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Laponia: The Call of the Wild

Parque Nacional Sarek

Por Francisco Ortiz / Fotos: Marta Mena. Viernes, 17 de julio de 2015

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¿Se va a acabar el verano y todavía no te has dado una escapada? Para aquellos que quieran dejarlo todo, escapar de la ola de calor y pasar frío a lo grande tenemos un país de ensueño, un destino fascinante. ¿Dónde se puede disfrutar de auroras boreales y del sol de medianoche? ¿Dónde se puede andar sin límite en medio de una Naturaleza apabullante? En Suecia por supuesto. Más aún, en la Laponia sueca, el país sami.

Más allá del círculo polar ártico se encuentra una ruta legendaria en uno de los parques nacionales suecos menos conocidos, el Sarek. Se encuentra en el confín de naturaleza salvaje de Europa del Norte, y a lo largo de sus cuatrocientos kilómetros de ruta se atraviesan parajes de montaña, turbulentos arroyos, ríos caudalosos y mesetas de alta montaña. Este camino de belleza primeval es el Kungsleden, es decir, el Camino del Rey.

¿Cómo llegar?

Este verano tenemos la ocasión de tomar las ofertas de las compañías Norwegian e Iberia que vuelan a Estocolmo desde Madrid desde 197 euros. La capital sueca es un buen punto de partida para hacer un crucero por el Báltico, o para visitar el Museo Vasa, en la isla de Djurgarden. Al día siguiente, en compañía de mi amiga Marta (esta vez no voy solito) salgo en tren expreso de Estocolmo en dirección a Kiruna, la ciudad minera del norte. Total es un trayecto de dieciocho horas. Para bien andar el camino, como diría el Arcipreste de Hita, llevamos buenos libros: Didier Daeninckx, Jack London, Lawrence Millman.

Si bien Suecia es un país desarrollado y cuenta con veintinueve parques nacionales y más de cuatrocientos senderos, bien marcados y señalizados, y una buena oferta hostelera gestionada por la agencia nacional STF, no existe cobertura telefónica en todo el recorrido. Aquellos que hacen senderismo de fin de semana se pueden llevar una sorpresa. Porque esta es una ruta donde hay que cortar leña, traerse el agua al refugio o vivac, desollar alimañas y limpiar pescado. Este no es un destino para turistas ni para senderistas inexpertos, se necesita experiencia montañera. De modo que ¡agur al GPS y al móvil!

El Camino del Rey es atractivo y salvaje a la vez que accesible. Se divide en dos secciones: la primera va desde el parque nacional de Abisko hasta la aldea de Kvikkjokk y la segunda va desde Ammarnas a Hemavan. El punto de partida perfecto es la estación de montaña Saltoluotka. Tienen camas y se come bien, un lujo antes de vivir into the wild. Pero antes hay que pernoctar en Jokkmok, la capital de los sami, los lapones.

Jokkmok y el sol de medianoche.

Aunque nuestro plan de ruta era alcanzar Saltoluotka, nos vimos obligados a parar en Jokkmok, porque no había un autobús directo. No importaba, pensábamos, pues algo de este lugar nos atrajo desde el principio, una sencillez y una serenidad innatas. La gente piensa que cuanto más frío hace en un sitio más seca es la gente. Al contrario, el país de los lapones es un paraíso de buenas gentes, cultura y paz. Cuando los visitamos ellos ya estaban inmersos en la temporada más luminosa del año, y se podía disfrutar del sol las 24 horas del día, con unos cielos hipnóticos durante la madrugada. Es el fenómeno conocido como sol de medianoche.

La arquitectura de Jokkmok es difícil de diferenciar de la del resto de Suecia, sobre todo porque todas sus construcciones están sometidas a los mismos requisitos para resistir las extremas temperaturas. Merece la pena visitar sus iglesias, como la de Gotene, pues tienen conciertos de órgano y coros los fines de semana. El alojamiento es caro y escaso, no hay mucho donde elegir. De todos modos hay que pasarse por el Gästis, el hotel más viejo del pueblo. Viendo las fotos que cuelgan de sus paredes uno puede darse una vuelta por la historia de la comunidad a través de estas imágenes.

Iglesia de Gotene

Iglesia de Gotene.

