El Koko Parrilla, Humor Gráfico, Jose Antequera, Número 36, Opinión
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El fascismo

Por José Antequera / Viñeta: El Koko Parrilla

José Antequera

José Antequera

Por un momento, gran error, creíamos haber enterrado a Hitler para siempre. Pero resulta que no ha habido solo un Hitler en la Historia, sino muchos, una sucesión de Adolfos con diversos uniformes y bigotes aunque con una misma idea en la cabeza: someter al ser humano al yugo de la opresión. Ahora estamos asistiendo al advenimiento de nuevos imitadores de Adolfo, solo que resultan vulgares sucedáneos: Donald Trump, Le Pen, Kim Jong-un… La lista es larga y en cada pueblo hay uno. Pero no nos equivoquemos. El fascismo no es únicamente la ideología disparatada de un líder más o menos zumbadillo, ni un episodio pasajero y aislado del siglo XX, ni una fase concreta en la loca dialéctica hegeliana de la historia. El fascismo anida en lo más profundo del hombre, es la constante malvada, cruel, primaria de este mono desnudo que un día se levantó de la charca para enviar cohetes a Marte, ya lo dijo Kubrick. El fascismo no es más que una palabra inventada por Mussolini, una idea del viejo siglo XX que aún empleamos, inútilmente, para intentar explicar el futurista siglo XXI que se nos viene encima. Un término que hemos vaciado de contenido a fuerza de usarlo, olvidando que todo lo oscuro y brutal que hay en nosotros mismos estaba encerrado en ese concepto maldito: la fascinación enfermiza por la patria y por la tierra, los símbolos y los mitos del pasado, el orgullo absurdo de la tribu, el odio al extranjero, al otro, a la raza distinta y distante, el ansia de poder, la furia innata del hombre, la pasión por el morbo y el crimen, la atracción libidinosa de la sangre. Por eso será imposible erradicar el fascismo, por eso siempre habrá brotes de fascismos en el mundo más o menos incontrolados o irredentos. Porque el mal hierve en cada uno de nosotros, latente, innato, pugnando por salir y darse un festín a poco que un idiota con uniforme militar sepa tocar las teclas adecuadas de nuestro cerebro. Los animales se mueven por instintos, el hombre por maldad. El fascismo es la fiebre crónica de la especie humana, la sicopatía histórica que el homo sapiens no sabe o no puede curarse. Por eso al fascismo no se le discute, se le destruye, como decía Durruti. Ahora que los refugiados huyen de las cimitarras del califato genocida de ISIS (un fascismo medieval que rebana cabezas y derumba templos romanos como quien derrumba castillos de naipes para rodarlo todo en Youtube, que es el nuevo cine de los tontos), ahora que miles de apátridas se agolpan por millares a las puertas de Europa, digo, asistimos al peor revival fascista, que como todo hoy en día ya no es un fenómeno local, sino globalizado. El fascismo de este siglo es una multinacional que se exporta como la Coca Cola y los Le Pen conquistan ayuntamientos en Francia; los griegos traicionados por Tsipras se dejan seducir por Amanecer Dorado; y los civilizados y frígidos escandinavos, hasta ahora seres racionales nada dados a las pasiones turbulentas (salvo en las novelas policiacas) caen rendidos a los pies de los neonazis.

Un viento frío y cruel recorre Europa de Norte a Sur, helando los corazones de los europeos, y en España el Gobierno coloca al hijo de Tejero, golpista y espadón de toda la vida, en el Consejo de la Guardia Civil. Otro síntoma claro de que el enfermo empeora. Bruselas debate cómo nos repartimos a los refugiados, cómo nos dividimos el chapapote humano que nos llega de Oriente y que hemos creado nosotros mismos con nuestro capitalismo colonial, nuestras guerras de conveniencia, nuestros intereses petrolíferos y nuestros negocios de armas. Para Europa, la vieja y decadente Europa, los refugiados no son más que números, porcentajes, cuotas que hay que repartirse, como la cuota de las vacas o las cuotas pesqueras, simples decimales que hay que reubicar y redistribuir en novísimos campos de concentración, guetos apartados, criaderos de yihadistas, donde ya no se mata con gas zyklon pero se aplica el gas más lento de la miseria y la injusticia. Ellos, los otros, los exiliados, los sin patria, llegan a Europa dando vítores a Alemania en la falsa creencia de que entran en la tierra prometida de los derechos humanos. Sueñan con subir a los trenes alemanes que antes llevaban judíos a Auschwitz y que ahora llevan sirios a ninguna parte. A eso está jugando Europa, a cambiar sirios de lugar, a llevarlos de aquí para allá en un trueque infame, como si así se resolviera el marrón. Hasta que al final los desplazados se dan de bruces con el muro alambrado de la realidad y descubren que Alemania no es ese paraíso civilizado que está todo el día comiendo salchichas y jugando a la Bundesliga. Ven cómo les cierran las estaciones en Budapest, ven cómo los recluyen en cárceles apestosas de Macedonia o les envían a la Policía serbia, para que se vayan enterando de lo que es Europa, el primer bastión de otro fascismo financiero revestido de falsa democracia. En ISIS mandan los señores de negro del islam, en Europa mandan los señores de negro de la troika. De modo que huyen de la Málaga legendaria de Damasco para meterse en la Malagón imperial de Berlín, donde les espera el gueto polaco que aún sigue allí, la mendicidad y un batallón nocturno de cabezas rapadas. Europa ya no es ese destino mítico lleno de oportunidades que ellos creían y los europeos, también maltratados y abandonados por sus propios gobiernos, apátridas en sus propias patrias, se han hecho insensibles, crueles y egoístas. Es el ser humano dividido por la raza, enfrentado por el victorioso capitalismo. Es la trampa de Occidente. Pongo la televisión y veo, entre anuncios gilipollas de compresas, axilas depiladas y la anciana octogenaria que quiere contemplar las últimas pichas de su vida en playas nudistas, la imagen repetida de Aylan, ese niño sirio limpio y digno que flota como un ángel decente a este lado del mar de la muerte. Tan quieto, tan frágil, tan dulcemente asesinado. Ese niño que era la vida, la esperanza, el futuro. Hemos matado a Voltaire. Solo nos queda sentarnos y cantar y brindar por los viejos tiempos pasados del humanismo. Y esperar resignados a que llegue un nuevo Adolfo. Ya se ven volar las águilas, el fragor de los brazos en alto. Heil.

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