Humor Gráfico, Luis Sánchez, Número 35, Opinión
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Se va pudiendo

Por Luis Sánchez

Luis Sánchez

Luis Sánchez

Si en verano de 2011, poco antes de terminar su mandato, el entonces presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero (del PSOE: ni socialista ni obrero), en vez de modificar la Constitución (¡palabras mayores!) para garantizar el pago de la deuda pública hubiera convocado un referéndum para ver si el pueblo español estaba dispuesto o no a asumir el sacrificio que le quería imponer la Troika (FMI, BCE y CE), se habría convertido en un héroe: personaje que se vale del valor y de la astucia para llegar a buen puerto. Pero no, prefirió, en connivencia con el Partido Popular, modificar el artículo 135 de la Constitución (a fin de establecer el concepto de “estabilidad presupuestaria”) y, de ese modo, favorecer los turbios negocios de la Banca (¡alta traición!).

Si Zapatero –cara de bueno, oportunidad fallida– hubiera estado con su pueblo (con la mayoría: clases medias y clases trabajadoras), habría llevado a cabo, en higiénico ejercicio democrático, dicha consulta y, además, habría contribuido de manera decisiva a la regeneración política de su desorientado partido, que buena falta le hace. Pero no, Zapatero no es Tsipras, ni el PSOE es Syriza.

Cuando el rescate financiero (a bancos y a cajas de ahorro) se hace con dinero del Estado (y no del Banco Central Europeo, como correspondería) y, consecuentemente, la deuda pública se dispara hasta alcanzar el 100% del PIB y, encima las privatizaciones, la corrupción y los recortes sociales asfixian a nuestro ya baqueteado país, los ciudadanos tenemos derecho a pronunciarnos, ¿o no? Pues no, señor, porque si te pronuncias (con acento protestón de paria desesperado), ahí está esperándote, desde el miércoles 1 de julio que entró en vigor, la nueva Ley de Seguridad Ciudadana –¡menudo chupinazo, oye!–  para taparte la boquita de piñón, ¡chim pom!

Esto, señoras y señores, no es una crisis económica, esto es una estafa como un templo (mercaderes, incluidos); esto ya no es una democracia, esto es una plutocracia; es un fascismo financiero (apenas genera riqueza social, ya que es especulativo); es el fascismo del siglo XXI, un fascismo líquido (la lógica empresarial se cuela hasta en la sopa), pero fascismo a fin de cuentas, puesto que su máxima continúa siendo la misma: “Las leyes del mercado no se votan, se imponen”. (Una observación que, claro, no va a ninguna parte: mientras la ironía invita a la sonrisa, el cinismo, sencillamente, ofende.)

Como respuesta a las agónicas condiciones de la Troika, el gobierno de Tsipras optó por coger la bestia por los cuernos y no por el rabo, decidió sacar las urnas en vez de poner la mordaza, porque de la libertad de la palabra (parresia; no confundir con parusía) nacen el diálogo, el entendimiento y la negociación.

El domingo 5 de julio, y contra todo pronóstico cacareado por los serviles medios de comunicación, el maltrecho pueblo griego, convocado en referéndum, perdió el miedo y ganó en dignidad. El mitológico pueblo griego se decantó por la persona antes que por el dinero, por la política antes que por la macroeconomía, por el bienestar antes que por la austeridad, por la cooperación antes que por la competitividad y por la sensatez antes que por la codicia. A propósito, ¿qué queda de la ansiada Europa de los Pueblos?

Es bien sabido por tirios y troyanos que la Unión Europea –parece más un club privado que la casa común– necesita, urgentemente, cambios profundos para seguir creciendo, para continuar mejorando y para mantener un mayor protagonismo en la esfera internacional (una Europa fuerte, que actúe de contrapeso entre los Estados Unidos y China). La unión monetaria, por ejemplo, debe completarse con la unión bancaria y la unión fiscal; y éstas deben complementarse con una política exterior común. Así que, ladies and gentlemen, damas y caballeros, señoras y señores, unicornios, ninfas y sátiros, quimeras, grifos y harpías, aplíquense de una vez en tan arduas tareas, porque faena hay para largo y para todos los colores.

Equilibrio, proporción y armonía: ésa es la clave del triunfo. No lo duden.

¡Ah!, y menos señores de negro y más aldeanos, si puede ser.

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