Artsenal, Editoriales, Humor Gráfico, Número 35
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Editorial: ‘Germany power’

Ilustración: Artsenal. Viernes, 17 de julio de 2015

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   Editorial

Con el cadáver de Grecia aún caliente, con el golpe de Estado a la alemana todavía latente, con la sombra negra del corralito planeando sobre las cabezas de los griegos, cabe preguntarse: ¿es ésta la Europa con la que habían soñado los ciudadanos europeos? ¿Es esta Unión Europea el espacio jurídico, político y económico de prosperidad, solidaridad, derechos civiles y libertad que nos habían prometido cuando firmamos el tratado de adhesión? Y la respuesta, sin ánimo de caer en el catastrofismo o en la demagogia, no puede ser otra que de ninguna manera.

Los ciudadanos griegos se rebelan contra una política impuesta por Alemania que consideran injusta y que les condena a años de miseria y sufrimiento

Nadie, ni siquiera los más euroescépticos británicos, se hubieran atrevido a pronosticar hace solo un par de años que el proyecto europeo iba a naufragar de una forma tan estrepitosa. Hoy, la UE está muy lejos de ser aquel espacio fuerte e integrado en lo económico y en lo social que se inauguró con el Tratado de Roma de 1957, un acuerdo al que se fueron sumando, durante décadas, los diferentes estados miembros. El proyecto de unir Europa en una federación de Estados que cedieran soberanía en favor del interés general bajo el denominador común de la paz entre las naciones, el progreso y el Estado de Bienestar ha quedado hoy en una simple y endeble unión monetaria para satisfacción de los voraces mercados financieros. Ya podemos decir sin temor a equivocarnos que han triunfado las tesis neoliberales por encima de las socialdemócratas. Ya podemos decir que hemos construido una Europa, no ya de dos velocidades, sino de dos pisos muy desiguales, como en Upstairs, downstairs (Los de arriba y los de abajo), aquella serie de televisión que hablaba de la vida tan diferente que llevaban los aristócratas y sus criados. En el luminoso ático superior viven los países ricos e industrializados del norte de Europa; en el oscuro semisótano sobreviven como pueden sus mayordomos, los países del sur, los PIGS, mucho menos desarrollados y bastante más endeudados.

La piedra angular sobre la que se sustentaba la UE, el eje franco-alemán que daba equilibrio y estabilidad al proyecto, se ha resquebrajado sin remedio. Francia, sumida en un letargo y una indiferencia difícilmente explicable, ha perdido gran parte de su liderazgo en la construcción de una Europa unida y solidaria y a medida que el país galo ha ido perdiendo poder de influencia han ido triunfando las tesis económicas de Berlín, caracterizadas por la austeridad en las cuentas públicas, los recortes en el Estado de Bienestar y un falso europeísmo al servicio del ‘germany power’. Las políticas ultraliberales propugnadas por el ala más conservadora del CDU (la Unión  Demócrata Cristiana que dirige con puño de hierro Angela Merkel) han terminado imponiéndose con rotundidad, para desgracia de millones de europeos, sobre todo de los países mediterráneos, que se ven asfixiados por la arrolladora apisonadora germana. De este modo, allanado el camino por la dimisión sorprendente de Francia, han sido Angela Merkel y el Banco Central Europeo (o sea el Budesbank de siempre) quienes han terminado marcando a golpe de látigo, sin consenso político y sin ningún complejo, las directrices políticas y económicas de obligado cumplimiento que debían seguir los diferentes estados miembros. Y todo aquel que ose replicar, rebelarse o negarse a seguir el manual teutón austericida ya sabe lo que le espera: la expulsión de la UE por la puerta de atrás o una humillación en toda regla, como le ha sucedido a Grecia estos días infaustos para el europeísmo.

En apenas un mes, el tiempo que han durado las negociaciones entre Atenas y Bruselas, todo lo que Europa había construido desde finales de los años cincuenta se ha venido abajo como un castillo de naipes. Con estupor, los ciudadanos de la UE han seguido, minuto a minuto, el proceso de rendición sin condiciones que Alemania ha impuesto a Grecia, un estado que hasta hoy era un socio más, un miembro de pleno derecho, y que a partir de ahora se convierte en un lacayo de los intereses de Berlín. Más que una negociación de la deuda lo que hemos visto ha sido un chantaje planeado por la troika y los especuladores del Banco Central Europeo mediante métodos y formas poco menos que mafiosas. El Gobierno de Syriza, con sus dos líderes principales a la cabeza, el presidente Alexis Tsipras y su ministro de finanzas Yanis Varoufakis, han pretendido echar un pulso a los todopoderosos jerarcas del Eurogrupo sin caer en la cuenta de que estaban cometiendo una grave equivocación: la de pensar que estaban negociando en pie de igualdad, que estaban peleando en un ring democrático en el que las reglas del juego eran las mismas para todos. Nada más lejos de la realidad. En cierta manera la negociación no ha sido más que una pantomima donde todo estaba decidido de antemano, ya que a un lado de la mesa estaba el patrón, el dueño y señor, y al otro su esclavo; a un lado estaba el opulento y rico alemán y al otro el camarero griego que estaba allí para servirle sin rechistar. El idealismo ingenuo de Tsipras y Varoufakis les ha llevado a pensar por un momento que podían jugarle la partida de póker, de tú a tú, a la todopoderosa Merkel, hasta el punto de creer que iban a ser capaces de hacerla rectificar en sus políticas de ajuste duro tras sensibilizarla con el sufrimiento de los millones de griegos que han caído en la más severa pobreza, arrastrados por la crisis económica galopante y por la situación de quiebra técnica del Estado heleno. El error de Tsipras ha sido pensar que la política estaba por encima de la dictadura del dinero, de la tiranía de los bancos, de los mercados y de los acreedores, cuando Europa, desde el Tratado de Maastricht, lamentablemente ya no funciona así. La troika, el Banco Central Europeo, en definitiva Alemania, son los actores principales que imponen la ley económica del más fuerte en una Europa darwinista donde los países más poderosos prosperan mientras los más débiles, ahogados por la deuda externa y los ataques de los mercados especulativos, se hunden en el fango.