Nosotros aprovechamos para comprar mapas y darnos una buena comilona en un bufet local. Por solo 70 coronas suecas disfrutamos de la gastronomía sami: salmón, salsas de frutas silvestres, algo de carne de alce. Con el estómago lleno Marta y yo decidimos ir a buscar un lugar para afilar las hojas de nuestros cuchillos y navajas. En una casita sami restaurada y convertida en museo de arte local, donde no había un alma, vimos tras un mostrador una sonrisa y unos ojos rasgados. Le preguntamos que dónde podíamos hacer el afilado y sin mediar palabra, la señora diminuta hizo una llamada y, en diez minutos, apareció un señor de unos 70 tacos en su Volvo, con bigote blanco y manos largas. Con determinación, el hombre se lleva los cuchillos y nos dice que nos los devolvería en una media hora. ¿Qué hacer? Nos miramos y nos encogimos de hombros.

Luego de un paseo vagabundo por las vías del tren volvimos. Allí estaban los cuchillos, brillaban como asesinos. La señora miró a mi amiga de abajo arriba y cuando llegó a la altura de la cara hizo un sonido aspirado, una expresión y una sonrisa. Este tipo de comunicación sin palabras se da en Suecia, pero allá en Laponia es aún más evidente. Los sonidos dicen mil cosas distintas: “Te estoy prestando atención”, o bien “me encanta eso”, o también “qué zapatos tan feos”, etc. Sobran las palabras.

El mayor atractivo de Jokkmok es su mercado de Navidad. Va gente de todo el mundo a verlo, con sus más 400 años de tradición. Como los samis son los que montan las tiendas, la hospitalidad y las risas están aseguradas. Uno puede curiosear las variedades de té, de infusiones y de cafés que tienen, las tartas y los platos combinados que mujeres con sus manos de oro preparan. Es una delicia ver cómo está todo preparado con generosidad y amor, como en los buenos viejos tiempos. Y esto solo en cuanto a lo culinario, ojo.

Los sami tienen en Jokkmok su propio Parlamento, sus escuelas y su museo. Su etnia se reparte por cuatro países: Rusia, Finlandia, Noruega y Suecia. La gente lapona se define como sami no puros. Y es que existen los matrimonios mixtos y las influencias de los escandinavos son evidentes. Es rara la endogamia, pero hay un fuerte apego a los usos de los mayores y a mantener las tradiciones. Quien más quien menos todos en el pueblo presumen de tener “ocho apellidos samis”.

Otro de los rincones dignos de conocer en Jokkmok es el Bio Norden, un cine antiguo. Nos contaron su historia: “La primera sala de cine en Laponia, Bio Norden, la construyó Axel Akerlund, un hombre que amaba el cine. Se hizo muy famoso porque solo proyectaba pelis de calidad, y los estrenos se hacían muy concurridos. Luego llegó la tecnología y hubo cada vez más problemas para traer buen cine y adaptar la sala a los nuevos formatos. Hoy en día es una reliquia y solo se usa para actuaciones de teatro. La decoración actual es un homenaje a sus inicios, en los que el pabellón se usaba para circo. Los hijos del dueño, de Akerlund, no prestan ninguna atención al negocio. Es una pena porque es precioso ¿Les gustaría verlo?” En efecto, las máquinas de proyección y los sillones de terciopelo rojo siguen allí, con sus quemaduras de cigarro.

CineBio-Norden

Bio Norden, antiguo cine que actualmente se utiliza para obras teatrales.

Dejamos el pueblo de los sami un fresco día de julio. Tomamos el autobús mirando por la ventanilla trasera cómo desaparecía Jokkmok.

Parque Nacional Sarek: into the wild.

Sarek pasa por ser el parque más peligroso y bello de toda Suecia. Es la joya de Laponia y su corazón indomable, un lugar muy especial. Está como encerrado y limitado por otros parques nacionales, y eso lo hace más exclusivo. En su territorio se encuentran los monumentos naturales más impactantes: el monte Skierffe y el Delta del río Rapa. Y por supuesto tenemos el Kungsleden o Camino del Rey.

El valle donde se encuentra el Delta tiene uno de los pocos refugios donde podemos ir a darnos una buena ducha (fría por supuesto) y alojarnos cómodamente. Se puede estar en una cabaña o bien acampar al aire libre, con total libertad. También tiene una especie de colmado para aprovisionarse o para comer algo caliente, caramba. Es bueno comprar todo lo que podamos cargar, pues no vamos a ver mundo decente en muchas jornadas. Es un refugio muy transitado pues desde él se cruza al otro lado del delta y se continúa la ruta más accesible, el Kungsleden. El vadear lagos y ríos es algo bastante habitual, lo hacen los lapones y suecos en pequeñas barcas a motor a determinadas horas del día por unas coronas suecas (de 200 a 300 por persona). También es posible cruzar gratis en barca tradicional de remo, si se tiene fuerza y paciencia claro.

