Alaminos, Humor Gráfico, Número 36, Opinión, Paco Sánchez
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Cinco minutos de fama, a título póstumo

Por Paco Sánchez / Ilustración: Jorge Alaminos

Paco Sánchez

Paco Sánchez

¿Qué soñaría Aylan su última noche en la Tierra antes de quedar varado para siempre en una playa turca? ¿Tendría pesadillas con las bombas y con la metralla o tuvo un sueño plácido en el que se veía jugando con un balón de trapo con sus amiguitos de tres años? Nunca lo sabremos. Nunca podrá contarlo a alguien. Sólo sé que esa noche del miércoles me costó dormirme, pues no podía apartar de mi mente la imagen de ese cuerpecito inerte aporreado por las olas, escupido por el mar al abismo insondable de la muerte. Y recordaba cómo unas horas antes, durante la comida, se me hizo un nudo en la garganta cuando mi hija de seis años me preguntó qué le había pasado a ese niño y dónde había sido.

Mi mujer y yo nos miramos y de golpe nos dimos cuenta de que la niña acababa de ver con nosotros esas imágenes de la tragedia más descarnada, de la infamia, de la vergüenza y del fracaso del ser humano. ¿Y cómo explicarle eso a una niña de seis años que era totalmente consciente de que lo que había visto en televisión era un niño de la edad de su primito Carlos muerto en una playa? Nuestra reacción espontánea fue decirle a nuestra hija que eso había pasado en un país muy lejano, que ese niño y esa playa no eran de España. “¿En qué país, papa?”. “En un país que tú no conoces y que está muy lejos de aquí”. Ya no preguntó más cosas y siguió comiendo.

Lejos. Muy lejos. Y así nos quedamos un poco más tranquilos. Todo sucede lejos hasta que un día, de golpe, ocurre frente a la puerta de nuestra casa, una casa que no tenía Aylan. Y al día siguiente ese niño asesinado por todos es portada de todos los periódicos. “La imagen de un niño refugiado ahogado en una playa conmociona al mundo”, leo en la portada de un rotativo con foto a cuatro columnas. Es eso. Lo que nos revuelve las tripas y la conciencia es la imagen. Pero las imágenes pasan y se suceden, y con el tiempo pierden fuerza. Sin quererlo Aylan ha tenido sus cinco minutos de fama, a título póstumo, pero su muerte podría haber quedado en el más oscuro anonimato si el fotógrafo no hubiera estado en ese lugar y en ese momento, como ocurre con cientos de niños en el mundo que pierden la vida buscando una vida mejor, o simplemente una vida.

Pero no pasa nada. Enseguida volvemos a tener la mente ocupada con nuestros problemas cotidianos, con nuestras rutinas, con nuestras filias y fobias y con nuestro fútbol de cada día. Y así hasta que dentro de unos días la imagen de otro pequeño Aylan vuelva a atragantarnos la comida y a remover otra vez nuestras conciencias. Y así, ¿hasta cuándo?

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Jorge Alaminos

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