Literatura, Sandra Sanz
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El viaje

Por Sandra Sanz. Viernes, 25 de septiembre de 2015

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Nada menos que 34.000 kilómetros a pie. Eso calcula Paul Salopek, el hombre que recorrerá el mismo camino que nuestros ancestros, los homo sapiens. Desde el estrecho de Bab e Mandeb en África, hasta Tierra de Fuego en Chile. “Voy en pos de una idea, una historia, una quimera, quizás una locura. Persigo fantasmas”, escribe. “Camino para rememorar”. Valiente, inconsciente o un poco de ambas, no dejo de pensar en los siete años de su vida que tendrá que invertir en ese viaje. Siete años sin contacto con los suyos, sin poder establecerse, siete años en los que solo estará de paso. Una vida nómada. Y me pregunto: ¿por qué? ¿por qué viajar? ¿qué necesidad irresistible es esa de estar en otro lugar?

Un amigo me respondió: “si no rompes con la monotonía es como una muerte consciente”. Puede ser, pero nadie se ha muerto por no viajar… al menos hasta la fecha. Me puse a buscar respuestas y encontré muchas, opuestas y válidas, reconocibles y extrañas. Una pregunta y un viaje en busca de una respuesta.

Algunos, dichosos al huir de una patria infame
Otros, del horror de sus orígenes, y unos contados
Astrólogos sumergidos en los ojos de una mujer
La Circe tiránica de los peligrosos perfumes.

El poeta Baudelaire sabía de ese torbellino, del todopoderoso amor capaz de hacer las maletas las veces que haga falta. “I want to travel with her, I want to travel blind”, cantaba Cohen a Suzanne. Un impulso bestial por alejarse del mundo y sumergirse en la ensoñación amorosa. Una huida de la realidad incluso de un pasado de hormigón como el matrimonio de Samuel y Florence Backer por tierras africanas. Tal vez sean las personas los verdaderos viajes. La respuesta se me resiste.

Por ambición, otro tipo de amor, supongo. La ambición por ser el primero, por marcar la diferencia, al estilo de Edwin Peary, Ross, Franklin, Shackleton y otros cientos marineros que no pudieron contarlo. Se embarcaron hacia los polos y se vieron envueltos en una lucha desigual contra la naturaleza. “El infierno no puede ser de fuego, ni hogueras, sino frío y nieve, la ausencia de calor y de esperanza”, describe Javier Reverte en su Mares Salvajes. El apabullante color blanco, el aislamiento, el escorbuto. La muerte. Y lo sabían. Y fueron. Y transformados en héroes, se embarcaron de nuevo. ¿Por qué apostar la vida? La respuesta se me resiste.

Con poco que llevar en el bolsillo o con una treintena de baúles, como la pobre niña rica Alexine Tinne, incapaz de desembarazarse de su yo cotidiano. La angustia de la lejanía, tal vez. Baúles repletos de ropa, vajillas, libros, cajas e incluso animales de compañía, completaron su caravana en 1863 hacia el interior de África. Quería ver paisajes. Ingenua, perdió las manos y la vida a golpes en el desierto del Sáhara con 33 años.

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Alexine Tinne, la exploradora holandesa que trató de resolver el enigma de los orígenes del Nilo.

A los 25 años y doscientos años después, la periodista argentina Leila Guerriero tan solo se había subido a cuatro aviones. Siempre quiso “ver paisajes”, sin más. Luego encontró sus razones: “Viajo para recordar que no es bueno sentirse seguro ni aún seguro, a salvo ni aún a salvo. Viajo para moverme, que es la única forma de vida que respeto”. Algo con lo que no estaría del todo de acuerdo el escritor Óscar Calavia. “¿Es esto un viaje, ésta espera de días vacíos?”, se preguntaba asqueado mientras cubría cientos de kilómetros por la escurridiza Amazonia brasileña. En su libro Dos viajes de vuelta reflexiona: “prefiero pensar en el viaje como en una especie de grado cero de la aventura, aquella que el viajero emprende con inocencia”. ¿Es acaso posible, en un mundo como el nuestro en el que todo se sabe, se busca, se encuentra, partir con los ojos de un niño? La respuesta se me resiste.

