Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 32, Opinión
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¡Verschlimmbessern, no!

Por Lidia Sanchis / Ilustración: L’Avi

LIDIA SANCHIS buena

Lidia Sanchis

Hoy vengo a hablar de mi hijo, de mi heredero, como dirían Rosa Palo y Antonio Alcántara. Es un niño que aún no ha cumplido los trece años y que al día siguiente del 24M vino a despertarme con una petición: “Mamá, pellízcame, que aún no me lo creo”. A mí me parece que esa capacidad de síntesis del chaval la ha heredado de su madre. Y es que todo ha sido como un sueño.

Unas cuantas veces en la historia, España se acostó de una manera y se levantó de su contraria. Y en todas ellas hubo aplausos de un lado y críticas de otro. Aquí en la Comunidad Valenciana una fotografía, la de Biel Aliño para El Mundo, con Alberto Fabra y Rita Barberá en sus horas más bajas, se convirtió en un símbolo de cómo se acostaron algunos aquella noche, y también, en el epítome de una larga y oscura época que tocaba a su fin. Afortunadamente, todo pasa. Pero cuánto dolor y cuánta injusticia.

Mi hijo no dice estas cosas, pero sí algunas parecidas. Y sabe que algo ha cambiado, una percepción de la que participamos todos. Les explico: a mi heredero no le emocionan Messi, ni Ronaldo, ni Auryn, ni Efecto pasillo. Sus ídolos son Joan Ribó, Mónica Oltra y Enric Nomdedéu. Políticos nuevos para tiempos nuevos. Una gente que no tiene apellidos unidos por guion, ni parece haber estudiado en Esade ni Oxford. Ni falta que les hace.

Verán, tenemos una teoría. Bueno, tenemos muchas, pero solo les hablaré de una. Cuando pasó lo que pasó, es decir, la Transición a la democracia, parecía lógico que quienes ocuparan los puestos de responsabilidad en el nuevo gobierno fueran personas preparadas y con más estudios que el resto. La masa continuaba siendo un país atrasado y de escasa cultura en general. Pero nuestros padres (los míos, es decir, los abuelos de mi hijo, los artífices de la generación del baby boom y otras) se esforzaron, se sacrificaron y nos auparon para que pudiéramos tener las oportunidades que ellos no tuvieron. Nuestra teoría concluye diciendo que el resultado de esa argumentación es que muchos de los alcaldes y presidentes que nos van a representar los próximos cuatro años son gente como usted y como yo: sin apellidos compuestos, sin un Esade que echarse (o echarnos) a la cara; personas que jamás pondrían un nombre ridículamente italiano a su firma de ropa, ni se fotografiarían delante de una alfombra de pájaros muertos.

Hablo de alcaldes que irán al ayuntamiento (a su trabajo) en bicicleta o en patinete (a mi hijo le molesta sobremanera que algunos conviertan esa demostración de respeto al medio ambiente y a la sostenibilidad en una crítica, y aun más, que la rebajen a la categoría de anécdota puesto que ese respeto es uno de los ejes del ideario político de Compromís. O eso dice mi chiquillo). Hablo de mujeres políticas que van en metro o que son falleras (al rapaz no le gustaban las fallas pero ahora pregunta que en qué curso de la ESO se estudia a Bernat i Baldoví). En definitiva, de políticos en los que nos vemos reflejados porque, después del saqueo al que han sometido los populares a esta tierra, ya solo les pedimos que sean honrados y honestos. Como lo somos nosotros.

Pero una sombra empaña nuestras felices conversaciones. En un artículo de Ignacio Vidal-Folch para El País Semanal descubrimos una terrorífica palabra: verschlimmbessern. Es la manera que tienen los alemanes de expresar el hecho de “empeorar algo cuando estabas intentando mejorarlo”. El crío me pide que se lo haga saber a los de Compromís. Y, especialmente, a los del PSPV. Está claro que mi hijo también ha heredado de mí la confianza en el poder de las palabras.

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