Los amantes de los espacios abiertos recorren todos los veranos este macizo alpino y sus ríos a pie, en bici, en esquíes, con raquetas, en canoa y en packraft. A muchos les ha llegado a parecer poca cosa visitar solo el Sarek y hacen rutas en canoa desde la lejana Murmansk (Rusia) hasta Narvik (Noruega) pasando por el Delta Rapalende.

Sarek Laponia sueca (1)

Parque nacional de Sarek en Laponia.

Las escasas personas que trabajan en la zona son gente que vive allí todo el año, y que son destinados por organismos estatales. No ven un alma en meses. Se trata de gente única, que vive aislada en sus cabañas, y por fuerza son muy especiales, tienen mucho que contar, y son generosos al brindarnos su conocimiento de la montaña.

Al llegar al Delta del río Rapa encontramos a un padre de unos sesenta tacos y su hijo, los dos muy curtidos. Buenos conocedores de la montaña, nos pusieron al corriente de la situación del parque. Debido a su peligrosidad y a la falta de infraestructuras la administración va a cerrar al público partes como el Delta durante dos años, a partir de 2015. Y es que muchas personas se pierden o quedan atrapadas en lugares inaccesibles. Los accidentes mortales son frecuentes a lo largo del año.

Para nosotros era sin duda un riesgo que debíamos asumir pero ya no era cosa de dar la vuelta. Al día siguiente nos encaminamos en una marcha de ocho horas de ida hacia la zona de la cumbre del Skierffe. La panorámica del valle es sencillamente sobrecogedora. Uno se siente pequeño, parte de una nada, de un absoluto, rodeado de glaciares y auroras boreales. A la vuelta, al acampar, nos vemos rodeados por la extraña luz del sol de medianoche.

Volvemos a comentar que al ser un parque tan agreste apenas cuenta con comodidades. Si no llueve, es posible encontrar leña y si llueve se tiene la suerte de que a lo largo del camino los bosques de björk nos proveen de sus cortezas, que sirven para prender un fuego con facilidad. A lo largo de los caminos por la Laponia hemos aprendido no poco: se puede prescindir de objetos que creíamos necesarios, se puede pasar de la ropa extrema, de los víveres, del mapa y del dichoso GPS, pero es vital tener un antimosquitos a mano.

Después de una semana en el wilderness sueco, vimos la necesidad de tomarnos unas cervezas y una ducha caliente. Visto que según unos alpinistas alemanes la parte sur del Sarek ofrece más sensaciones de espacios sin horizontes, y que nos indicaban con el dedo un punto del mapa, nos encaminamos al pueblo de Kvijkkokk, para acceder al siguiente refugio.

Al arribar vimos que aquello no era un pueblo sino cuatro casas, no había ni colegio ni bar. Nuestro sueño cervecero hecho espuma. ¡Cómo mienten los mapas! En una pequeña caseta de madera con pinta de parada de autobús colgaba un cartel que rezaba: “jag kommer tillbaka om 5 min”, o sea, “vuelvo en 5 minutos”. Genial. Detrás de la caseta, unos árboles ocultaban una casa. Allí, protegida por los árboles, a cubierto de las miradas, había una iglesia, algo espiritual en medio de la Naturaleza. ¿Un signo de los cielos?

Marta y yo nos sentamos en el porche de madera de la Kyrka, abstraídos en pensamientos sobre la Creación, el confín del mundo y el Juicio Final. Así embobados nos pescó una señora con una cría rubia de la mano. Le pregunto si hay algún pueblo donde tomar algo en un bar. Resultó que la mujer trabajaba en las cabinas de los autobuses, de modo que estábamos salvados. “No hay nada en kilómetros a la redonda, el lugar más cercano es Jokkmok”. Nos miramos y nos echamos a reír. Así pues, no nos importó nada comprar ese inesperado billete de vuelta, de vuelta al origen del viaje. En todo caso el plan de fuga incluía pasar a Noruega y ver el mar en Narvik. “Desde luego –dijo Marta– no hay un sitio en la Tierra como el norte de Suecia y su Laponia feliz”.

16 de julio de 2015

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Francisco Ortiz

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