Alaminos, Editoriales, Humor Gráfico, Número 34
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Editorial: El PSOE desteñido

Ilustración: Jorge Alaminos. Viernes, 3 de julio de 2015

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    Editorial

El PSOE se encuentra inmerso en una de las mayores crisis de identidad en sus 136 años de historia. Las pasadas elecciones municipales del 24M han supuesto un serio toque de atención para los socialistas, ya que aunque es cierto que ha ganado poder territorial en ayuntamientos y gobiernos regionales gracias a los pactos de última hora con partidos emergentes, no lo es menos que ha sufrido la pérdida de 775.000 votos, un dato sin duda preocupante que debería hacer reflexionar a sus líderes, ya que arroja serias dudas sobre el partido en su lucha por arrebatarle el poder el PP en las próximas elecciones generales. El nuevo líder del PSOE, Pedro Sánchez, se ha propuesto recuperar la confianza perdida de los votantes socialistas, cada vez más desencantados con el viaje al centro emprendido por Felipe González a finales de los setenta, tras el Congreso de Suresnes. Desde entonces la transformación del partido ha sido profunda y compleja, y en buena medida ha provocado insatisfacción y frustración en muchos simpatizantes y militantes socialistas que se han visto defraudados. Esta decepción con el PSOE no es una cosa de ahora, viene de lejos, se arrastra desde hace años, ya que existe la percepción entre el votante de que el PSOE no es propiamente un partido de izquierdas, puesto que hace tiempo que pactó con el poder financiero y las elites económicas en detrimento de la socialdemocracia, del Estado de Bienestar y de las clases obreras más vulnerables. Es un hecho estudiado por los historiadores que los ‘renovadores de diseño’, como llamaba Francisco Umbral a los ideólogos del nuevo socialismo desteñido, acabaron imponiéndose al ala izquierdista tradicional, convirtiendo al partido en un sucedáneo más próximo al neoliberalismo que a la socialdemocracia. Quizá fue una traición a los principios fundacionales del partido; o quizá fue la evolución lógica que debía seguir un partido que pasó cuarenta años en la clandestinidad y que tenía que moderar su discurso si quería conquistar a las clases medias para gobernar España. Todo eso es cuestión de opiniones. Lo que no es opinable es que hoy por hoy, ese chiste manido, ya convertido en un clásico, que habla de que al Partido Socialista Obrero Español se le han caído las siglas de “Socialista y Obrero” y ya solo le quedan las de “Partido Español” no deja de ser un poco cierto, pese a lo que el chascarrillo pueda tener de simplista y tópico. Y así, entre trágicas renuncias a los ideales, renovaciones más que discutibles, barones socialistas que han ido entrando en el club de los millonarios instalados, traiciones a la clase obrera, oscuros contubernios con la banca y la patronal y políticas económicas y laborales poco distinguibles de las aplicadas por la derecha, el PSOE ha ido dilapidando el crédito de los diez millones de votos que obtuvo aquella histórica noche de 1982.

El progresivo giro al centro del PSOE en los últimos años ha provocado insatisfacción en millones de votantes socialistas

