Artsenal, Humor Gráfico, Javier Montón, Número 35, Opinión
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Educación y castigo

Por Javier Montón / Ilustración: Artsenal

Javier Montón

Javier Montón

Es descorazonador el empeño de las administraciones de este país en complicarle la existencia a sus ciudadanos. Como si la vida misma no nos obligase a saltar suficientes obstáculos cada día, el Estado y sus homólogos se obstinan en colocar palos en las ruedas con un encarnizamiento difícilmente explicable desde la buena fe. Uno de los pilares de las sociedades avanzadas, espejo al que debería mirar la española, nos recuerdan todos los gobiernos que en nuestro mundo han sido, es sin duda la educación. No escucharán a ningún presunto responsable público hablar mal de la educación, de la enseñanza, del saber, de lo poco que ocupa y para lo mucho que sirve; de sus bocas sólo saldrán comentarios laudatorios, floridas y solemnes declaraciones respecto a uno de los pilares de cualquier sociedad democrática que se precie, dicho así de carrerilla, para empaquetar un tópico más, que aún caben. Otra cosa, claro, es sembrar trigo después de haber predicado tanto. En este campo también el grano escasea.

Si cualquiera de nosotros, de ustedes, de ellos pretende dedicarse a la enseñanza porque se cree capacitado para ayudar a los chavales a aprender, a juzgar por sí mismos, para guiarles en la construcción de un mundo propio, y lógicamente aspiran a recibir a cambio un sueldo digno y suficiente, lo podrá conseguir. Con mucho esfuerzo para formarse, evidentemente y, por desgracia, con una mezcla de aguante y resignación para salvar las trabas gratuitas que encontrará en el camino. Porque, además de superar unas oposiciones, o dos, cuatro o las que haga falta, de competir con otros 700 aspirantes por una de las 15 plazas que se oferten después de cuatro años sin convocatoria, la burocracia se lo va a hacer pagar. “Usted quiere ser profesor y conseguir una plaza hasta que se jubile. Nos parece muy bien, pero se va a enterar de lo que vale un peine”, diría el Estado si pudiese hablar. Y se lo harán pagar, ya lo creo. Si al Estado (en forma de ministro, consejero, subsecretario o asesor del director general) se le ocurre que usted haga 500 kilómetros de ida y otros 500 de vuelta sólo para presentar el DNI ante el tribunal correspondiente, en una época en la que follar y parir es casi lo único que no se puede hacer a través de Internet, usted lo habrá de hacer. Faltaría más. Luego le hablarán de la administración electrónica, del 2.0 y de parecidas vacuidades. Si al responsable educativo de turno en un lugar de La Mancha se le ocurre, vaya usted a saber qué día y por qué, que la buena caligrafía es uno de los criterios a valorar en un ejercicio en el que casi nadie tiene tiempo de escribir todo lo que puede llegar a saber, tendrá usted que esmerarse en convertirse contra el reloj en un experto amanuense porque al ilustre mandatario le dio por ahí. Imagino que, en justicia, en el examen del MIR escribir con letra de palote estará penalizado. Y si los técnicos de la gran casa educativa dan instrucciones precisas del número de aspirantes que han de pasar a la segunda y definitiva fase para poder acabar dentro del plazo que establece la orden o decreto correspondientes, y los miembros de los tribunales tragan a pies juntillas con la consigna como acostumbran, tiene usted que saber que el azar jugará un papel decisivo en el éxito o el fracaso de su intento: el mismo examen brillante con el que hubiese aprobado hace un año le dejará ahora en la estacada si resulta que en su tribunal hay 20 ejercicios todavía mejores y el suyo se ha quedado el vigesimoprimero de la lista. Porque en agosto cierra el negociado y hay que ir acabando. Y usted se sentirá como Monsieur Sans-délai, y le dirán que vuelva mañana. Y usted volverá mañana. Y pasado mañana. Y también el siguiente… hasta que salgan las bolas con los números 40 y 56 y alguien decida que ya sabe bastante de Larra y por fin está capacitado para dar clases.

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