Alaminos, Gil-Manuel Hernández, Humor Gráfico, Número 36, Opinión
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¿Cuándo empezó la Tercera Guerra Mundial?

Por Gil Manuel-Hernández / Ilustración: Jorge Alaminos

Gil-Manuel Hernández

Gil-Manuel Hernández

La Primera Guerra Mundial empezó el 28 de julio de 1914. La Segunda Guerra Mundial lo hizo el 1 de septiembre de 1939. Sin embargo la Tercera Guerra Mundial en la que ya estamos inmersos no tiene una fecha clara de inicio, un momento definitivo en que, tras un periodo de paz, se iniciaran las hostilidades. Más bien se trata de una guerra global distinta de las demás: en primer lugar porque, debido a la intensificación de los procesos de globalización, afecta a todo el planeta; en segundo lugar porque se despliega progresivamente; y en tercer lugar porque parece que no haya una guerra mundial, y este último rasgo es el más inquietante de todos.

Aparentemente un estado de paz contenida reina en el mundo con conflictos regionales desperdigados aquí y allá. El capitalismo triunfa, la democracia representativa impera en más países que nunca y el desarrollo de la sociedad tecnológica de consumo sigue prometiendo el ansiado bienestar de las clases medias. Pero se trata de eso, de pura apariencia. Basta con descorrer el velo que los medios dominantes insisten en poner ante nuestros ojos, pues en eso precisamente consiste su negocio, para comprobar que el sistema mundial hegemonizado por el neoliberalismo tiene los pies de barro. La crisis económica de 2008 lo ha puesto crudamente de manifiesto.

Pero las cosas vienen de bastante atrás. De hecho sí hay dos fechas que podrían jalonar la explosión controlada de la Tercera Guerra Mundial. La primera es el 11 de septiembre de 1973, cuando el sangriento golpe militar de Pinochet, auspiciado por Estados Unidos, no solo acabó con la esperanza del triunfo de un socialismo humano por la vía democrática, mostrando al mundo que ni se podía ni se debía intentarlo, sino que puso en marcha la maquinaria neoliberal de opresión de los pueblos, de acuerdo con las delirantes y genocidas doctrinas económicas de la Escuela de Chicago, que pronto se extendería a otros países para llegar finalmente al Occidente desarrollado y “civilizado”. La otra fecha es el 11 de septiembre de 2001, cuando el atentado contra las Torres Gemelas y otros centros neurálgicos del poder de los Estados Unidos, producto de la bestia islamista que estos habían creado para combatir al decadente imperio soviético en Afganistan, fue el punto de arranque de otra espiral diabólica: para reactivar al país golpeado en su orgullo por el terrorismo se estimuló una orgía consumista a base de créditos baratos e irresponsablemente concedidos, especialmente centrados en los grandes bienes de consumo y en el mercado inmobiliario, un virus que pronto se extendió por el resto de países occidentales, con el consabido rosario de riesgos financieros sistémicos. Ya sabemos como acabó aquello.

Mientras tanto el deterioro medioambiental y de recursos no ha hecho más que recrudecerse y agravarse, propiciando una matriz de conflictos que tiene en común la lucha tanto por los recursos energéticos como por quitarse de encima el lastre de la degradación climática. El resultado está a la vista, aunque no se quiera ver: una guerra en África que no cesa desde los años 90 (la llamada “guerra mundial africana”); el pavoroso conflicto en Oriente Próximo, que ha visto implosionar viejos regímenes oligárquicos para dar a luz a monstruos como Al Qaeda, Al Sayyab o Estado Islámico; o las tensiones entre Israel e Irán, y ahora cada vez más entre Rusia y China por una lado y Occidente por otro. Por no hablar de las oleadas de inmigrantes y refugiados que buscan llegar al mundo rico, provocando una xenofobia creciente y el renacer del fascismo, y de la auténtica guerra social que subyace en la vida cotidiana de cada vez más países.

En realidad, podríamos definir la situación como una Tercera Guerra Mundial con forma de piel de leopardo, con esas manchas negras que son las guerras, algunas más grandes que otras, campeando sobre la piel amarilla de un mundo donde la desigualdad social constituye el mayor crimen contra la humanidad. Pero no lo olvidemos: el capitalismo necesita las guerras para su continua expansión. Hoy en día está llegando a sus límites, está acentuando sus más profundas contradicciones, y la gangrena que lo consume solo se puede aplazar un poco más con nuevas guerras, con nuevas masacres, con nuevos horrores. Es su única salida natural y mientras este sistema se sostenga en pie la guerra mundial en curso realzará sus oscuros perfiles y la veremos cada vez más como lo que realmente es, un derrumbe del que nadie va a poder escapar.

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Jorge Alaminos

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