La política ha muerto en Europa, solo queda ya la tiranía del euro, de los mercados y de los especuladores financieros que imponen su ley

Atrás quedan los años de los fondos estructurales de cohesión destinados a las regiones más desfavorecidas. Atrás quedan los días de las grandes inversiones que Bruselas adjudicaba a los sectores económicos en apuros y a las regiones más deprimidas por la crisis y el desempleo. Es cierto que buena parte de aquellas ayudas se perdieron en fraudes y corrupciones (sobre todo en España) y esa responsabilidad deben asumirla los países del sur, que no han sabido controlar el destino de los fondos que llegaban desde Bruselas. Pero una cosa es sancionar las conductas delictivas de los gestores de los estados miembros y otra muy distinta dar un golpe de mano en el seno de la UE y amenazar con la expulsión a un estado miembro de pleno derecho incapaz de hacer frente a su deuda monumental, que en el caso de Grecia se situó en 316.900 millones de euros en el año 2014. ¿Acaso no sería un despropósito descomunal que Estados Unidos se planteara expulsar de la unión, por moroso, a uno de sus estados federales? Pues esa idea suicida, disparatada y sin sentido se ha instalado en Bruselas por influencia de los halcones alemanes que ahora rigen los destinos de la UE, esa elite financiera que nos ha metido en la tiranía del euro, única filosofía imperante, único principio y único final de esta nueva Europa de ricos y pobres. Ningún político europeo con peso específico habla ya de avanzar en la unidad política y territorial. Nada de profundizar en la igualdad entre los estados miembros, nada de impulsar una Constitución auténticamente europeísta, nada de crear un ejército común ni de conferir a instituciones como el Parlamento un papel auténticamente útil como cámara de representación democrática, más allá del cementerio de eurodiputados burócratas en que se ha convertido últimamente.

Francia ha dimitido en el proyecto de construcción europea y es Alemania la que manda con sus políticas de ajuste duro. Hay una Europa rica y otra pobre

Europa agoniza, el viejo sueño de Kant de lograr una nación europea se diluye, los ciudadanos están cada vez más desencantados con la eurozona, a la que ven más bien como una euroestafa, un negocio inmenso en el que se trata de promocionar los intereses de las poderosas multinacionales en detrimento de los ciudadanos. En un acto infame que pasará a la historia negra de la UE, Merkel y sus secuaces han dejado ver su rostro más duro y autoritario al oponerse sistemáticamente a la quita o condonación de la deuda griega. No solo han dejado que un estado miembro se hunda sin remedio, sino que lo han condenado a un humillante corralito financiero que ha agravado aún más las penosas condiciones de vida de los griegos. Las imágenes de jubilados tirados en el suelo o haciendo cola en los cajeros automáticos de las principales ciudades de Grecia para sacar la calderilla máxima de 60 euros diarios nos han retrotraído a los tiempos de la posguerra mundial, cuando millones de ciudadanos deprimidos guardaban turno en las colas de racionamiento. Parece que Merkel no ha querido acordarse de aquellos tiempos trágicos, cuando la comunidad internacional hizo un esfuerzo titánico para sacar a su país de la ruina más absoltura mediante el envío de ayuda económica y humanitaria a la población alemana. La megalómana y egocéntrica Alemania nunca ha tenido buena memoria. Su última decisión ha sido amenazar a Grecia, alma de Europa, con su expulsión del euro si no aceptaba el chantaje que se le proponía. Ante esta tesitura, Tsipras se vio obligado a convocar un referéndum de urgencia, en el que la inmensa mayoría de los griegos dijo no a más recortes, no a más sacrificios impuestos por la troika, no al abuso contra la población. La democracia habló en un día histórico para Grecia, pero ni siquiera esta explosión de hartazgo popular sirvió para que Merkel y la troika, ciegos y sordos ante el grito de un pueblo, reconsideraran su postura. Finalmente, con Varoufakis ya dimitido y el ultimátum de expulsión a punto de expirar, Tsipras se ha visto obligado a firmar un plan de rescate ominoso que supone el envío de 50.000 millones de euros, un préstamo a 30 años que establece condiciones durísimas e inaceptables para la población griega, condenada a seguir sufriendo durante décadas. Más que un plan de rescate parece un plan de hundimiento que no traerá sino más odio y rencor hacia Europa. Ha sido el certificado de defunción del viejo sueño europeo. Y, como no podía ser de otra manera, los ciudadanos griegos se han echado de nuevo a la calle, esta vez al sentirse traicionados no solo por la UE sino por su propio presidente, que hace solo un cuarto de hora aparecía como el gran salvador de la patria. Mientras, Rajoy se ha apresurado a decir que España no es Grecia, que hemos hecho los deberes, o lo que es lo mismo, que hemos sido dóciles y sumisos con el trágala que nos impone Merkel. Como si no quisiera ver que el siguiente en la lista de desahuciados es nuestro país. Aún no ha caído en la cuenta de que Europa ya no la gobiernan los europeos, sino una peligrosa banda de cuatreros, especuladores y vampiros cuya máxima es: esto son lentejas, o las tomas o las dejas.

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