams nos muestra las de la F:M:I, incluyendo a dos de sus jefazos, Laurence Fishburne, que aporta carisma y algunos de los momentos más intensos de la cinta, y Billy Cudrup como amigo de Hunt. Y si en la UAT siempre hay un topo, aquí también se mantienen las tradiciones, ya que si en la primera el enemigo estuvo oculto y en la segunda al descubierto (y salimos perdiendo), Abrams, muy listo él, utiliza dos enemigos, uno al descubierto, rebosante de carisma, y otro oculto para mantener la intriga y garantizar la sorpresa final. El director norteamericano demuestra además ser mejor émulo de Hitchcock que Woo, ya que en esta ocasión el objeto que persiguen los protagonistas, la famosa “pata de conejo”, es un auténtico mcguffin.

M:I:3 arranca con un breve y brutal prólogo en el que Hunt está totalmente contra las cuerdas, que clava al espectador a la butaca, de donde Abrams ya no lo suelta. A partir de ahí nos vamos a unos días antes, con Hunt a punto de casarse con una chica que no es con la que le dejamos al final del film anterior. Nada que ver con aquella espectacular ladrona de altos vuelos atraída por un agente secreto, la nueva pareja es una enfermera que no sabe nada de la doble vida de Hunt, retirado como agente de campo y dedicado a entrenar nuevos agentes. Ese secreto es otra baza que maneja con maestría Abrams de principio a fin, con la complicidad de Michelle Monaghan, que cumple sobradamente como nuevo interés amoroso de Hunt.

Pero nuestro protagonista acaba volviendo a la acción en la primera misión de la cinta, que dará lugar a varios interrogantes. Así que el equipo se lanza a una segunda misión. Ya hemos dicho que Abrams maneja todos los resortes, y si la primera era un rescate en plan militar, el Vaticano se convierte en el escenario ideal para que el equipo muestre su habilidad en el disfraz, en la escena más al puro estilo de la primera película.

La tercera misión sirve para que Hunt haga de nuevo el más difícil todavía lanzándose desde los aires, aunque antes tendremos el espectacular rescate del malvado en plena autopista en medio del mar (espectacular se queda muy corto) y la fuga, al más puro estilo Hannibal Lecter, de Hunt en las instalaciones de la F:M:I.

Y aún queda volver al punto de partida y ver cómo Hunt corre como nunca para salvar a su amada. Desde luego Cruise acertó al darle los mandos a Abrams, que facturó una diversión de primera con todo lo que se le puede pedir a un film de este tipo, algo en lo que Abrams es un especialista, y ahí están también sus dos entregas para revitalizar Star Trek. Tal vez por ello Abrams se ha mantenido vinculado a M:I como productor de las dos últimas entregas.

Missión 4 (2011): 50 tacos y en plena forma

15 años después de la primera entrega, y con casi 50 años a sus espaldas, Cruise retomó la saga para conseguir su primer gran éxito tras varios años por debajo de su nivel. Y es que el debut de Brad Bird, director de Los increíbles, en el cine “real”, se saldó con un gran espectáculo de acción que se mantenía en esa senda retomada por Abrams.

article-2320579-19A78BCC000005DC-563_634x753La principal novedad fue el toque de humor, con Simon Pegg ganando protagonismo y sin que la apuesta por unas dosis de comedia perjudicase a las tramas de intriga y al clima de tensión. No lo hacía mal Jeremy Renner, aunque se esperaba más de él y de su personaje. Pero la revelación fue Paula Patton, con la que se consiguió lo que estuvieron a punto de hacer en la tercera parte con Maggie Q, darle un papel de verdad, más allá de lucir su físico.

En cambio, el malo dejó mucho que desear, sobre todo tras la exhibición de Philip Seymour Hoffman, aterrador en el film precedente. Y aunque nos venden que la F:M:I es desmantelada y el equipo de Hunt queda solo ante el peligro, lo cierto es que siguen teniendo cochazos espectaculares, jets privados y todo tipo de artilugios de última tecnología. De hecho, y salvo en la segunda entrega de la saga, Hunt está más que acostumbrado a tener que apañárselas solo con su equipo y a ir contra los jefazos de la F:M:I, por lo que no hay ninguna novedad, sino que los guionistas se mantienen fieles a las señas de identidad de esta serie.

