Humor Gráfico, José L. Castro Lombilla, Lombilla, Número 36, Opinión
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Carta a Gurb

Por J. L. Castro Lombilla

J. L. Castro Lombilla

J. L. Castro Lombilla

Estimado Gurb:

Para anular la vil campaña que por sectarismo ideológico ha lanzado contra Donald Trump el lobby latino, te voy a contar su vida, así verás que este hombre, lejos de ser ese ogro xenófobo y estúpido que pretenden hacernos creer, es un santo varón como la copa de un pino. Te cuento: Desde muy pequeño Donald tuvo muy clara su vocación: quería ser primera bailarina del Bolshoi. Y como él siempre ha sido un hombre muy trabajador, comenzó a entrenarse dentro del útero materno.

—Escucha, escucha —le decía su madre Mary Anne (de soltera Ruperta Bofarull), a su padre—, qué bien ensaya nuestro fetito el “demi-plié”.

Emocionado por los progresos de su pequeño cachorro embrionario, su padre no dudó en facilitarle las cosas y durante la gestación le hizo llegar hasta la matriz una barra de entrenamiento, una profesora del norte de San Petersburgo, una orquesta sinfónica y cuarenta bailarines profesionales para que lo acompañaran en sus clases. Y aprovechó tanto las lecciones Donalcito, que cuando nació ya llevaba un precioso tutú de organdí que le quedaba, las cosas como son, divinamente.

Pero hete ahí, Gurb, que cuando el muchacho ya se disponía con toda la ilusión del mundo a convertirse en primera bailarina del Bolshoi, una fatal noticia vino a truncar todos sus anhelos y esperanzas.

—¡Ya no quedan plazas vacantes de primera bailarina del Bolshoi! —dijo su padre entre lágrimas mientras besaba con paternal fruición el sonrosadito periné de su hijo—. ¡Sólo quedan plazas como sochantre en la catedral de Michigan…!

Como podrás comprender, Gurb, eso de ser sochantre en la catedral de Michigan era algo impensable para una primera bailarina como ya era Donalcito. Así pues, alzó su dedo índice al cielo y con mucha prosopopeya dijo sus primeras palabras:

—Yo soy ésa, esa oscura clavellina, que va de esquina en esquina volviendo atrás la cabeza. Lo mismo me llaman Carmen, que Lolilla que Pilar; con lo que quieran llamarme me tengo que conformar. Soy la que no tiene nombre, la que a nadie le interesa, la perdición de los hombres, la que miente cuando besa. Ya lo saben, ¡yo soy ésaaaaaa!

Tras lo cual, se escapó de casa para irse a bailar libremente por todos los Estados Unidos. Mas un funesto día, cuando bailaba la segunda escena del acto primero de El cascanueces por el estado de Misisipi, al hacer un magnífico “grand jeté” se le enganchó la cinta de una de sus zapatillas y Donalcito cayó al vacío por el golfo de México con tan mala fortuna que aterrizó con las piernas abiertísimas sobre la península del Yucatán que, ¡vaya por Dios!, fue a introducírsele toda entera por el orificio que remata el aparato digestivo y por el que se expele el excremento…

Y ésta es, Gurb, la muy lógica razón por la que este pobre hombre le tiene tanto odio a México… ¡A ver!

Tuyo afectísimo:

José Luis Castro Lombilla

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4 Kommentare

  1. Pues muy buena la historia, sale desde el centro del higado. Que manera elegante y graciosa de decir todo aquello que todos pensamos ( no tan finamente) sobre el desestimado caballero.
    Gracias 🙂

  2. Lombilla dicen

    Valiente par de mariquitas que estáis hechos los dos… En fin, gracias Cisterna por tus palabras y gracias a ti, Gatoto, por los masajes en las corvas.
    Abrazos

  3. Gracias por la exclusiva y, de paso, por iluminarme una vez más con tu excelsa sabiduría y dilatada experiencia periodística. Enhorabuena, muchacho.

  4. Paco Cisterna dicen

    ¡No se pué aguantar, maese Lombilla, no se pué aguantar! ¡Menudo final, de infarto! Al menos, ya sé que no tengo que veranear en Yucatán. Enhorabuena, maestro, enhorabuena.

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