Artsenal, Humor Gráfico, Javier Montón, Número 32, Opinión
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Si no gano, no juego

Por Javier Montón / Ilustración: Artsenal

Javier Montón

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Los veranos de mi niñez eran partidos de tres horas en un campo de fútbol polvoriento, mosquitos acribillándonos sin clemencia y un abrupto final cuando lo que ocurría no me estaba gustando. Si la derrota planeaba sobre mi equipo, rivales y compañeros temían el desenlace, y con razón. La táctica era tan inmediata como repetida: dame el balón que es mío y hasta mañana a todos. La única pelota de cuero de la pandilla la tenía yo y a mí por tanto me correspondía administrar los tiempos. Y si no te gusta te vas a jugar con otros. El argumento hizo fortuna y acabé las vacaciones con una merecida fama de insoportable mal perdedor pero sin ninguna derrota en mi historial. A Alberto Fabra le ha ocurrido algo más sangrante: hasta el 24 de mayo no había jugado nunca y, para una vez que lo hace y acaba el primero, el árbitro le expulsa. Y él, incapaz de verse en el banquillo, sólo faltaría eso, se enfada y anuncia que cuelga las botas. Dimitirá en el próximo congreso del PP de la Comunitat Valenciana, ha dejado dicho. Y aunque tomará posesión de su acta de diputado, no será el portavoz de su grupo, ha completado acto seguido.

Su servicio a los valencianos se traduce al final de la feria en una cifra de un solo dígito que ilustrará su curriculum por los siglos de los siglos amén: el 4. Cuatro años ha durado el Artista Antes Conocido como President al frente del Consell. Un plazo, no obstante, bien aprovechado, pues le dio tiempo para sulfurar a los más diversos sectores de la sociedad: hoy profesores, mañana farmacéuticos, al otro dependientes; para seguir obedeciendo a Madrid con esa cara de cordero degollado que le distingue –Madrid me puso, a Madrid me debo–; y para arrimar el ascua de su novia a la sardina de la Administración, en una de cuyas secretarías la muchacha encontró acomodo en viaje relámpago Castellón-Valencia. Para el tramo final de su mandato tenía preparada su obra culmen, el cenit de su alta visión de Estado, la decisión que le iba a aupar al podio de los gobernantes necios: el cierre de RTVV, un “porque yo lo valgo” decidido en contra de los consejos de sus asesores y los informes de viabilidad que tanto los sindicatos como sus colaboradores más cercanos le mostraron en repetidas ocasiones. En el momento de hacer el hatillo y recoger los bártulos, don Alberto aboga por resetear el partido. Tendrá razón porque de botones sabe lo que no está escrito: él apretó el que fundió a negro la radiotelevisión autonómica que el próximo gobierno volverá a enchufar. No hace falta ser un conspicuo analista con mando en tertulia para sospechar el castigo electoral que un capricho de este tipo le iba a suponer. Alguien de su entorno con dos dedos de frente podría haberle insistido sobre la cuestión, que un presidente no puede estar en todo por muy bien que le quede el traje.

En cambio, el cuatrienio triunfal no le bastó a Fabra el joven –el Fabra abuelito descansa en prisión– para sacar la lejía y eliminar los gérmenes de su partido. Los ex consejeros, diputados y demás altos cargos imputados, algunos por Norte, Sur, Este y Oeste, desfilaron hacia sus casas conforme a ellos les fue apeteciendo, sin escuchar más consejo que el de sus abogados. El martes uno, otro el jueves, aquél pasado el puente. La firmeza que demostró para aniquilar Canal 9 –y con él, el sector audiovisual al completo– después de que sus amigos la hubieran violado se convirtió en la cobardía del títere cuando se trataba de poner en orden su partido. Así, el mérito que se atribuye a sí mismo Alberto Fabra como ariete contra la corrupción –ustedes como yo lo habrán oído y leído más de una vez– es un clásico en psicología: la mentira tantas veces repetida que el propio sujeto se la acaba creyendo.

No se me ocurre peor castigo para Alberto Fabra, Esperanza Aguirre, José Ramón Bauzá y Rita Barberá, por citar cuatro mandatarios que se están yendo, que obligarles a aguantar cuatro años al otro lado del escenario. Sin coche oficial, sin capacidad de influencia y de infundir temor, obligados a buscarse las habichuelas pateando las calles y hablando con todos los sectores de la sociedad, escuchando sus propuestas y tomando nota, acostumbrándose a ver derrotadas una a una todas sus propuestas por efecto del rodillo gubernamental, a más de uno la travesía en el desierto igual le venía hasta bien. O no.

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