Lidia Sanchis, Viajes
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Tres días en Francia

Un pintoresco tranvía de Montpellier, destino apetecido por los turistas. 

Por Lidia Sanchis / Fotos: L.S.  Martes, 18 de agosto de 2015

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Carcassonne

Los franceses tienen patitas de pollo. Son guapos, aunque sus narices y sus bocas están desdibujadas, como a medio cocer. La delgadez de sus extremidades inferiores contrasta con la robustez del cuerpo: son centauros de piernas flacas incapaces de pronunciar la erre.

En cambio, las francesas son de poca cadera, de poco pecho, de poco todo. Si alguna se rodea de algún exceso es porque no es una auténtica hija de la France. Les gusta estar bronceadas, ser rubias y vestir de blanco. Si te cruzas con alguna pálida, de cabello negro y vestida con la petite robe noir (o little black dress) ten por seguro que es una descendiente genuina de Cocó Chanel.

Franceses y francesas fuman mucho, fuman todos, fuman de todo. Por ejemplo, ese hombre de andares torcidos que se detiene frente a la estación de Carcassonne fuma tabaco de liar. Una niña, que tiene un color de piel cuatro o cinco tonos más blanco que el del hombre, lleva una absurda sudadera de invierno –estamos en julio– sobre un vestido veraniego de color coral. No sé por qué pienso que son padre e hija porque, además de que debe existir alguna alteración genética para que sea posible el parentesco que intuyo, la niña no mira ni una sola vez al hombre, como si lo único que les uniera es estar uno junto al otro, caminantes varados frente a una estación de tren una tarde lluviosa de verano.

Los he visto antes, en el parque. Ella, sentada sobre la gran maleta roja; él, cruzando el parque para entrar en un bar. Por un momento siento que la niña va a ser abandonada y tengo la tentación de acercarme a ella. Pero no lo hago. Finalmente, el hombre regresa empuñando una lata de bebida.

Por fin, también nosotros atravesamos el parque y en pocos minutos subimos al tren que nos ha de llevar de vuelta a Narbonne. Al fin y al cabo, para eso estamos en Francia: para montar en trenes, cuantos más, mejor, porque es ése y no otro el regalo de cumpleaños para mi hijo Martín.

El tren es azul y limpio y va lleno. En el asiento del otro lado de nuestro pasillo viaja una madre. Su hijo mayor no debe de tener más de 18 meses; su bebé, calculo que unos cinco. La niña tiene el cabello rizado y de un bonito color chocolate amargo. Sin embargo, la madre y el niño son color leche apenas manchada de café. Hay alguna otra ley de la genética que se me escapa en esta escena, que contemplo de reojo e intentando recordar las leyes de Mendel.

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Vista de la ciudad de Carcassonne desde el Castillo Condal (siglos XII y XIII).

El bebé rompe a llorar. La mujer se desabrocha la camisa y se dispone a amamantar a su hijo mientras susurra “doucement, doucement”, suavemente, suavemente, en un tono que es una caricia y un ruego. Y su voz queda detenida en el aire mientras todos los pasajeros del vagón sabemos qué quieren decir esas palabras: velaré por ti, firmemente, secretamente y para siempre. Dulcemente, el bebé se calma.

Llegamos a Narbonne nosotros, la mujer y los niños, sus maletas y su soledad, pues nadie les está esperando. Ella intenta bajar las escaleras, arrastrando sola sus bártulos y a sus hijos, luchando contra los elementos, contra una arquitectura que no se lo pone fácil a las mujeres valientes, a esas madres que tienen hijos de distintos colores.

Narbonne

Paseamos por la coqueta ciudad de Narbonne, atravesada por el canal de la Robine; callejeamos por la ciudad que vio nacer a Léon Blum y a Charles Trenet. El viento es de una calidez insoportable y la luz cegadora de julio nos empuja a buscar el refugio de la fresca sombra de los olmos. Al otro lado del Pont de la Liberté divisamos un puesto de helados. Martín me dice que quiere uno de pistacho y menta y en un minuto hago un recorrido mental por las lecciones de la Madre Justa y de las profesoras Carmen y Dolors, sin encontrar la equivalencia. Pero el heladero se dirige a nosotros en castellano y le sonrío, aliviada. Nos pregunta de dónde somos y descubrimos que compartimos origen. El hombre nació en Cox, en la comarca de la Vega Baja, en Alicante. Sus padres emigraron en la posguerra, nos cuenta, y él ha vuelto a su pueblo en alguna ocasión, incluso estuvo unos años trabajando por Benidorm. Pero su vida está en Francia. Le explico que parte de mi familia también emigró a Narbonne: Manolo, el hermano de mi abuela paterna, y su mujer, Asunción, una tía-abuela que se pintaba los labios de rojo y que siempre nos traía azúcar cuando algún verano volvía a Burriana de visita (un gesto que enfadaba a mi madre pues creía haber dejado atrás aquellos años de hambre y boniatos y le disgustaba que le recordaran aquella sordidez). El hijo de Manolo y Asunción, Manolín, trabajaba en París, ciudad en la que se casó y nacieron sus hijos. Hace años que no sabemos de él. Una pátina de polvo, como la que esta tarde nos envuelve mezclada con el viento y hace dificultoso el paseo, ha cubierto los recuerdos, los ha sepultado, como si al otro lado de los Pirineos jamás hubieran existido la guerra, la huida, el exilio y el miedo. Sin embargo están ahí, en las manos temblorosas de un hombre viejo que vende helados en un puesto algo descuidado al que se llega atravesando un puente llamado Libertad.

