Alfredo Piermattei, Editoriales, El Petardo, Humor Gráfico, Número 37
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Editorial: El inevitable choque de trenes en Cataluña

Ilustraciones: Alfredo Piermattei / El Petardo. Viernes, 18 de septiembre de 2015

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   Editorial

El día 27 no solo se decide el futuro de Cataluña, también se decide el futuro de España. Los partidos independentistas, agrupados en una coalición bajo el nombre de Junts Pel Sí, han anunciado que irán hacia una declaración unilateral de independencia en el caso de que consigan la mayoría de escaños, sin que necesariamente obtengan la victoria por la suma de votos. De esta manera, y con la excusa de que el Estado español no ha permitido la celebración de un referéndum a la escocesa, han convertido unas elecciones autonómicas en unas plebiscitarias. Por su parte, el gobierno de Mariano Rajoy ya ha dicho que sea cual sea el resultado de los comicios, la independencia de Cataluña es algo que nunca, bajo ningún concepto, negociará o consentirá. De modo que en estos momentos las posiciones se encuentran enfrentadas, en un callejón sin salida, y el clima de crispación irá en aumento conforme avance la campaña electoral. Ya se empiezan a escuchar eslóganes y declaraciones fuera de tono, como las realizadas por algún miembro del Partido Popular, que ha llegado a insinuar que España tendría que enviar los tanques a Barcelona si finalmente gana el sí a la independencia, o las vertidas desde el lado soberanista, donde algún iluminado cree que los catalanes deben estar preparados para dar la vida por la causa independentista si el Estado español da luz verde a la suspensión provisional de la autonomía. Estas afirmaciones demuestran que el fanatismo, el nacionalismo más exacerbado, tanto catalán como español, y la intransigencia se han instalado ya en la vida pública catalana. La gran pregunta a estas alturas es si todavía hay tiempo, si todavía queda un espacio para un diálogo que consiga desbloquear las posturas y lograr puntos de acuerdo, evitándose así el abismo al que parece que nos dirigimos todos, españoles y catalanes. Al margen de lo que suceda el día 27, es hora de la alta política y aquí cabe preguntarse si son los actuales líderes políticos los más adecuados para resolver el conflicto, que a estas alturas, a pocos días para las elecciones más importantes de la historia de Cataluña, se encuentra en una vía muerta. Felipe González ha calificado la situación de “choque de trenes” y considera que ni Mas ni Rajoy están capacitados ya para la negociación. Conviene no perder de vista que el presidente de la Generalitat no puede dar su brazo a torcer después de haber empeñado su carrera política en su plan soberanista y mucho menos tras las noticias de corrupción y de sobornos al 3 por ciento que están salpicando a su partido, CDC. Seguir adelante con el procés con el apoyo de los sectores más extremistas del independentismo como Esquerra Republicana y otros, apostar por una ciega huida hacia adelante con la ayuda de unos socios poco recomendables, puede ser la única salida que le quede ya al honorable president. Pero es que en el otro bando nos encontramos al que quizá sea el presidente de España más impasible, falto de reflejos y poco valiente a la hora de tomar decisiones políticas de toda nuestra historia reciente, un presidente previsible, como él mismo se califica, un hombre que deja que los problemas se enquisten y se pudran sin tomar medida alguna, un rasgo de carácter que sin duda solo contribuye a alimentar la impaciencia de los independentistas, que se sienten frustrados y ninguneados desde Madrid.

El fanatismo, el nacionalismo más exacerbado, tanto catalán como español, y la intransigencia se han instalado ya en la vida pública catalana

El problema catalán necesitaría de un líder político carismático capaz de tomar el toro por los cuernos y promover una mesa de diálogo con todos los partidos políticos en busca del ansiado acuerdo, pero nada de eso se está haciendo. No parece pues que estemos ante el gran estadista que necesita España en estos graves momentos, sino más bien ante el registrador de la propiedad timorato y gris incapaz de hacer frente al mayor desafío que se le plantea a la democracia española desde el 23F. Rajoy ha tenido dos años para sentarse a negociar con Mas y no lo ha hecho. Ha preferido quedarse sentado, esperar, dejar que pasara el tiempo, mientras en Cataluña seguía creciendo el religioso fervor nacionalista y las manifestaciones soberanistas eran cada vez más clamorosas y multitudinarias. El presidente ha dimitido de este problema por inasistencia, por incomparecencia. Ha arrojado la toalla y escondido la cabeza debajo del ala, como un avestruz, por no oír hablar de Cataluña y de sus problemas, en la mejor tradición del absolutismo centralista castellano que tan malos resultados ha dado a España a lo largo de su historia.

