Ángel Vilarello, Número 36, Opinión
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Empujando

Por Ángel Vilarello. Viernes, 4 de septiembre de 2015

ANGEL_GURB

Ángel Vilarello

Recientemente he vuelto al barrio donde he pasado gran parte de mi vida, más de 35 años pateando las calles de un barrio obrero, lleno de gente humilde. Supongo que como les ocurre a todos, en mi cabeza brillan mayormente recuerdos de infancia, en una calle por la que apenas pasaban coches y que sólo abandonábamos tras los insistentes gritos de nuestras madres para que fuésemos a casa, a riesgo de tener que evitar alguna zapatilla voladora de alta precisión en caso de no obedecer a tercer o cuarto aviso. Tal vez deberían convertir el lanzamiento de pantuflas en deporte olímpico. Ya me imagino al veterano equipo español femenino arrasando en el medallero.

Recuerdo con claridad mucha de la gente que creaba una especie de ecosistema social de la que formaba parte. A algunos con cariño, a otros con cierto rencor, y a muchos, con una inocua indiferencia. No podía ser de otra manera. Entre aquel heterogéneo reparto de personajes, despertaba de manera especial mi atención un hombre adulto que cada día empujaba por aquellas calles una silla de ruedas en la que iba sentada su hija, que sufría una importante discapacidad tanto física como psíquica. En mis primeros años, me quedaba quieto mirándolos, seguramente porque la chica tenía aproximadamente mi edad. No recuerdo si era una mirada de incomprensión, curiosidad, compasión o una mezcla de todo ello.

Pasaron los años y el padre seguía fiel a su cita diaria sin importar si llovía o hacía frío, siempre se las arreglaba a pesar de que ni la silla, ni las aceras, ni por supuesto los locales estaban adaptados para hacerles la vida más fácil. Si algo cambió a medida que me hacía mayor, era el motivo de mis observaciones que poco a poco se iban centrando en el padre y en cómo actuaba cada vez que tenía que limpiar los fluidos incontenidos de su boca o afrontar lo que parecían ser ataques de ira llenos de gritos y convulsiones. Aquello era una soberbia demostración de amor y paciencia. Un verdadero ejemplo.

A pesar de recordar aún cada baldosa que pisaba, iba caminando como un guiri en Plaza España, absorto en los detalles, buscando el mínimo cambio, observando los nuevos negocios, el aumento de la población inmigrante, las caras conocidas, los sonidos, los colores, las fachadas, el edificio de aquella estrecha calle en la que me había criado, el pequeño colegio de la mítica E.G.B. convertido en un gimnasio o el aroma del horno de la vieja confitería. Pero quizás lo que más me impactó fue ver como aquellos vecinos que atusaban mi cabeza al verme de niño, se habían convertido en ancianos, algunos con evidentes signos que la salud les estaba abandonando a pasos agigantados.

Era tan triste como inevitable, ver como la vida se apaga alrededor. Mis pasos ahora se habían vuelto más lentos, y mi mirada, ya no era tan brillante como antes, como la que tenía de niño, como la que teníamos cuando todo nos asombraba y no nos preocupábamos más allá de lo que hacíamos en cada momento. De pronto giré la cabeza, tal vez buscando nuevas caras en la acera opuesta, y allí estaba él. Aquel hombre que observaba de niño seguía empujando la silla de su querida hija. Ella se había convertido en una mujer adulta, pero sólo biológicamente, el resto seguía igual. Él no había cambiado su amorosa forma de actuar, pero su físico sí, otra víctima del inexorable paso del tiempo. Calculo que tendrá más de 80 años y cada movimiento, cada bordillo, cada escalón, le suponía un enorme esfuerzo, que no le impedía seguir completamente atento a cada necesidad de su amada descendencia.

Me fui apenado, pensativo, intentando saber hasta cuándo podrá ese abnegado padre seguir empujando a su hija como lo ha hecho toda la vida. Un pensamiento me lleva a otro y me pregunto si el buen hombre dispondrá de algún tipo de ayuda, me pregunto si volveré a verles de nuevo juntos, intento hacer un cruel ejercicio de imaginación pensando si tal vez la muchacha pueda tener algún tipo de consciencia respecto a su situación y la de su progenitor.

En esta sucesión de reflexiones vienen a mi mente las vergonzosas justificaciones de nuestra clase política cuando hablan de la necesidad de hacer recortes, entre ellos por supuesto los destinados a las ayudas a la dependencia. Y claro, como uno es un bruto, se me calientan los cascos y entro en Ebay con la intención de comprar un puto lanzallamas. Lástima, no es viable. ¿Dónde está la globalización y el libre mercado cuando se les necesita?

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