Montpellier

Los tranvías de Montpellier tienen tanta variedad de colores y diseños como los usuarios que los utilizan. Los alrededores de la Gare Saint-Roch son un nudo de comunicación, un crisol de razas devenido en un retrato preciso de una sociedad multiétnica que constituye para mí la auténtica Francia de la liberté, égalité y fraternité. Me gustaría poder retratar alguno de esos rostros que observo con disimulo parapetada con unas gafas de sol a las que, erróneamente, les he conferido el poder mágico de mirar sin ser visto. Fotografiaría, por ejemplo, a la mujer cubierta con un sari que espera pacientemente junto a la parada de la línea 1, con destino Odysseum; al joven de rasgos caucasianos que apoya su pie derecho en un decorado monopatín; a la mujer de cabello oculto con un basto pañuelo, falda hasta los pies y rostro tan arrugado que me hace recordar aquel viejo anuncio de televisión en el que una hoja marchita recobraba su verdor gracias a los efectos de un potingue, en una poco elaborada metáfora de lo que sería capaz de hacer una crema hidratante sobre la cara de una mujer.

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Coro gótico de la Catedral Sant-Just y Sant-Pastor de Narbonne, el más destacado del sur de Francia.

Martín y yo nos sentamos en uno de los bancos que salpican la Rue de Maguelone, esperando un tranvía, dirección a la Comédie. La gente va y viene; sube y baja; camina y se detiene, multitud de rostros con los que no nos volveremos a encontrar. Sin poderlo remediar me fijo en una mujer que avanza por la acera de enfrente. Lleva corto su oscuro cabello y un vestido amarillo, más corto aún. Su piel, negrísima, parece encerada, como una manzana caramelizada, de color exótico. Calculo que las plataformas que calza superan los diez centímetros y me preguntó qué necesidad tiene una mujer tan alta de aumentar su estatura con esos zapatos. Supongo que así se siente (aún) más poderosa. Si yo fuera fotógrafa podría captar ese momento en que todos observamos a la mujer con avidez; ese instante en que asimilamos qué significa la expresión “muslos poderosos” y pensamos en sacar nuestras lenguas y lamer esa piel que, a pesar de estar cubierta de caramelo negro, adivinamos salada.

Narbonne-Barcelona

Las estaciones de tren están llenas de gente que fuma en la puerta; personas con maletas que van y vienen, no se sabe de qué sitio ni hacia dónde. Un viejo con un palillo en la boca se sienta a nuestro lado. Murmura unas palabras, creo que un saludo, creo que en francés. El hombre entrecruza los dedos de sus manos y se observa hipnóticamente las arrugas. Después de un largo rato, sigilosamente, se levanta y se va.

En la estación huele a humo de tabaco, a sudor, a despedida silenciosa. Cierro los ojos y veo a la niña de la maleta roja; morbosamente imagino a un hombre que apaga cigarrillos en los brazos de una niña que podría ser su hija, si las leyes de la genética así lo hubieran dispuesto. Si alguien fuera capaz de asomarse a sus inmensos ojos, caería en el abismo. Pienso en una niña y un hombre que escapan aunque lleven consigo el infierno.

Ya en casa, deshacemos las maletas y vaciamos las bolsas. De uno de los compartimentos de mi bolso rescato un librito azul, Saber francés en diez días, una publicación del año 1994 de la editorial Sopena. Apenas lo hemos utilizado. Lo devuelvo a su sitio en la estantería de la habitación. Martín me confiesa que la contemplación de ese librillo le pone triste y yo entiendo exactamente qué siente mi hijo.

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LIDIA SANCHIS buena

Lidia Sanchis

3 Kommentare

  1. Elena dicen

    Acabas de brindarme la oportunidad de viajar un rato. Excelente Amiga.

  2. Lidia dicen

    Molríssimes gràcies pel teu comentari! El que sí que és un plaer és tindre lectors com tu, dels que llegeixen no sols amb els ulls.

  3. És una delicia llegir-te… Gràcies per eixe envoltori per terres veïnes i per la rica descripció dels personatges, que ens transllada a vore pels teus ulls. Tant de bo el temps ens torne a juntar ja siga en França, Holanda o en Espanya… tal vegada millor en eixe raconet on vam compartir professió.

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