Humor Gráfico, Juanma Velasco, L'Avi, Número 34, Opinión
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¿Quo vadis Peter Sánchez?

Por Juanma Velasco / Ilustración: L’Avi

Juanma Velasco

Juanma Velasco

En España, histórica tierra de pícaros reciclados a brokers de rosario y alcantarilla y de ícaros que vuelan cerca del primer sol que les dice te quiero, no funcionan los clichés políticos norteamericanos. O no debieran. Los países y las democracias se acaban pareciendo a sus propios estereotipos y cualquier experimento guayón destinado a pervertir esas esencias ancestrales está abocado a la papelera de lo estrafalario.

Si Ramón Rubial, Enrique Tierno Galván o el abuelo del cada día más desnortado Pablo Iglesias tuvieran la oportunidad de contemplar la enésima puesta en escena del actual líder de aquel partido que un día fuera socialista, anteriormente obrero y siempre español pero sin ostentaciones de símbolos, aferradas más sus gargantas a la Internacional que a la Marcha Real, sin duda romperían sus carnés y se afiliarían al partido mayoritario de la perplejidad.

Sin estar anunciados previamente, en modo visita sorpresa, Barack y Michelle Obama estuvieron en España con un exceso de maquillaje para conseguir un blanqueado español de secano que les aproximara a la caracterización de Peter Sánchez y su compañera sentimental, a la que casi nadie conocía hasta ese día.

Fue condición de los Obama el comparecer, en su presentación como candidato a las legislativas, frente a una bandera de proporciones norteamericanas pero de cromatismo ibérico. Por supuesto no permitieron que sonase la Internacional y sólo transigieron los Obama en que no sonara el himno patrio para evitar, sabiéndose en España, un empalago de símbolos entre simpatizantes menos dados, supuestamente, a ellos que los de las filas conservadoras.

Cuando hace año y medio Peter Sánchez irrumpió en la cúspide del sainete político español, desprovisto de gomina y de corbata, confiado en su talla, en su talle fino de modelo de trajes, en su reciente doctorado, pareció, durante un par o una docena de días, que alguien, él, había advenido en el PSOE para salvarlo del naufragio previsible.

Pero a los diecisiete o diecinueve días ya nos apercibimos de que tras su voz de radiofonista en permanente estado de casting y su sonrisa ensayada (para parecerse más a Isidoro que a Felipe González) no aparecía alguien con el cuajo ideológico suficiente como para disputar la izquierda a Podemos ni menos el poder a la derecha. Algún cirujano plástico de la seducción de masas le aconsejó dotarse de unas pupilas claras para provocar algún desmayo de más, pero él prefirió conservar su marrón tradicional para no parecerse a aquel del que quería apartarse y que no era otro que el zarandeado Zapatero.

Dotado de la personalidad que conviniese en cada momento, en otra clara imitación a un mito norteamericano como Groucho Marx, fue dando tumbos en sus posiciones, tratando, por lo que parece, de buscar su propio esperpento, entre incursiones en Sálvame y la adopción de un ideario volátil que le llevó a no poder pronunciar el nombre de Podemos y le impidió asumir que podría llegar a pactar con ellos llegadas las urnas adecuadas.

Todo ello, además, adobado con un tono mitinero en desuso, gritón, innecesario, abusando de la inflexión en la voz y el teleprompter para de ese modo parecer poseedor de una pegada verbal digna de un speaker de Las Vegaaaaaaaas. No, tampoco de Peter Sánchez me convence su oratoria y los lazos que la decoran.

Ahora, en su deriva errática para resucitar al PSOE, ha decidido desenfundar la bandera patria en una respuesta de su propio subconsciente a la reiteración del PP en calificarlo como radical, extremista y poligonero de la oposición. La bandera, que aunque siendo conjunta y constitucional no nos representa a todos con la misma intensidad, y de la que presuntamente nunca ha renegado el PSOE, fue exhibida como un icono de los nuevos tiempos del socialismo que nos espera. Españolidad, Constitución y monarquía. Con matices, lo que ya venimos teniendo en el presente.

Escuché el lunes a algunos tertulianos prendidos al aparato socialista en ciertas emisoras y cadenas de televisión. No pude por menos que compadecerme de ellos ante la diversidad de piruetas verbales que tuvieron que realizar para defender la ocurrencia, al parecer personal –ahora que ya soy candidato voy a imponer mi propio marchamo–, de su amado líder. El tono escasamente vehemente de la mayoría en la defensa obligada de la norteamericanada de serie B de Peter Sánchez reflejaba que no daban crédito a esa apuesta de impostura, a esa mala imitación que les aproxima a ese partido al que no quieren parecerse. Con performances como la de ese fin de semana, el PPSOE sigue siendo el mejor de los aspirantes a ser oposición, quién sabe si minoritaria.

No imagino a Ángel Gabilondo haciendo el ridículo de ese modo. El profesor de metafísica es uno de esos socialistas reposados e inteligentes, y que por tanto no necesitan rodearse de efectismos para parecerlo. Pero me temo que el buen catedrático, una vez se aperciba de que los aparatos están muy por encima de las ideas, de que los independientes sin carné acaban volviéndose molestos por su exceso de crítica ante un sistema interno territorial, jerarquizado y nepotista, como él sí tiene donde caerse vivo, no tardará en abandonar la corte de un PSOE que, aunque me cause un respeto histórico imponente, no deja de darme, actualmente, pena.

No soy demóscopo, ni siquiera tengo vocación de Nostradamus, pero no resulta difícil profetizar que si el líder del PSOE apuesta por hacer política a la norteamericana –confiado en su apostura y en la de su compañera– el pueblo, que sigue más proclive a echar denuestos que piropos,  indiscriminadamente si se quiere, a aquellos que lo han vapuleado sistemáticamente, le obsequiará con un fracaso electoral en noviembre, un fracaso que solo es cuestión de meses.

Para guapo y emergente ya está Albert Rivera. Para señor de bien y como dios, su dios manda, ya tenemos a Rajoy. Para hereje de los tiempos nos asiste Pablo Iglesias. Quizá, consciente de eso, de su falta de espacio en la tarima de los afectos electorales, y a la vista de que Halloween y el Black Friday han acabado cuajando en España, Peter Sánchez, auxiliado en su campaña de imagen por teenagers surgidas de Princeton, haya decidido apostar por llevarse la mano al pecho mientras nananea el himno, e instaurar el día de Acción de Gracias como fiesta nacional en lugar del día de la castiza Pilarica.

Algunos millones de socialistas de los de lanza en astillero, de los que han llorado de rabia frente al devaluado carné que heredaron de su abuelo, han puesto, Peter, tus gritos anticuados en su cielo ideológico. Un cielo en el que no cabes tú como la nueva expresión de un socialismo que debiera aspirar a ser más cambio que eslogan. Porque eso te me antojas, Peter: un eslogan vacío al que le viene grande un país que sólo se parece a sí mismo.

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