La trama tampoco fue la mejor de la saga, tal vez incluso solo por encima de la segunda (¿ah, pero, tenía trama?), lo que no impidió que Brad Bird llevase la cinta con mano firme durante la mayor parte del metraje, convirtiendo esta nueva entrega en todo un espectáculo de acción y suspense, al nivel de lo mejor que puede dar Hollywood. Incluso, en lo que tal vez sea el mejor hallazgo del guión, resolvieron de una manera brillante la cuestión romántica, de la que poco más se puede decir sin revelar demasiado.

La escena: Tenían una buena papeleta después de los tres prólogos anteriores, sobre todo el último, brutal, así que lo solucionaron optando por otra vía: acción in crescendo, fondo musical de Dean Martin y mucho humor. Diferente, pero igualmente efectivo.

Mission 5 (2015): Hasta el infinito y más allá

Dice el dicho que no hay quinto malo y lo cierto es que la quinta entrega de la saga, que no será la última, supera en todo a la anterior y se sitúa entre lo mejor de la serie. El principal culpable, el señor Chistopher McQuarrie, a quien sobre todo le debemos el guión, premiado con un Oscar, de aquella joya del cine negro titulada Sospechosos habituales.

McQuarrie ha forjado una sólida alianza en los últimos tiempos con Cruise, para quien ha escrito Valkiria o Al filo del mañana, y dirigido la más que apreciable Jack Reacher, que pronto tendrá secuela. Su estreno en Missión: Impossible se salda con un ritmo trepidante, calcado al de las dos últimas entregas, y un guión que supera en mucho al de su predecesora y a ratos recuerda bastante a las claves de Sospechosos habituales.

Nación secreta mantiene todas las virtudes de Protocolo fantasma, incluido el sentido del humor, pero se crece al paliar todos los defectos de aquella, especialmente la falta de un villano de entidad, un interés amoroso –o algo parecido– para Hunt y una trama de espionaje más enrevesada y con matices. También podemos añadir que mientras la cuarta entrega solo tenía tres escenarios –Moscú, Dubai y Bombay– ahora vamos saltando de un lugar del globo a otro sin parar. La falta de originalidad, eso sí, queda patente en que, como siempre, la fuerza M:I es desmantelada y Cruise y los suyos quedan solos, para variar.

Cruise sigue en plena forma y quien le da la réplica en esta ocasión es la actriz sueca Rebecca Ferguson, auténtica estrella del film, y una muestra más de que el actor sabe elegir a su partenaire femenina –y darle el protagonismo que merece– desde hace ya unas cuantas películas. Aquí Ferguson rueda cada escena con belleza, estilo para dar y tomar y un papel clave, el de la mujer fatal que nunca sabemos si está de parte del bueno… o del malo.

Por lo que respecta al resto de la Fuerza Mission: Impossible, Simon Pegg es quien más metraje comparte con Cruise, mientras que Renner queda bastante al margen, sin apenas intervenir en las escenas de acción. La nota positiva es la recuperación de Ving Rhames, cuya presencia había sido testimonial en la anterior entrega.

Por lo demás, Nación fantasma funciona como un greatest hits de la saga, incluyendo persecuciones en moto, el inevitable salto al vacío, peleas, chistes y una mayor profundidad en el guión que se echaba en falta. Todo lo necesario para demostrar que durante las dos últimas décadas, es sin duda la saga de acción que mejor ha sabido mantener un nivel alto y mucha coherencia.

El dato: Más allá del divertidísimo prólogo, con la famosa escena del tráiler con Cruise agarrado a la puerta de un avión en pleno despegue, el actor ha cuidado siempre hasta el último detalle a su criatura mimada, y en esta última entrega encontramos en la producción a China Films y Ali Baba Pictures. Cruise sabe dónde está el dinero, y qué mercados son el futuro.

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