El escritor logroñés así lo siente: “uno de los placeres del viaje es el de no entender. No entender lenguas, costumbres, no entender por qué se junta allí lo que aquí se separa o viceversa”; y añade: “No entender puede librar de la rutina de entender siempre igual”. Una suerte de antídoto por librarse de la angustia existencial que a veces nos azota, del decrépito pasar de los días sin que el corazón lata más fuerte y sin que el sudor frío ataque por la espalda. “Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un noviembre húmedo y lloviznoso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes (…), entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda. Es mi sustitutivo de la pistola y la bala.” El Ismael de Melville, deseoso de zafarse del desasosiego, aceptó formar parte de la expedición ballenera a la caza de Moby Dick. El oscuro objeto de deseo, el leitmotiv de su viaje. “Tan portentoso y misterioso monstruo despertaba toda mi curiosidad”.

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Un fotograma de Moby Dick, de John Huston, una historia sobre viajes exteriores e interiores.

Embrujado por el magnetismo del océano, Ismael partió. En tierra, el río Spree serpenteaba mientras Franz Hessel recorría con largas caminatas el Berlín de su infancia. Con la mirada de un turista –¿será lo mismo que viajero?– caminó por los bulevares berlineses de los años veinte. Fábricas, teatros, centros comerciales. El siglo XX se abría paso con su modernidad y Hessel, en su Paseo por Berlín, en su Berlín Secreto, quería “rescatar la primera mirada de la ciudad en la que vivo”. Descubrir su pasado e incluso, tal como él relata, adentrarse en su futuro. El porvenir de Berlín es por todos conocido. El desastre hitleriano destruyó aquella ciudad, detallada por Hessel con profundo cariño. Un ejercicio de observación y paciencia que también ejerció con su otra debilidad, París.

Pocas ciudades despiertan tanta predilección. Bien lo sabía Julio Camba, “el sociólogo de las urbes”, según Francisco Umbral. Sus impresiones sobre la ciudad de la luz –y otras tantas capitales europeas– se convirtieron en artículos costumbristas propias de un nómada juguetón, aburguesado y maestro en el arte de observar. “Yo colecciono países”, llegó a decir. Un corresponsal que desde su españolismo más ácido, encontró la magia en el cotidiano foráneo.

De todo lo contrario, del día a día, ha huido el fotógrafo francobrasileño Sebastian Salgado. Un hombre que desde niño contaba el viaje en tiempo y no en kilómetros. Su obra recorre los espacios que aún no han sido mancillados por el hombre, una búsqueda de lo remoto, del Génesis. “Creo que viajo por el placer de volver. La gran alegría en mí se produce cuando tomo ese último taxi que me lleva a casa”. Y esa es la gracia de los viajes, que uno siempre parte con la intención, tardía o no, de regresar.

Pero a mí la respuesta se me sigue resistiendo y los versos rabiosos de Elisabeth Bishop no me ayudan:

¿Qué infantilismo nos empuja,
mientras queda un aliento de vida en nuestros cuerpos,
a correr para mirar el sol desde el otro lado?
¿para ver el más pequeño colibrí verde del mundo?

¿Por qué salir, por qué exponerse, por qué viajar? “Uno no vive fuera para descubrir a los demás, sino para descubrirse a sí mismo. Quizá para vivir dentro hay que vivir fuera”, sentencia Javier Cercas en uno de sus artículos. La respuesta, para variar, se me resiste. Mientras leeré mi futuro en los posos de café turcos, encontraré la ciudad Z junto a Fawcett y dejaré que los indígenas samoanos me rebauticen con el nombre de Tusitala.

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Sandra Sanz

8 Kommentare

  1. Muy bonito este escrito, de verdad mueve la tecla de los apasionados por conocer el mundo. Gracias por compartir este maravilloso post, ¡que sigan los éxitos! Muchos saludos.

  2. Lina dicen

    Me encanta!!! Muy bien escrito. Te invita a viajar. Gracias Sandra.

  3. Rossana Karunaratna dicen

    Me encanta. Me hizo volver a mi propio viaje desde el continente Americano hacia Asia del Sur – por amor. Nunca voy a olvidar los comentarios de gente sorprendida ante “tal ” jornada.

  4. Pingback: El Viaje | be-breakbroke-broken

  5. zuzuki dicen

    Se viaja para buscar lo que rellenarà nuestros agujeros. Lo que nos darà consistencia como humanos al relativizar nuestra vida frente a otras vidas.

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