Alfredo Piermattei, Humor Gráfico, Número 34, Opinión, Tonino Guitián
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La vocación de las ideas

Por Tonino Guitián / Ilustración: Alfredo Piermattei

Tonino Guitián

Tonino Guitián

Una vez entré en el Partido Socialista Obrero Español. Fue hace mucho tiempo. Entré por aquella curiosidad que me empujaba a ver el mundo. Entonces el PSOE era un espectáculo de interés y sin duda se precisaba una preparación especial para comprenderlo aunque, por esas paradojas que tiene la política, con alguna consigna sencilla aprendida de manual también se podía acceder, dado su carácter abierto y popular. La casa común de la izquierda se había hecho construir hacía años por unos señores con bigote y bombín preocupados por otros señores con gorra que no habían podido estudiar y el edificio albergaba los sentimientos de unos con las necesidades de otros.

Pasado el propileo se encontraba el visitante en un amplio salón de alta cúpula en el cual muchos hombres reunidos en una plataforma central se distribuían en grupos alrededor de amplios pupitres reclamando y ofreciendo nuevos valores democráticos, en poderosa algarabía, mientras que fuera de la barandilla que rodeaba aquella plataforma, otros formaban corros también y se exploraban con ideas recíprocas. Hubo una época, más lejana, en que el tal salón se llenaba de un público ávido y nervioso. La grandeza de las ideas sociales de la víspera eran menores que las del día siguiente y se obtenían mejoras para el mañana con las ideas de ayer. Un aura de felicidad general se llevaba las preocupaciones. Durante muchos meses se llegó a creer que había sido hallada, por fin, la fórmula del bienestar general. Las ideas cotizaban al alza como chorros de petróleo sacados del vientre de la Tierra. ¡Breve y jugosa edad de oro!

Pero comenzaron a sonar palabras retumbantes, terminadas en “on” como golpes en un bombo: inflación, especulación… Se deshizo el encanto y descendieron los valores sociales como un globo pinchado; la muchedumbre huyó espantada. Huyeron los agiotistas, los ciudadanos que se creían reyes de la prosperidad popular, los que iban a buscar allí, para ahorrarse el viaje hasta casa, el dinero de la compra… Huyeron hacia otros lugares donde se esperaba un advenimiento de felicidad, ora personal y privada, ora en un entreverado de lo público con lo que no lo es, con esa sorpresa que debió también alcanzar a los constructores de la Torre de Babel al darse cuenta de que no podían entenderse en sus ideas unos con otros.

He vuelto, como en sueño de Manderley de Rebeca, a visitar el partido. Me detuve frente al edificio, por esa súbita necesidad de filosofar que algunas veces me ha inmovilizado frente al Banco de España, la Casa de la Moneda y otros lugares misteriosos donde se hospeda la Fortuna. “He aquí –me dije– el mágico recinto donde vienen a prepararse las ideas sociales; he aquí la Academia de las Lindes, las Américas de las Libertades, la Politécnica de los Trabajadores. Observándolo con detenimiento, uno podía comprobar que el edificio había perdido algunas columnas griegas que habían sido sustituidas por otras más modernas de cemento. Las manecillas segunderas del reloj de cuatro esferas giraban vertiginosamente, revelando la preocupación que siente uno por el tiempo, porque el tiempo es oro y el oro también cotiza, mucho más que las ideas de aquella época de esplendor. Pero si alguna actividad se acusaba ahora era esa convencional actividad de las oficinas: empleados que comunicaban con su sede desde modernos ordenadores, otros que ordenaban sus notas en los pupitres laterales. Y una docena de personas que iban de aquí para allá. En ninguna de ellas podría descubrir el psicólogo más experto el menor indicio de que hubieran tenido la intención de escribir un ideario completo al estilo antiguo.

“Es que no hay ideas –quiso explicarme un amigo–, porque todas las que están disponibles cubren sus necesidades ampliando el capital. No quedan ya ideas sin capital, eso ya queda reservado para los poetas, los historiadores y los utópicos. Por eso las viejas ideas descienden lentamente los peldaños de la baja.”

Otro amigo me hizo una exégesis más completa de la cuestión, pero la reservaré para otro artículo, si me lo pagan. El tema del dinero, sin duda, encontrará la apetecible atención de los lectores, y en este breve artículo solo pretendo un rápido dibujo del partido en días inciertos, con desgaste, que contrastan con las apasionadas sesiones de hace años.

Languidez, vaguedad, dificultad de combatir al capital sin sus mismas herramientas. ¿Es posible que algo transcendental se haya escapado a mi inexperta mirada? Cuando un hombre como yo –o como usted, apreciable curioso– va a un partido, no es para recibir la misma impresión que en un casino sin socios. Nos gustaría algo más fuerte y más de acuerdo con nuestros prejuicios. Nos gustaría leer por encima del hombro de aquel señor sentado en su pupitre: “Arruinadas mis ideas sociales, voy a subir a la cúpula y desde allí…” Nos gustaría, al menos, que alguien se nos acercara con ese aire de misterio de los que venden relojes en la Puerta del Sol y, levantando un poco la solapa para mostrar los bordes de unos papeles nos dijese:

“Tengo ideas para solucionar lo del fantasma del paro, caballero; las doy muy arregladas”. Pero nada extraño ocurre. Todo es políticamente correcto. Un aroma a ambientador de banco da un toque balsámico al aire acondicionado. Dos agentes secretos del partido apoyados en la barandilla parecen haberse animado a confidencias. Me acerco. Uno dice: “Lo que yo sostengo es que Belén Esteban no es la princesa del pueblo, pero no me extrañaría que acabara siéndolo por voluntad popular.”

(Basado en un artículo de Wenceslao Fernández Florez)

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Alfredo Piermattei

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