el petardo buena

Desde que los Reyes Católicos firmaran la unión entre los reinos de Castilla y Aragón, España y Cataluña han pasado por más de cuatro siglos de amores y desamores, encuentros y desencuentros, esperanzas y rencores históricos que han terminado germinando en esta especie de hastío general al que hemos llegado. El reconocimiento a la identidad cultural de Cataluña es algo que Madrid nunca ha sabido resolver, unas veces por la torpeza y el absolutismo de sus reyes borbónicos y otras por las circunstancias históricas adversas, como ocurrió durante la Segunda República, cuando se dotó a Cataluña de amplias competencias truncadas con el golpe de Estado de Franco. Luego llegaron 40 años de represión del pueblo catalán, cuarenta años en los que la dictadura aplastó una lengua, una cultura y una sociedad ricas y propias que siempre fueron la gasolina que impulsaba el motor económico de Cataluña y de España. Hasta que en 1978 los españoles aprobaron la Constitución y una nueva puerta a la esperanza se vio abierta. Desde entonces los catalanes han gozado del periodo de mayor autogobierno y respeto a su cultura e instituciones de toda la historia. Hoy la sociedad catalana es próspera y la renta por habitante de las más altas (pese a la crisis); el catalán se enseña en las escuelas y es el idioma cooficial; la mayoría de competencias como sanidad y educación están transferidas; Barcelona goza del prestigio de haber sido capital olímpica gracias al apoyo que se dio desde Madrid; y los catalanes pueden ver su propia televisión en su propia lengua. Hasta se permite abuchear el himno español sin que ocurra nada en aras de la libertad de expresión, algo que en otros países sería impensable. Es cierto que todavía siguen existiendo agravios no resueltos, como dotar a Cataluña de un sistema de financiación y fiscal más equitativo, un reconocimiento explícito de Cataluña como nación en la Constitución española (o incluso como estado federal asociado) y quizás la inclusión de selecciones deportivas propias en las competiciones internacionales, como ya sucede con Escocia. Por lo tanto, todavía hay mucho margen para seguir negociando y reformando lo que haya que reformar. Pero parece que algunos, llevados más por viejos tópicos, complejos y rencores históricos están por el rupturismo y la liquidación de un sistema de convivencia que ha dado buenos resultados desde 1978 más que por la vía de la negociación y las reformas, una independencia que no solo sería un castigo demasiado injusto y desproporcionado para la España democrática que hasta ahora se había mostrado dialogante con los catalanes, sino un mayúsculo error de consecuencias imprevisibles que podría dejar a Cataluña incluso fuera del euro y con una fuga de capitales y de inversión ciertamente preocupante.

Todavía queda margen para negociar: se puede hablar de federalismo, de reconocimiento de Cataluña como nación dentro de España, de financiación

Cataluña y España comparten no solo lazos históricos sino lazos de sangre. Las familias catalanas son híbridas y muchas de ellas están formadas por andaluces, extremeños y murcianos emigrados en los años 50 y 60 del pasado siglo. Hasta la rumba, la música más universal de los catalanes, tiene orígenes hispanos. Querer construir un estado independiente donde un 44 por ciento de independentistas imponga sus tesis al otro 56 por ciento, como avanzan las encuestas, es no solo un absurdo, sino un desvarío de consecuencias impredecibles. Otra cosa es que el próximo 27S las urnas digan que el 75 por ciento de los catalanes quiere romper con España. Entonces habría que plantearse cuestiones mucho más profundas. Pero eso es algo que evidentemente no se va a producir. Con posiciones maximalistas, dogmáticas y fanáticas por ambas partes el único futuro que le espera a Cataluña es el de la fractura de su sociedad civil. Por tanto, siéntense a negociar, señores, que para eso les pagan los ciudadanos.

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Alfredo Piermattei

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