Con el estallido de la crisis de 2008 y la revolución de los indignados del 15M, Podemos ha ocupado el lugar en la izquierda que el PSOE abandonó en su giro hacia el centro (incluso amenaza con comerle la tostada a Izquierda Unida) y la fuga de votos hacia el partido de Pablo Iglesias de cara a las generales parece no solo segura, sino también imparable. De continuar la sangría, el PSOE corre el riesgo de ver amenazada la privilegiada posición que como primera o segunda fuerza política ha ostentado durante estas décadas de democracia, pasando a ocupar un puesto secundario en el arco parlamentario. Sería una catástrofe sin precedentes para un partido de tradición histórica cuya contribución a la democracia en España ha sido fundamental. Pero lo cierto es que desde que Zapatero fue derrotado por Rajoy en las elecciones en 2011, el partido se ha ido hundiendo cada vez más en una profunda crisis de ideas y liderazgos. Es en ese contexto cuando, amortizado Alfredo Pérez Rubalcaba, derrotado en primarias Eduardo Madina, ha emergido la figura del joven Sánchez como supuesta esperanza blanca de los socialistas para disputarle la Moncloa a Rajoy. ¿Pero es Pedro Sánchez el estadista que necesita el partido, es el líder político que precisa el PSOE en estos tiempos cruciales en los que se juega el todo por el todo? Desde que ganó las primarias y se alzó con la secretaría general, Sánchez ha tomado algunas decisiones tan arriesgadas como discutibles. No fue la forma más elegante cesar a Tomás Gómez como responsable de la FSM cambiando la cerradura, con nocturnidad y alevosía, para que no pudiera entrar más en su despacho. Fue un error mediático telefonear a Sálvame, como una cotilla ávida de participar en un programa rosa, para pedirle el voto personalmente a Jorge Javier Vázquez. Y fue también una decisión muy discutible que dejó perpleja a buena parte de la militancia socialista pronunciar su discurso de candidato a la Moncloa ante una bandera española de proporciones priápicas. En las últimas semanas, hemos visto a Pedro Sánchez arremeter con virulencia contra Pablo Iglesias, al que ha acusado una y otra vez de populista, cuando no hay nada más populista que envolverse en la bandera patria solo para atraer un puñado de votos. Ese no es el patriotismo moderno y constitucional que se supone a un partido progresista como el PSOE, sino más bien el patriotismo antiguo y rancio que sigue siendo patrimonio de lo peor de la derecha de este país. El patriotismo, hoy por hoy, es un concepto político muy evolucionado que tiene que ver con la aplicación de políticas auténticamente socialdemócratas, políticas que sean cercanas a los ciudadanos, que respeten los derechos de los trabajadores, los servicios sociales, la educación, la sanidad y el medio ambiente. Esa es la clase de patriotismo que debe inspirar la ideología de un partido que se dice de izquierdas. Y sobre todo y por encima de todo, debemos criticar el veletismo político que supone que un líder como Pedro Sánchez haya llevado a cabo una dura campaña electoral contra Podemos, tildando a esta formación de radical y bolivariana, para una semana después terminar pactando con ella en muchas comunidades autónomas y municipios solo con el fin de alzarse con el poder.

Envolverse en una gran bandera de España es caer en el mismo populismo que Sánchez ha criticado a partidos como Podemos

Es evidente que el pacto de izquierdas era más que deseable en comunidades autónomas como la valenciana, podrida de corrupción tras décadas de gobierno de la derecha. Pero el ciudadano aún espera una explicación de Sánchez sobre su cambio de opinión respecto a Podemos, ese partido que hace apenas media hora era peligroso para la estabilidad del país y con el que ahora se pacta tan alegremente. El pragmatismo político siempre tiene un límite y estos bandazos no son propios de un líder serio del PSOE, un líder que pretende gobernar España algún día. Sánchez llega sin duda con buenas ideas y ganas de trabajar por el bien del país. Eso está fuera de toda duda. Tiene capacidad de oratoria, formación suficiente y presencia, una planta de galán de cine que sin duda le ayudará a cautivar a un cierto sector de los votantes que se mueven más por la imagen que por el mensaje. Pero al mismo tiempo es Pedro Sánchez un político poco experimentado, fabricado con urgencia, casi por combustión de laboratorio, con el único fin de conseguir un efecto anti-Podemos y taponar la sangría de votos que lo está debilitando por su flanco izquierdo. Haría mal Sánchez en mantener una postura soberbia e inmovilista ante los partidos emergentes que llegan con decisión dispuestos a hacer políticas auténticamente progresistas. España necesita un PSOE fuerte, un partido que, como hasta ahora, ha contribuido a mejorar los derechos civiles de los españoles, un partido que trajo el divorcio, el derecho al aborto, los matrimonios homosexuales, la ley de dependencia y la memoria histórica. Pero España también necesita un PSOE que haga políticas económicas auténticamente de izquierdas, economías sociales que alivien el sufrimiento de tantos millones de españoles tras los años de duros recortes emprendidos por los halcones del PP. Los ciudadanos necesitan de la izquierda como agua de mayo para reducir la brecha de la desigualdad que se ha abierto entre pobres y ricos. Y la necesitan en un tiempo en que el neoliberalismo impone su ley injusta más cruel, ciega y descarnada. Si Pedro Sánchez no da un giro a la izquierda al PSOE para ir por ese camino está condenando a su partido a seguir en una crisis profunda de identidad. Y quién sabe si no lo estaría condenando también a la extinción.

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Jorge Alaminos

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