Cipriano Torres, El Petardo, Humor Gráfico, Número 34, Opinión
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Maricones

Por Cipriano Torres / Ilustración: El Petardo

Cipriano Torres

Cipriano Torres

A Pedro Zerolo

Hemos visto lo nunca visto. Hemos visto la bandera del arcoíris en edificios públicos de muchas capitales, de muchos países. Solo hubiera faltado que las eminencias del Vaticano, con el jefe al frente, hubieran sacado el trapo de colorines para engalanar el altar bajo el baldaquino de Bernini. No lo digo como provocación ni ofensa. Es más, sería hasta razonable ya que esa casa se ha distinguido por su crueldad e hipocresía a pesar de alojar entre sus miembros a una banda de maricones de la peor calaña, esa que hurga con una mano en la ingle de los muchachos y condena con la otra, siempre extendida y amenazante, el trato carnal y emocional entre criaturas del mismo sexo. Panda de sabandijas. Ni con la banderita de los cojones ondeando en la fachada de su edificio paga el mal que ha hecho la perversa institución que representa.

Hemos visto estos días cómo nuestras caras de nuestros perfiles en Facebook se han teñido con rayitas de colores, como aquellos ingenuos intentos, hoy desconocidos por quienes no tienen tantos años como el que escribe, por colorear las pantallas de los primeros televisores, y aquel país, en blanco y negro. Era cuando nuestras madres pegaban a la pantalla un plástico con tres colores, el azul del cielo en la parte de arriba, el marrón de las casas y las caras en la banda central, y el verde del campo en la parte baja. Ya digo, una ingenuidad. La banderita del arcoíris rayando la cara de la gente no es una ingenuidad. Es una bala que aún hay que disparar en África, en Asia, en los países musulmanes, incluso muy cerquita de nuestras casas. Sin embargo estos días nos hemos vuelto todos maricones, todas lesbianas, unos poniendo nuestras caras rayadas como teles antiguas, y otros dándole al me gusta para compartir el gesto. Este país no es el que era. Fue el primero en el mundo en aprobar el matrimonio entre personas del mismo sexo en total igualdad con el matrimonio heterosexual –una hostia en toda regla que de golpe nos quitó un polvo oscuro, turbio, rancio, asacristanado, mojigato y melindre–. Con esa ley la carcunda de este país se echó a la calle como si en vez de permitir que te cases con quien quieras, aunque tenga una tranca como tú, o una cuevecita rosada como ella, la ley obligara al obispo a casarse con el monaguillo, al diputado con su secretario, a la ministra con su directora general, al campesino con el porquero o, más delirante aún, al campesino con su burro. Fue el socialista Pedro Zerolo, un gran maricón que se fue hace poco consumido por el cáncer –algunos hijos de puta con sotana y sin ella vieron en ese cáncer la mano de su dios–, la cabeza visible de una lucha política y social que culminó el día 31 de junio de 2005, justo ahora hace 10 años, cuando se aprobó la ley en el Congreso auspiciada por el Gobierno de Zapatero, otro mariconazo que se bajó las bragas como el calzonazos que siempre fue. Pero si hasta le hace gracia que El Gran Wyoming juguetee deseándolo con su lúbrico, rojo, y enfermo humor.

Hemos visto estos días las pantallas de la tele, ahora sí en color, hasta el coño de locas exhibiendo paquete, cuerpos de gym –mira que le gusta un gimnasio a una maricona– y encaramadas a carretas repletas de chicos alegres y chicas orgullosas. Es lo que más les duele. A los que les duele. A los que dicen que para qué hay que echarse a la calle, para qué esa exhibición, a cuento de qué ese orgullo. Mariquitas, maricones, tortilleras, camioneras, lesbianas, gais, transexuales, bisexuales. Lo mismo y distinto. El mismo universo, distinta galaxia. Según la intención del que habla una palabra u otra denota una cosa u otra. El poder rosa, aúllan con temor de novicia, pavor de macho amenazado, y rabia de cavernícola sin argumentos. Lo que les gustaría a esta peña que se sienten “ofendidos y agraviados” por estos descaros, esta exhibición, este orgullo, este rayarse la cara con colores de arcoíris es que el maricón ejerciera de maricón en su casa, y de mariquita en las reuniones, para hacer sus gracias y divertir como divierte una mona, pero qué es eso de ser maricón, de ser lesbiana, de querer como quiere cualquiera, y caminar por la vida con la cabeza así, normal, ni alta ni baja, ni arrogante ni apaleado, coño, qué es eso de que todo el mundo se haya vuelto loco en esta puta España que ve con normalidad lo que es un sindiós. Malditos maricones.

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El Petardo

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